jueves. 30.06.2022

Anje Ribera | MADRID

La tenaz y heroica resistencia de Mariúpol se ha prolongado durante casi tres meses. La ciudad portuaria ucraniana cayó definitivamente en la noche del viernes. Sucumbió a los bombardeos inmisericorde, durante días y noches, y ha pasado a formar parte de la larga lista de ciudades mártires en la historia de las infamias bélicas. Como Troya, Stalingrado, Leningrado, Alepo, Hiroshima, Nagasaki, Varsovia, Grozni, Sarajevo, Beirut, Gernika.... Todas monumentos a un terror inexplicable, inenarrable, devueltas a la edad de piedra.

Putin proclamó la «victoria total» rusa tras la rendición de los últimos 591 combatientes del laberinto de túneles de la acería de Azovstal, protagonistas de una defensa con uñas y dientes, hasta la última gota de sangre. Brutalidad contra perseverancia. La batalla por la «liberación» argumentada por el presidente ruso ha costado entre 5.000 y 10.000 vidas.

Atrás queda una urbe en ruinas, con calles sembradas por cadáveres. Arcenes, parques y jardines se convirtieron en patíbulos. Un paisaje apocalíptico que recuerda a la Stalingrado de 1943 tras la retirada nazi y dibuja una batalla interminable, casa por casa, herido a herido, muerto a muerto... Las guerras de hoy no son tan distintas a las de siempre.

Desde que los invasores cortaron luz, agua y gas al inicio del asalto de Mariúpol a finales de febrero, la ciudad se convirtió en subterránea. Bajo el asfalto, en lugares inhumanos, buscaron su hábitat familias con niños o ancianos vulnerables aferrados a sus últimas oportunidades de supervivencia. En el exterior reinaban la muerte y los crímenes de guerra a manos de soldados con patente de corso, con más vodka que sangre en sus corazones y dispuestos a cercenar cualquier vida, a cortar el futuro de sus semejantes, de quienes incluso se expresan en su mismo idioma. Mariúpol era un objetivo obsesivo para el Kremlin tras fallido intento de ocupación de 2014.

Putin convierte a Mariúpol en ciudad mártir