martes 11/8/20

China se enemista con el mundo

A los conflictos políticos, comerciales y económicos de Pekín con Estados Unidos, Canadá y la India se suma el entablado con Australia, cuyas relaciones bilaterales atraviesan su peor momento
Una pantalla de grandes dimensiones muestra la bandera del Partido Comunista chino en las noticias de la tarde, ayer en Pekín. ROMAN PILIPEY
Una pantalla de grandes dimensiones muestra la bandera del Partido Comunista chino en las noticias de la tarde, ayer en Pekín. ROMAN PILIPEY

«La relación con China es uno de nuestros principales problemas en materia de política exterior. China mantiene un rápido crecimiento económico incluso al entrar en un período de incertidumbre política. Ese desarrollo está convirtiendo al país en un socio prioritario de Australia en los ámbitos del comercio y de la inversión, y su éxito está incrementando la confianza de Pekín en asuntos regionales y globales». Este texto bien podría haber sido escrito hoy, porque China es el principal socio comercial de Australia y fuente de un tercio de los turistas y estudiantes extranjeros que recibe, pero data del año 1997 y se escribió precisamente poco después de la muerte del hombre que diseñó la apertura al mundo de China, Deng Xiaoping.

Fue publicado por el Parlamento de Australia hace 13 años. Ahora, esa profecía se ha cumplido. Canberra ha airado a Pekín, pero no por las cuestiones de Taiwán o Tíbet, como el artículo preveía a finales del siglo pasado, sino por la pandemia del coronavirus. El Ejecutivo australiano fue en abril uno de los primeros que exigió la puesta en marcha de una investigación internacional sobre la gestión inicial en Wuhan de la crisis sanitaria provocada por la Covid-19, y esta demanda se ha sumado a una creciente lista de afrentas que van desde el veto a las redes 5G de Huawei hasta las declaraciones sobre la necesidad de respetar los derechos humanos en Hong Kong o en Xinjiang -donde más de un millón de uigures musulmanes han sido internados en campos de reeducación-, pasando por la denuncia de interferir en asuntos políticos internos.

El coronavirus ha sido la gota que colma el vaso, y el Partido Comunista ha reaccionado como suele hacer cuando estima que algún país ha «herido los sentimientos del pueblo chino». En mayo, Pekín impuso un arancel del 80% a las importaciones de cebada australiana -una de las principales partidas agroalimentarias del país, que el año pasado le vendió al gigante asiático más de 4 millones de toneladas- y prohibió la compra de carne procedente de sus principales mataderos. Ya a principios de este mes, esgrimió varios ataques racistas sufridos por ciudadanos chinos para emitir advertencias de viaje a turistas -1,3 millones en 2019- y estudiantes -210.000-, que suponen una importante fuente de ingresos para el país insular.

«Si la situación va de mal en peor, la gente va a pensar, ¿para qué vamos a ir a un país que no se muestra amistoso con China?», subrayó el embajador del país de Mao en Australia, Cheng Jingye, en declaraciones al ‘Australian Financial Review’. «Los turistas se lo pensarán dos veces, y los padres de los estudiantes también. La gente decidirá. Quizás el ciudadano corriente piense, ¿deberíamos beber vino australiano o comer ternera de ese país?», añadió en un tono que el ministro de Comercio y Turismo de Australia, Simon Birmingham, tachó de «coacción económica».

En los últimos meses, la pandemia del coronavirus ha elevado la animosidad de China con el resto del mundo de forma considerable y ha abierto nuevos frentes: en Hong Kong ha elevado la tensión con la nueva Ley de Seguridad Nacional -condenada de forma casi unánime por los países desarrollados-, en la frontera que se disputa con India han muerto al menos una veintena de soldados en enfrentamientos con piedras y barras de metal, en Canadá se ve con indignación el procesamiento por espionaje de dos de sus ciudadanos como represalia por el arresto de la directiva de Huawei Meng Wanzhou, y en el Mar del Sur de China continúa enfrentándose con sus vecinos del sudeste asiático.

Esta coyuntura refleja el ascenso del Gran Dragón al podio de las superpotencias, pero también avanza la inexorable erosión del multilateralismo en favor de un mundo crecientemente bipolar. Las comparaciones con la Guerra Fría no son ahora frívolas y la presión para que los países tomen partido por Estados Unidos o China van en aumento. En este contexto, la Unión Europea puede verse afectada por el fuego cruzado, y su ‘tercera vía’ no parece convencer ni a Donald Trump -que también tiene a Bruselas en la diana de sus aranceles- ni a Xi Jinping -la cumbre UE-China celebrada hace unos días dejó en evidencia las grandes diferencias entre ambos territorios-. Pero sí parece evidente que la arrogancia de la que hace gala Pekín le está granjeando cada vez más enemigos.

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