miércoles. 08.02.2023
LA negociación pacífica, democrática y diplomática se ha apuntado un sonoro éxito en Ucrania tras la toma de posesión del nuevo presidente, Viktor Yúshenko. No sabría calcular si Javier Solana, Alto Representante de la Unión Europea para la Política Exterior y la Seguridad Común, estaba más satisfecho y orgulloso que el propio Yúshennko. Y no es para menos porque, sin dudar de que gran parte del mérito de este final feliz democrático en Ucrania es de los propios ucranianos, la Unión Europea ha desempeñado un papel esencial. No era nada fácil conciliar la denuncia del enorme fraude electoral a favor del candidato apoyado por Rusia, Víktor Yanukovic, con la revolución naranja de los que se sintieron estafados y se echaron a la calle para defender un proceso electoral limpio y democrático, con el propio recelo del presidente ruso, Vladímir Putin, y la posición de unos Estados Unidos más preocupados por su proceso interno y de la situación en Irak. Bajo el intenso frío de Kiev, el ex secretario de Estado norteamericano, Colin Powell, también mostraba un rostro de profunda satisfacción. La incógnita radica en si su sucesora, Condoleezza Rice, ha tomado nota de que las crisis políticas en zonas delicadas por su importancia estratégica se pueden solucionar pacífica y diplomáticamente sin tener que recurrir a una intervención militar como en el oscuro pasado europeo del siglo pasado o el reciente presente en Irak. No era nada sencillo llegar a la situación actual con un Víktor Yúshenko como presidente de la nación. Tiene varios desafíos trascendentales: formar gobierno sin crear fisuras entre sus propios colaboradores, integrar a los ucranianos del sureste de origen ruso y a los socialistas para cumplir la promesa de trabajar por una Ucrania unida, acometer reformas estructurales vitales y viajar a Moscú para fijar con Putin las reglas de juego.

Por fin, la democracia
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