jueves. 29.09.2022

En agosto del año pasado, un vídeo que recogía el momento en que un policía caminaba detrás de Jacob Blake apuntándole con una pistola que acababa descargándole cuando se subía al coche convirtió la ciudad de Kenosha (Wisconsin) en un polvorín. Milicias armadas de ultraderecha de todo el Estado y alrededores respondieron al llamamiento de «proteger las propiedades» de los manifestantes del movimiento Black Lives Matter. El resultado era predecible: Kyle Rittenhouse, un aspirante a policía de solo 17 años de edad que patrullaba con un rifle semiautomático, mató a dos personas -Antony Huber, de 26, y Joseph Rosenbaum, de 36, e hirió a otra. También el veredicto del jurado que le absolvió este viernes de todos los cargos era predecible: no culpable de los cinco cargos.

Los analistas que seguían el juicio se escandalizaban con la torpeza de la Fiscalía, sobre la que recaía el peso de demostrar que Rittenhouse no actuaba en defensa propia, como alegaba.

El fiscal adjunto Thomas Binger quiso demostrar premeditación por haber llegado a Kenosha con un arma tan letal como el AR-15, cargada de munición, con la que esa noche iba intimidando a los manifestantes y «buscando problemas». Según Binger, esa «provocación» le arrebataba el sacrosanto derecho a la defensa propia. «Pierdes tu derecho a la autodefensa cuando eres el que ha comprado el arma, ha creado el peligro y estás provocando a otros», le acusó. El juez saltó del asiento. Luego explotaría al escucharle decir que el silencio al que todo detenido tiene derecho era prueba de su culpabilidad. Desde ese momento el juez Bruce Schroeder puso a la Fiscalía en su mira, milimetró cada palabra y le sermoneó continuamente con humillantes rapapolvos que estremecieron a propios y extraños.

La absolución del hombre que mató dos manifestantes en Kenosha dispara los ánimos
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