miércoles. 06.07.2022
Familia afgana desplazada a un refugio en un parque público de Kabul tras la toma de Maza-i-Sharif, la semana pasada. EFE/EPA/HEDAYATULLAH AMID
Familia afgana desplazada a un refugio en un parque público de Kabul tras la toma de Maza-i-Sharif, la semana pasada. EFE/EPA/HEDAYATULLAH AMID

34 es el total de provincias que tiene Afganistán, 28 están ya bajo control talibán, al igual que el palacio presidencial de Kabul, donde entraron anoche. Desde que EE UU retiró la mayor parte de sus tropas, en julio, las derrotas del ejército afgano han ido acumulándose. También son Ismail Khan y Abdul Rashid Dostum, los mismos señores de la guerra de los que ya se hablaba hace 20 años, los que se rinden, junto a sus milicias, a los talibanes.

Los civiles que huían de los fundamentalistas se han visto encerrados en la capital del país. Muchos de ellos tratan de hacerse con un billete de avión hacia el extranjero pero el aeropuerto de Kabul se ha visto bloqueado por las tropas internacionales que acuden con urgencia para evacuar al personal de sus embajadas, lo que hace pensar que Afganistán no está siendo abandonado sino que nunca dejó de estar a la deriva.

Ayer, el presidente Ashraf Ghani dejó su país con rumbo a Tayikistán mientras los talibanes comenzaban a adentrarse en las calles de su capital que, a diferencia de las ciudades anteriores, no ha sido conquistada mediante el uso de armas. Al fin y al cabo, la comunidad internacional aseguró que no reconocería el gobierno talibán en Afganistán si llegaban al poder por la fuerza.


Talibanes en la ciudad de Kandahar tras la toma de la provincia. EFE

Sin embargo, «a los talibanes no les importa que la comunidad internacional no reconozca su gobierno. Los talibanes no tienen intereses más allá de para con los países vecinos», afirmaba Emmanuel Dupuy, analista francés y fundador del think-tank Ipse. «Solamente estos países vecinos pueden ejercer algún tipo de presión. Por eso, países como Irán ya han empezado a negociar con los talibanes». Al mismo tiempo, Dupuy pone el foco en Pakistán, cuya frontera oeste ha funcionado como un acogedor refugio para los talibanes durante todos estos años, y en el gobierno de Imran Khan, que describe como aquel que «puede hacer todo [para poner fin a la proliferación talibán] pero no hará nada» puesto que cuenta ya con sus propios intereses.

Turquía se queda

De todos los países implicados en Afganistán llama la atención Turquía, que, a pesar de haber formado parte de la coalición internacional que tuvo presencia en el país durante los últimos años, goza de un menor grado de fricción con los talibanes al tratarse del único país musulmán de la OTAN que, además, no ha llevado a cabo acciones militares durante el tiempo que ha estado allí.

Turquía anunció el pasado 11 de agosto que tiene intención de permanecer en el aeropuerto de Kabul incluso después de que el nuevo emirato se establezca. De esta manera, de acuerdo con Dupuy, el gobierno de Recep Tayyip Erdogan controlaría el flujo de migrantes afganos hacia Europa para ejercer presión sobre los miembros de la Unión.

Ana Ballesteros Peiró, experta en Afganistán y Pakistán, asegura que Turquía utilizará las oleadas de refugiados afganos de la misma manera que hizo, en su momento, con los sirios que llegaban a las puertas de Europa. «La catástrofe humanitaria está anunciada, pero los gobiernos europeos solo hacen declaraciones vacuas e incluso ridículas. Es un momento de gran frustración, como si medio planeta aceptara que el desastre en Afganistán fuera inevitable. Es muy doloroso», concluyó.

EFE/EPA/HEDAYATULLAH AMID
Una mujer del norte de Afganistán lleva un burka. EFE/EPA/HEDAYATULLAH AMID

Las mujeres afganas

La violación de los Derechos Humanos es, sin duda, el asunto que más preocupa a la comunidad internacional. Uno de los colectivos que más riesgos afronta es el de las mujeres por haber sido, precisamente, uno de los que más mejoras ha experimentado a lo largo de los años, tras la caída del Emirato en 2001.

«Las pocas libertades que las mujeres afganas consiguieron van a desaparecer. Algo tan básico como salir de casa a comprar o ir a visitar a tu familia, estará vedado. Solo podrán hacerlo con compañía masculina de la familia. Se acabó la educación, el acceso a la sanidad, a la universidad, la política, el trabajo en general. Van a vivir en una cárcel», añadía Ballesteros Peiró.

Por otro lado, las minorías religiosas, especialmente los hazara – una etnia chií concentrada, principalmente, en el centro del país–, se enfrentan a un endurecimiento de la persecución que sufrían ya por parte de los talibanes.

El rápido e inesperado avance talibán

En los últimos días, los analistas y portavoces de los gobiernos estimaban que la caída de Kabul se produciría en un plazo de uno a tres meses. Todos intuían la vuelta del Emirato, como en 1998. Nadie esperaba que fuera a producirse tan pronto. Muchos se preguntan qué ha llevado a que los talibanes se hayan hecho con el poder en Afganistán en menos de dos semanas. En realidad, se trata de un proceso que ha ido cocinándose a fuego lento y se ha disparado solamente al final.

«Los talibanes han estado esperando la retirada de las tropas para ganar terreno. Para ello, han contado con santuarios en Pakistán. Las prisas de la retirada de EE UU y las concesiones de Trump en las negociaciones de Doha les dio alas. La percepción de victoria, al sentarse a negociar directamente con el gobierno norteamericano y marginar al gobierno afgano les dio un aura de vencedores que ha llevado a diversos actores a aceptarles como futuro gobierno afgano» dijo Ballesteros Peiró.

Además, aunque son muchos los que han huido de los combates, también es elevado el número de civiles que apoyan la causa de los talibanes, especialmente en las zonas de etnia pastún. Las victorias de los últimos días han alimentado la moral de los fundamentalistas y derramado las últimas gotas de la poca que aún conservaban unas fuerzas afganas que fueron entrenadas para una guerra ideal y, desde luego, poco realista.

EFE
Milicianos talibanes sacan una bandera del Emirato en Jalalabad tras la toma de la ciudad. EFE

«Los EE UU han generado toda esta situación», afirmaba Dupuy; «les dijimos que adoptaran nuestros valores democráticos, la emancipación, y ahora les devolvemos a una edad oscura y siniestra», Ballesteros Peiró. Mientras los talibanes organizan su próxima administración, con pocas posibilidades de que sus éxitos militares se trasladen a su gestión, la comunidad internacional deberá reajustar sus posiciones con respecto al país asiático.

El Reino Unido ya ha concertado una cita en el parlamento para debatir esta cuestión. Estonia y Noruega han solicitado una reunión de emergencia del Consejo de Seguridad. Pero es quizá Rusia – por el peso de su Organización del Tratado de Seguridad Colectiva, que incluye varias naciones fronterizas con Afganistán –, el país que lidere la oposición contra el nuevo emirato. «Dios es grande. Esperemos que Afganistán mejore en el futuro, inshallah [si Dios quiere]», decía un periodista afgano que se encuentra ahora en Kabul: «Estoy bien, voy a seguir trabajando».

20 años que nunca pasaron