lunes. 27.06.2022

La muy almidonada, vetusta y blanca monarquía británica

El 19 de mayo de 2018 Meghan Markle, mestiza y con voz propia, entraba en la casa de los Windsor. Dos años después, sus decisiones y declaraciones han sumido a la familia real británica en la peor crisis en 85 años
Una foto de la entrevista en tv con Meghan Markle. FACUNDO ARRIZABALAGA

«Debemos descubrir el poder del amor, el poder redentor del amor. Y cuando lo hagamos, convertiremos este viejo mundo en un mundo nuevo». No suele estar Martin Luther King entre la selección tradicional de lecturas en un enlace real británico. Tampoco reverendos como el afroamericano Michael Curry, que cabalgando las palabras del pastor y activista por los derechos civiles reflejó con sutileza el poder transformador que los futuros duques de Sussex insuflaban a la vetusta, almidonada y muy blanca monarquía británica el día de su boda.

Aquel 19 de mayo de 2018, una persona mestiza, Meghan Markle, entraba por primera vez a formar parte de la casa de los Windsor. Una mujer hecha a sí misma y con una voz propia, cuya historia de amor con el más díscolo de los nietos de la reina Isabel II traía una promesa de modernización a una institución condenada a renovarse o perder la sintonía con su pueblo, como dolorosamente había comprobado la propia monarca tras la muerte de la princesa Diana. Sin embargo, la ola que iba a impulsar la monarquía hacia nuevas orillas ha acabado por sumergirlos, arrastrando a la casa real a la peor crisis de los últimos 85 años.

Si la familia real británica tiene algo en común con el resto de los mortales es que las disputas en su seno no son ninguna novedad. Las intrigas palaciegas y los apuñalamientos por la espalda —en sentido figurado al menos en los tiempos modernos, otra cosa era la época de Enrique VIII— son más viejos que las propias monarquías y vienen a poner de relieve algo bastante obvio: detrás de la institución, hay personas de carne y hueso con sus grandezas y sus miserias. Que el príncipe de Gales no le coja el teléfono a su hijo Enrique, o que este apenas se hable con su hermano Guillermo, como se deduce de la entrevista que los duques de Sussex han concedido a Oprah Winfrey, palidece en comparación con las broncas de Jorge II con su hijo Federico, que llegó a ser líder de la oposición, o las del propio Jorge II con su padre, que durante un tiempo hasta le quitó la custodia de sus hijos.

Aunque no hace falta remontarse hasta el siglo XVIII para encontrar ejemplos. Ahí está Eduardo VIII, el tío bisabuelo del príncipe Enrique, que en 1936 ocasionó una crisis constitucional al renunciar al trono para casarse con Wallis Simpson y con el que muchos han querido encontrar un paralelismo tras la decisión de la pareja, en enero de 2020, de dar un paso atrás en sus obligaciones reales e intentar encontrar una independencia económica, ruptura que se ha consumado un año después. Es cierto que Enrique sólo es sexto en la línea sucesoria y no ha renunciado a sus derechos dinásticos pero, que en la ecuación entre otra glamurosa divorciada americana, añade factores al símil.

Más reciente aún es el caso de la malograda Diana de Gales, otro cuento de hadas con final infeliz en el que Enrique y Meghan no solo se han visto reflejados, sino que han replicado en su decisión de airear los trapos sucios del palacio, exclusiva con la reina de la televisión americana de por medio.

Cita a ciegas

Meghan y el príncipe Enrique se conocieron a través de una cita a ciegas organizada por una amiga en Londres en 2016. Su relación fue intensa y muy rápida. «Casi inmediatamente estaban casi obsesionados el uno con el otro», describe una de sus amistades en la edulcorada biografía conjunta, ‘Meghan y Harry. En libertad’, de los periodistas Omid Scobie y Carolyn Durand.

revela que la relación con la familia real, ahora agriada, empezó, no obstante, muy bien. La reina invitó a Meghan a pasar la navidad de 2017 en el palacio de Sandringham a pesar de no estar aún casados, y el príncipe Carlos acompañó a su futura nuera al altar y guarda con cariño una foto enmarcada del momento en su residencia de Clarence House.

La relación con la prensa fue muy distinta. Desde el primer momento, los infames tabloides británicos sometieron a la entonces novia del nieto de la reina a un nivel de acoso al que ella, acostumbrada a los flashes por su estatus de estrella televisiva, jamás habría imaginado ni en sus peores pesadillas.

Incapaces de defenderse ante las críticas y las mentiras -»Todos hemos pasado por esto», les dijeron, al parecer- , la pareja acusa ahora incluso al palacio de filtrar informaciones falsas para proteger a miembros más valiosos de la familia, como los duques de Cambridge, Guillermo y Catalina. La jaula de oro En poco más de dos años, todo había saltado por los aires. La presión mediática y la angustia de la jaula de oro acabaron teniendo repercusiones en la salud mental de Meghan, según denuncia ella ahora. Como Diana de Gales en su día, sus llamadas de auxilio chocaron con la gelidez de la familia que, en sus propias palabras, le negó ayuda psicológica.

Su entrevista ha abierto una brecha generacional en el apoyo británico a la monarquía: los más jóvenes apoyan a la pareja en la que ven reflejados nuevos valores; los mayores, al resto de la familia. Asentados ahora en Los Angeles, al inicio de una nueva vida americana -los duques son más populares a ese lado del Atlántico-, no han dudado en quemar las naves.

La familia aprieta los dientes, convencidos de que la crisis, como las anteriores, acabará pasando. Pero el hilo invisible que sostiene en pie a la monarquía, ese encantamiento que depende de un equilibrio sutil de la percepción popular, ha sufrido un nuevo golpe. Isabel II sabe que no puede cortarlo, y esta semana ha tendido un puente desde la vieja isla: «Enrique, Meghan y Archie siempre serán miembros muy queridos de la familia real».

La muy almidonada, vetusta y blanca monarquía británica
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