domingo 24/10/21
Ecología de la reparación

De la ONU al fondo de resiliencia

Recuperar los espacios degradados es el objetivo de la ONU y de la recuperación de la UE. En León se centran especialmente en las zonas mineras, que cuentan ya con fondos para la investigación y la transferencia
La profesora Carolina Martínez Ruiz, profesora titular del Área de Ecología. DL

La restauración de los espacios degradados está tanto en el objetivo a corto plazo tanto de Naciones Unidas, que ha declarado la Década 2021-2030 como de la Restauración de los Ecosistemas; como del Mecanismo de Recuperación y Resiliencia puesto en marcha por la Unión Europea para dinamizar la economía tras la crisis del coronavirus, y que se traduce en el programa español de ayudas a las zonas afectadas por la transición energética. «Estas iniciativas y estos fondos tienen que servir para impulsar la investigación en materia de restauración y recuperación ecológica, porque hay partidas destinadas a la I+D. Y deben que traducirse en una transferencia de todo este conocimiento a las empresas y las administraciones, porque hasta ahora no se ha utilizado suficientemente. En el caso de la recuperación de las zonas mineras, tanto de las estructuras de interior como de los cielos abiertos, se está investigando pero hace falta aún mucho trabajo. Hay mucho que hacer para recuperarlas, y para evitar que sean un peligro».

Lo explica la doctora Carolina Martínez Ruiz, profesora titular del Área de Ecología, en el Departamento de Ciencias Agroforestales, de la Escuela de Ingerías Agrarias de Palencia. La doctora es miembro también del Instituto Universitario de Investigación en Gestión Forestal Sostenible (iuFOR). «No es una cuestión sólo de ecología. Cada vez están más claros los mecanismos que conectan la aparición de brotes epidémicos con la conservación de la biodiversidad y el desarrollo económico».

Por eso, señala, «entre los Objetivos de Desarrollo Sostenible de la Agenda de las Naciones Unidas para 2030 se contempla garantizar una vida saludable y promover el bienestar universal, lo que incluye también la reducción del riesgo global de enfermedades infecciosas como el covid-19. También se incluye la restauración de ecosistemas degradados entre estos objetivos».

Martínez incide en que «cualquier acción dirigida a conservar la biodiversidad y promover el desarrollo sostenible tendrá un impacto positivo en el bienestar universal. La conservación y restauración de los ecosistemas terrestres nos permitirá paliar, o en todo caso minimizar los riesgos de otro brote epidémico como el que estamos viviendo».

Comunidad científica

En este sentido, la profesora incide en que el reconocimiento, «tanto por parte de la sociedad como de la comunidad científica», de la necesidad de recuperar los ecosistemas degradados «ha motivado que la restauración ecológica se haya incorporado a múltiples acuerdos multilaterales, en los que se han marcado los compromisos de la superficie a restaurar por los diferentes países».

Explica que hasta dos tercios de los ecosistemas y el 24% de la superficie del planeta se consideran degradados. «Dada la preocupante situación de estos ecosistemas, no es de extrañar que la restauración se haya convertido en una prioridad global, y que permita el desarrollo de la ciencia y práctica de la ecología de la restauración».

Carolina Martínez indica que «la Ecología de la Restauración es una ciencia relativamente nueva, que conecta directamente con la preocupación social y científica por la recuperación de zonas degradadas. Tiene un enfoque holista y multidisciplinario, y ofrece una oportunidad excepcional para validar nuestro conocimiento ecológico. Si somos capaces de comprender cómo funcionan los ecosistemas, podremos abordar la recuperación de un modo más eficaz y acorde con las peculiaridades de cada ambiente».

Es en esta línea en la que trabaja su departamento, el Área de Ecología. «Los resultados de nuestras investigaciones pretenden contribuir a mejorar las propuestas de restauración forestal en ambientes severos y altamente perturbados, como los espacios afectados por la minería del carbón, potenciando los procesos naturales que permiten esta reforestación. Por ejemplo, los arbustos que actúan como especies ingenieras en la recuperación de los espacios por parte de los árboles que originalmente los ocupaban».

La doctora explica que «la falta de estructura edáfica de los sustratos mineros hace que la sequía estival se intensifique por la baja capacidad de retención de humedad de los suelos, lo que unido a la alta presión de los herbívoros limita el establecimientos de especies arbóreas». Las investigaciones que llevan a cabo desde su departamento «abren para estos ambientes tan degradados grandes expectativas de cara a la regeneración forestal de áreas con limitaciones similares».

«La investigación contribuye a mejorar la restauración forestal en ambientes severos y altamente perturbados, como los afectados por la minería y el carbón»

Lamenta, sin embargo, que «a pesar del reconocimiento de la importancia de las interacciones positivas planta-planta en el funcionamiento del ecosistema, y de su papel en la restauración de ecosistemas degradados, son pocos los estudios que evalúan en condiciones reales su potencial para la reintroducción de especies de interés, y para la restauración de la biodiversidad y funciones ecosistémicas». Incide en que «en un contexto de cambio climático, sería esperable que el aumento de aridez limite aún más la capacidad de reclutamiento natural de las especies, altere sus patrones de abundancia relativa en la comundiad y potencie su papel facilitador del matorral como elemento clave para el establecimiento exitoso de plántulas y brinzales».

Un impulso a la investigación

Carolina Martínez señala que los fondos europeos para la reactivación económica han de ser un revulsivo en la investigación sobre las restauraciones de ecosistemas. En concreto, apunta a las zonas mineras y al real decreto aprobado el pasado mes de mayo por el Gobierno, que establece ayudas para la restauración ambiental de zonas afectadas por la transición energética.

Las ayudas se enmarcan en el mecanismo europeo de recuperación, que entre otros «persigue cambiar el modelo productivo e impulsar transformaciones que permitan avanzar hacia un nuevo modelo económico y social para Europa». Objetivo que se recoge también en el Plan de Recuperación, Transformación y Resiliencia de España, que incluye la apuesta por la descarbonización y tiene «en la transición ecológica uno de los cuatro ejes transversales» en España.

En concreto, señala la norma, «incluye el Plan de restauración ambiental de las explotaciones mineras en cierre o abandonadas, y de terrenos deteriorados junto a centrales térmicas». Las ayudas se conceden a las actividades de dirección, diseño, coordinación y ejecución, y a la restauración de las zonas mineras y de las centrales. Y se refiere a las cuencas de León (y Palencia), Asturias y Aragón.

El real decreto resalta «el interés público de los proyectos por la necesidad de afrontar los problemas medioambientales que, en el caso de la minería del carbón, precisan de intervenir en tres ámbitos de forma prioritaria: la descontaminación de los terrenos para poder desarrollar nuevas actividades sin poner en riesgo la salud de las personas y el equilibrio de los ecosistemas, el impacto de las explotaciones mineras a cielo abierto como cicatrices en el paisaje y, por último, la descontaminación de cauces fluviales y masas de agua y la recuperación de los recursos naturales de las zonas degradadas tras el cierre de las explotaciones mineras».

Los proyectos a financiar se centran en la descontaminación de terrenos, el equilibrio de los ecosistemas, las 'cicatrices en el paisaje' de los cielos abiertos y la descontaminación de cauces fluviales y masas de agua

Y llama la atención sobre el hecho de que la quiebra de las empresas mineras haya impedido que cumplan sus obligaciones de restauración ambiental, por lo que no se han llevado a cabo las actuaciones necesarias para «garantizar la seguridad de las explotaciones abandonadas, que la inactividad no produce efectos sobre el medio ambiente (por ejemplo, controlar el vertido de aguas acidificadas a los cauces de los ríos) y, finalmente, la recuperación del paisaje en aquellos lugares en los que las explotaciones lo eran a cielo abierto».

Unos objetivos que, señala la doctora, están en la línea también de los marcados por la Nueva Década de la ONU para la Restauración de los Ecosistemas, que tiene como finalidad incrementar a gran escala la restauración de los ecosistemas degradados y destruidos, como medida de probada eficacia para luchar contra el cambio climático y mejorar la seguridad alimentaria, el suministro de agua y la biodiversidad.

Naciones Unidas señala que la degradación de los ecosistemas terrestres y marinos socava el bienestar de 3.200 millones de personas, y tiene un coste cercano al 10% del PIB mundial anual en pérdida de especies y servicios ecosistémicos. «Existen ecosistemas clave que desaparecen rápidamente y que prestan numerosos servicios esenciales a la alimentación y la agricultura, incluyendo el abastecimiento de agua dulce, la protección contra los riesgos naturales y la provisión de hábitat para especies».

Con este proyecto pretenden «ayudar a los países en la carrera contra los efectos del cambio climático y la pérdida de biodiversidad», porque «los ecosistemas se están viendo degradados a un ritmo sin precedentes», y eso «tiene un impacto devastador tanto en las personas como en el medio ambiente».

La Década es «un llamamiento mundial a la acción, para aunar el apoyo político, la investigación científica y la capacidad financiera para ampliar en gran escala la restauración». Más de 2.000 millones de hectáreas de paisajes deforestados y degradados en el mundo tienen potencial para ser restaurados.

Entre otras iniciativas se contempla la recuperación natural de ecosistemas sobreexplotados plantando árboles u otro tipo de plantas.

De la ONU al fondo de resiliencia
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