sábado. 25.06.2022

«La guerra mundial del pan ya ha comenzado». El ministro italiano de Exteriores, Luigi di Maio, se refiere así a las consecuencias del corte de suministro de cereal por la invasión de Ucrania, que impide a muchos países en situación vulnerable —en África, en Oriente Medio, también en algunas regiones de Asia— el acceso al grano y que les aboca, advierte, al estallido de conflictos y a la proliferación de organizaciones terroristas. Su temor lo comparten muchos otros, desde el secretario general de la ONU, Antonio Guterres —«si no alimentamos a la gente, nutrimos las guerras», dice— hasta los responsables de decenas de ONG, como José Félix Hoyo, vicepresidente de Médicos del Mundo, que alerta de la existencia de 800 millones de personas en situación de inseguridad alimentaria, crónica para 150 millones de ellos. «Cuando no tienes comida ni esperanza de lograrla, te echas en brazos de cualquiera que ofrezca una mínima esperanza».

La invasión ha interrumpido el abastecimiento de combustibles, pero también el de grano y fertilizantes, colocando en una situación muy delicada a países que dependen de unas exportaciones que la guerra y las sanciones han frenado de manera brusca. Un informe de la aseguradora Allianz señala que los precios, que ya registraron una subida del 31% en 2021, «crecerán otro 23% este año debido a la subida de insumos como la luz o los combustibles, o al bajo rendimiento agrícola que se traduce en stocks más reducidos».

La guerra no sólo impactará en el suministro de alimentos básicos como el trigo o el aceite, sino que tendrá un efecto dominó en el precio de los productos que los sustituyan. «Lo peor de la crisis alimentaria —concluye el estudio— está por llegar».

Los efectos son distintos según la región del planeta. En Europa, los 22 millones de toneladas de cereal bloqueados en puertos del mar Negro han disparado los precios del trigo, el girasol o el maíz, desatando una escalada que ha abonando las desigualdades que afloraron en el ‘crack’ financiero de 2008, se recrudecieron durante la pandemia y que ahora han vuelto a agravarse por culpa del gas. Hasta el Ministerio de Interior alemán ha aconsejado a la población hacer acopio de agua y alimentos «para 10 días» en previsión de una crisis de suministros.

En este escenario, la inflación de la Eurozona se disparó en mayo hasta el 8,1%, marcando un récord absoluto. Una carrera desbocada que, alerta Ignacio López, director de Relaciones Internacionales de la asociación agraria Asaja, «aún no se ha manifestado en toda su crudeza, porque los costes de producción no se han trasladado al consumidor en su totalidad».

En África, sujeta a un rosario de sequías, inundaciones y plagas —la de langosta en Somalia, la más virulenta en 40 años—, el panorama es mucho más dramático. «La situación ha empeorado desde principios de año», alerta David Phiri, coordinador regional de la FAO para la vertiente oriental del continente, donde el coste de combustibles y abonos ha arruinado la producción de este año y comprometido también la del que viene.

Allí, el aumento del precio del grano y el de los fertilizantes —que se ha multiplicado hasta por cuatro— representa un auténtico callejón sin salida para centenares de millones de personas con acceso a una única comida al día, las más de las veces a base de arroz, de mijo, algún tropiezo de pollo si la suerte les sonríe. Sólo en este continente, dieciséis países importan de Rusia y Ucrania más de la mitad de los cereales que consumen, una dependencia que en el caso de Benín o Somalia es del 100% y en el de Egipto del 81%. El trigo, que representa el 20% del aporte calórico a nivel global, aquí es a menudo la única fuente de subsistencia.

La crisis tiene lecturas distintas y una de ellas es la búsqueda desesperada de actores que ayuden a mitigar el desabastecimiento, una tarea nada fácil en un contexto global de escasez marcado por el cambio climático.

Así las cosas, el problema no es la falta de grano en los silos ucranianos, sino no poder dar salida al cereal que ya tienen, con decenas de mercantes abandonados a su suerte en los muelles de Odesa y Nicolaiev, y que en las regiones ocupadas del Donbás el Gobierno ruso está decomisando para exportar desde el puerto de Sebastopol (Crimea) a países que están en su órbita, caso de Siria. Una acumulación que obstaculizará la próxima cosecha, lastrada ya por miles de hectáreas de cultivo arrasadas, sembradas de minas o de cohetes pendientes de desactivación; de maquinaria destruida, de agricultores movilizados... Otro desastre en diferido.

Ucrania: la guerra que alimenta el hambre
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