sábado. 28.01.2023

«No sé por qué nos engañaron»

Los equipos de rescate localizan dos cadáveres, uno de los cuales es el del español Guillermo Gual; los náufragos critican a los altos mandos de la tripulación .

Una de los dos cadáveres localizadas ayer en el crucero Costa Concordia que naufragó en aguas de la isla italiana de Giglio es Guillermo Gual, de 68 años, que formaba parte de un grupo procedentes de Palma de Mallorca, informó la unidad de crisis que sigue el naufragio del barco italiano. El otro es un italiano, Giovanni Masia, nacido en 1926, precisaron las fuentes, que agregaron que los dos cadáveres fueron trasladados a un hospital de Grosseto, donde fueron identificados.

Guillermo Gual era uno de los 177 españoles que participaban en el crucero por el Mediterráneo que naufragó en la isla toscana. Gual formaba parte de un grupo de nueve españoles, casi todos familia, del que perdieron la pista cuando intentaban escapar del crucero, en el que viajaban 4.229 personas, de las que hasta el momento han muerto ya cinco.

Su desaparición fue denunciada por Vicente Salvador, de 20 años, estudiante y originario de Palma de Mallorca, que viajaba con su novia María Rosa, sobrina del fallecido, los padres de la joven y otros amigos y familiares.

Regreso. Los náufragos españoles del crucero Costa Concordia esperan desde primeras horas de ayer ante el mostrador dedicado a ellos en el aeropuerto romano de Fiumicino, para que les busquen un vuelo a casa, entre las lágrimas por la horrible experiencia y la indignación porque «nada funcionó».

El primer vuelo de la compañía Alitalia salió con destino a Madrid a las 8.55 hora local (7.55 GMT) con un grupo de quince españoles y a las 9.05 hora local (8.05 GMT) otro grupo de 42 personas salieron con destino Barcelona. El número de españoles que viajaban en el Costa Concordia, que encalló el viernes por la noche frente a las costas de la isla de Giglio (centro de Italia), era de 177, según datos de la compañía naviera, cifra que la embajada de España no acaba de confirmar.

Ante la imposibilidad de fletar un chárter, los españoles están llegando por grupos al aeropuerto de Fiumicino, donde acompañados por personal de la embajada española en Roma intentan buscar un vuelo de regreso. Han podido dormir algo, pero aun les persiguen aquellos momentos de pánico y muchos explican que todavía siguen sintiendo que «todo se mueve a su alrededor»; tienen ropa limpia que se les proporcionó tras su rescate y llevan en bolsas de plástico los pocos enseres que pudieron salvar.

Los náufragos se quejan del abandono por parte de los altos mandos de la tripulación, que no ayudaron en las tareas de evacuación, mientras que fue el resto del personal, camareros, cocineros, o las asistentes de la guardería quienes ayudaron e intentaron tranquilizar a los pasajeros. El momento más dramático fue cuando se fue la luz, porque cundió el pánico, y aunque los altavoces continuaban diciendo que no pasaba nada, nadie se lo creía», pues el barco empezaba a inclinarse y se propagó el «salvase quien pueda», comenta Rosa, de Barcelona. Sobre todo, no comprenden por qué les engañaron «y continuaban diciendo que no pasaba nada, que era un problema de un motor», afirma Rosa María Codina, de Mataró, quien viajaba sola, pero asegura que el resto de españoles nunca la dejaron abandonada. Rosa María viaja siempre sola y este era su cuarto crucero, pero ahora asegura que nunca más volverá a poner pie en una nave.

María del Mar Cubillo, de Barcelona, cuenta lo sucedido como una pesadilla que duró más de seis horas, pues en el caos perdió de vista a sus suegros y a su marido que llevaba a uno de sus hijos. Se conmueve cada vez que cuenta como solo a las cinco de la mañana, después de pasar horas con su hijo de 2 años en brazos, consiguió zarpar en una de las últimas lanchas. Su marido vagó durante horas por la isla del Giglio buscándola desesperado, e incluso uno de los habitantes le prestó el coche para que pudiese proseguir en su búsqueda. A José Soler y su mujer Marisa aún no les han encontrado un vuelo para Madrid.

«No sé por qué nos engañaron»
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