domingo. 04.12.2022

Rusia es incapaz de resistir el avance de Ucrania

Los reservistas que rechazan ir al frente colapsan los tribunales rusos para evitar ir a la guerra obligados por Putin
                      Militares ucranianos izan la bandera de su país en la ciudad recién recuperada de Liman. YEVGEN HONCHARENKO
Militares ucranianos izan la bandera de su país en la ciudad recién recuperada de Liman. YEVGEN HONCHARENKO

Los últimos acontecimientos en el Dombás dan la razón a los análisis occidentales, que ya en junio pronosticaban un giro de la guerra favorable a Ucrania. Por aquel entonces, el Ejército ruso vivía la euforia militar que hoy muestran sus rivales. Sus unidades tomaban la región de Lugansk al completo e incluso forzaban a las tropas ucranianas a retirarse en desbandada de ciudades tan estratégicas como Severodonetsk y Lisichansk, además de culminar el tristemente célebre asedio a la planta de Azovstal que desembocó en la toma de Mariúpol.

Los analistas vieron en el repliegue urgente de Ucrania, con un número indeterminado de muertos, fuego de artillería y blindados destruidos, un factor que a la postre ha ayudado a consolidar su actual contragolpe en Járkov y la avanzadilla en Lugansk. Advertían que, al ritmo de la invasión, el Ejército ruso se encontraría al cabo de semanas o unos pocos meses (menos de tres exactamente) abocado al agotamiento. Sin fuerzas humanas y reservas armamentísticas suficientes como para mantener el avance. Por eso ha pasado lo lógico en cualquier estrategia bélica: estaba destinado a un parón para poder defender lo ya conquistado. Mientras, Kiev, que en junio había gastado casi todo su arsenal heredado de la antigua Unión Soviética, ha aprovechado el verano para reagruparse y reordenar sus prioridades. Y lo más importante: rearmarse con las sofisticadas armas y los sistemas de inteligencia enviados por Estados Unidos y sus aliados occidentales.

Entre Donetsk, Lugansk, Zaporiyia y Jersón, Moscú controla 92.000 kilómetros cuadrados de territorio de Ucrania. El proceso administrativo de su anexión, no reconocida por la mayoría de la comunidad internacional, concluyó este martes en el Parlamento ruso. La paradoja es que, respecto a la primigenia franja en conflicto desde 2014, la actual es casi cuatro veces mayor. Supera con creces los enclaves prorrusos en litigio del Dombás hasta extenderse a Crimea. Para Moscú, su valor es muy alto: conecta esta península anexionada hace nueve años con el resto de Rusia, a la vez que le hace ganar el dominio del mar de Azov y uno de los núcleos industriales más importantes de Ucrania. Pero, además, proporciona a las autoridades rusas la capacidad de control sobre buena parte del Dnieper y la seguridad de que Kiev nunca podría maniobrar para provocar sequías en Crimea. El canal del norte que une este río con los campos de la península llevaba ocho años bloqueado, hasta el pasado abril.

La superficie invadida obliga a defender mil kilómetros de nueva frontera. Al Kremlin le lastra de cara a perseverar en la ofensiva y también le genera problemas para evitar agujeros, como el de este fin de semana en Liman, puerta de acceso al Lugansk donde las últimas estimaciones consideran que el Ejército de Kiev ha avanzado ya una veintena de kilómetros. Algunos analistas hablan de la teoría de la goma: cuanto más se estira la línea del frente, más se debilita. Ahora aguardan armas y la movilización paulatina de los 300.000 reservistas prometida por el Kremlin. Los blogs rusos especializados calculan, sin embargo, que proteger una divisoria tan extensa necesita al menos de medio millón de soldados bien entrenados y pertrechados.

En Liman, mientras tanto, las fuerzas de seguridad ucranianas recogen los cadáveres de los combatientes asesinados durante el cerco en bolsas negras. Calculan que, tras la retirada a tiros de los rusos, todavía puede haber militares escondidos o desorientados en los campos que perderán la vida al pisar las minas que cubren densamente la zona.Tras anunciar la movilización de 300.000 reservistas, un número similar de ciudadanos rusos ha huido a los países vecinos para evitar ser llamados al frente. Algunos se han roto las extremidades, se han quemado a sí mismos o incluso han optado por el suicidio. Todo vale para no ir a la guerra. Miles de ciudadanos hasta han elegido la vía legal. Y es que los abogados rusos se encuentran desbordados por las peticiones de ayuda de la población para evitar ser reclutados. «Estamos trabajando sin descanso», afirma Serguéi Krivenko, al frente de la firma ‘Citizen. Army. Law’.

El sector trabaja a toda máquina para ofrecer asesoramiento. «La gente está siendo apartada de su vida normal. Se trata de una movilización sin límite de tiempo durante una guerra. Podría durar meses o años. La gente puede no volver...», explica Krivenko. Y evitarlo es difícil. De hecho, «dejar el Ejército es prácticamente imposible. El único modo es la muerte, recibir una lesión o acabar en prisión por desobedecer órdenes», dice el letrado. La situación es caótica, afirma. Muchos ciudadanos que deberían estar exentos de ser reclutados han recibido el llamamiento. «Tienen pánico».

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