sábado. 04.02.2023
Dos tonos muy distintos: mientras la retórica norcoreana habla de «un mar de fuego» (entre sus adversarios) y «mil por uno de venganza» llegado el caso, el subsecretario de Estado James Kelly repitió ayer en Corea del Sur que, «superado el expediente nuclear», Washington ayudará a resolver los problemas energéticos del Norte «con medios públicos y ayuda de inversores privados» (....). En Pyongyang tocan los tambores de un numantinismo nacionalista de muy viejo cuño (un millón de personas, cifra oficial, en una manifestación el sábado) adobado con un vocabulario agresivo y belicista que no es uso en las crisis bilaterales. En Washington la orden es tajante y clara: paciencia y recordar que se puede arreglar todo «hablando entre iguales». No es exactamente el «diálogo bilateral directo para un pacto de no agresión» que, formalmente, exigen los norcoreanos, pero es un paso firme hacia el enfriamiento de la crisis: ha asumido la tesis del Departamento de Estado, la funde con la conducta de la Administración Clinton, soslaya toda amenaza militar y ha ubicado el dossier en el terreno de la diplomacia ordinaria. Desde el desliz del secretario Rumsfeld («podemos librar y ganar dos guerras a la vez») no ha habido una sola fisura: esto no es Iraq y, sobre todo, nadie quiere que lo sea. Hay razones jurídicas y puramente prácticas que lo explican de sobra, pero también una objetiva constatación: la reacción norcoreana, su rapidez abrupta en dejar el TNP y su amenaza de reanudar en seguida los ensayos de misiles sorprenden a Washington con el pie cambiado. En cierto modo es casi peor el asunto de los misiles: ayer el gobierno de Pyongyang utilizaba en su favor, sin mencionarla, la decisión norteamericana de permitir la llegada al Yemen en diciembre de un cargamento de misiles (interceptado, se recordará, por un navío español en el Indico) con su combustible, porque «es una transacción legal que, a la luz del derecho internacional no puede ser impedida». Si Norcorea, en busca frenética de divisas, vende, con la misma legalidad, nuevos misiles a terceros menos controlables y los Estados Unidos lo impiden por la fuerza «nuestra venganza será de mil por uno» (sic). El peligro físico no está en Washington, sino en la vecina Seul, donde ayer Kelly se aproximó cuanto pudo a la política oficial allí: negociación y transacción. Tiene buenas razones...

¿El pie cambiado?
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