martes 25/1/22
Manifestación en apoyo a Román Protasévich. WOJCIECH OLKUSNIK

«Piratería aérea», «terrorismo de Estado», «comportamiento ilegal», «inadmisible», «escándalo internacional», «amenaza para la seguridad internacional y la aviación civil», «cruce inaceptable de una nueva línea roja». Todo un polvorín diálectico estallo ayer en una UE indignada como anticipo a la cumbre de líderes que arrancaba por la tarde en Bruselas.

El aterrizaje a la fuerza de un avión de Ryanair en Bielorrusia, mientras cubría la ruta Atenas-Vilna, para arrestar a uno de sus pasajeros (el periodista opositor Roman Protasevich) entraba de lleno en la agenda de los mandatarios europeos y les colocaba en la tesitura de pactar un castigo enérgico contra el régimen de Aleksandr Lukashenko. El reto: convertir las palabras en hechos, contrarreloj, y por unanimidad. Algo que nunca es fácil cuando hay que aglutinar Veintisiete puntos de vista diferentes y que últimamente se hacía más cuesta arriba por la inercia dinamitadora de Hungría, que ya la pasada semana rompía la posición común sobre el conflicto entre Israel y Hamás pese a que la declaración de consenso no podía ser más suave.

Sobre la mesa nuevas sanciones a añadir a las ya existentes contra el régimen de Minsk. El acuerdo, al cierre de esta edición, contempla incrementarlas con «nuevas listas» en las que figurarían personas involucradas en el «secuestro» de la aeronave de la compañía irlandesa, así como empresas que financian al régimen. Lo había avanzado la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, al tiempo que recordaba que la UE dispone de un paquete de 3.000 millones de euros de ayudas e inversiones para Bielorrusia. Pero solo fluirán «cuando se convierta en un país democrático».

La identidad de los nuevos ‘castigados’ se concretaría en los próximos días. Pero la UE no se quedará ahí. Los líderes hicieron también un llamamiento expreso a medidas más drásticas. Solicitan a las compañías europeas que eviten «sobrevolar Bielorrusia» por considerar su espacio aéreo «inseguro» y también pulsan el botón para que se adopten las «medidas necesarias» para que se prohiba a la compañía de bandera de ese país, Belarusian Airlines, utilizar el cielo europeo y sus aeropuertos. «El Consejo Europeo continuará ocupándose de este incidente», se añadía en el primer borrador de la declaración, que atendía las propuestas avanzadas por socios como Lituania y Polonia. Habían pedido (y ejecutado) un cerrojazo por aire que también defendían otros países y para el que Francia reclamó la implicación de la Organización de Aviación Civil Internacional (OACI).

Medidas, a priori, complejas desde el punto de vista burocrático.

El riesgo de vetar a la aerolínea Belavia estaba en que Lukashenko pudiera ‘secuestrar’ a europeos que residen en el país. Utilizarlos como rehenes. Así que no se descartaban matices de última hora.

Lo evidente es que la UE (como tampoco Reino Unido o Estados Unidos) no se creen la versión que dio Minsk sobre el incidente. Y aquí los líderes no tienen ninguna duda: exigen tanto la liberación del periodista como la de su novia Sofia Sapega. El jefe de la diplomacia comunitaria, Josep Borrell llamaba ayer a consultas al embajador bielorruso para la UE como primera reacción diplomática de enfado. Y Lukashenko, lejos de amedrentarse, daba a última hora otro giro de tuerca al expulsar a la embajadora de Letonia en Minsk. Crisis en escalada.

La UE se propone aislar Bielorrusia en castigo por secuestrar el avión
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