domingo 29/11/20

La democracia peruana se enfanga en una noche llena de sangre y muerte...

El uso indiscriminado de la fuerza por parte de la policía ha dejado al menos dos jóvenes muertos en las calles
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Sangre y surrealismo se mezclaron en una trágica noche para Perú que amenaza con ser la puntilla para el Gobierno de transición del presidente Manuel Merino, un régimen que nació sin apoyo popular el lunes y que amaneció el domingo herido de muerte entre el repudio y dolor de casi todo el país.

En una semana, los promotores de la destitución del expresidente Martín Vizcarra, fueron incendiando cada vez más lo ánimos con sus constantes muestras de desprecio a la opinión popular y tratar de reprimir como fuerza las manifestaciones en su contra.

Desde el mismo lunes se sucedieron las protestas en todo el país contra la maniobra del Parlamento, que destituyó a Vizcarra para que así asumiera la Presidencia de Perú el presidente del Congreso, el opositor Manuel Merino, un parlamentario elegido con apenas 5.000 votos por la región norteña de Tumbes.

Las manifestaciones contra Merino, que personifica los intereses de varios partidos presentes en el hemiciclo contrarios a la lucha anticorrupción y la reforma universitaria impulsadas por Vizcarra, tuvieron su punto álgido en la trágica noche de este sábado, donde la movilización nacional más multitudinaria acabó con al menos dos muertos.

ASCENSO Y CAÍDA VELOZ

Los sucesos dramáticos del sábado resumen de manera condensada el veloz ascenso y caída del régimen de Merino, un presidente interino que ha tratado de imponer por la fuerza hasta las últimas consecuencias su régimen pese a que desde un inicio el pueblo le dio la espalda.

Tras pasar casi cinco días sin hablar en público, el surrealismo del que ha hecho gala su breve administración quedó en evidencia cuando el presidente se presentó en un canal de televisión sin previo aviso, interrumpiendo una entrevista telefónica a su primer ministro, Ántero Flores-Áraoz. En su breve alocución, siguió la línea que habían mostrado en días anteriores sus ministros: negar la autocrítica y minusvalorar a las protestas, a las que veían como algo pasajero, producto del cansancio de la población por llevar tanto tiempo en casa por la pandemia del covid-19.

Estas declaraciones no hicieron más que calentar más lo ánimos de un pueblo que salió en masa a las calles desde primera hora de la tarde al grito de «Fuera Merino», entre otras consignas contra el Gobierno de transición.

Fue la movilización más multitudinaria que se recuerda desde las manifestaciones contra el régimen del expresidente Alberto Fujimori (1990-2000), con concentraciones simultáneas y masivas en varios puntos de Lima y en otras ciudades del país.

Con más gente en las calles, la Policía actuó todavía con mayor ferocidad, disparando indiscriminadamente a manifestantes, a periodistas e incluso a voluntarios médicos y bomberos que asistían a los heridos en la protesta principal, que se dio en el centro histórico de Lima.

Lo peor se vivió en las inmediaciones del Congreso, fuertemente resguardado con policías armados y escudados frente a grupos de manifestantes que se les aproximaban, la mayoría en tono pacífico y festivo.

Sí, hubo manifestantes que agredieron a los policías, una fracción ínfima de apenas una treintena de personas entre las más de 15.000 que asistieron a la marcha y sobre los que recayó una represión abiertamente desproporcionada.

CRUDA REPRESIÓN

Así comenzó una dura represión, con el uso masivo de bombas lacrimógenas por todo el trazado urbano, incluso en la Plaza San Martín, punto neurálgico de todas las protestas en Lima y que hasta ahora siempre había sido respetada por la Policía como punto de reunión «neutro». Una vez dispersados los miles de manifestantes, comenzaron a llegar noticias de los hospitales, donde los heridos iban llegando uno tras otro.

Así se supo que los dos primeros muertos en esta protesta, dos jóvenes de 22 y 24 años, recibieron once y cuatro perdigonazos, respectivamente, en partes sensibles del cuerpo como la cabeza, el cuello y el tórax. Con ello quedó en evidencia el ministro del Interior del Gobierno de transición, Gastón Rodríguez, que en los días interiores había insistido por activa y por pasiva en que la Policía no usaba armamento letal contra los manifestantes.

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