sábado. 02.07.2022
                      Imagen de unos alumnos del centro de la matanza. TANEN MAURY
Imagen de unos alumnos del centro de la matanza. TANEN MAURY

En el resto del mundo son titulares. En Uvalde (Texas), la peor masacre infantil de la última década quedará grabada en la memoria de sus habitantes con sonidos. Primero fue el chirrido de las yantas al salir el asesino derrapando en la furgoneta de su abuela, que no sabía conducir. Luego el estruendo de la ranchera al caer en un dique de cemento. Después, y más inquietante, los disparos retumbando por el tranquilo vecindario durante más de media hora. Todos escondidos en sus casas, turbados por las sirenas de la policía y el temor a encontrarse al asesino en su porche. Y por último, los gritos y los llantos desgarradores de las madres.

Las noticias les han ido poniendo nombres. «A los niños muchas veces no los conocíamos, nos hemos ido enterando después quiénes son los padres, y de esos sí sabemos, los adultos nos conocemos todos, aunque sea de oídas», explica Laura Zavala sentada en el porche de su madre. No le hacía falta irse muy lejos. El vecino de al lado ha perdió a su hija mayor, Amerie Joe Garza, de diez años. El coche está en la puerta pero dentro de la casa se siente un silencio sepulcral. Nadie se ha atrevido a interrumpir su dolor. Unos jóvenes venidos desde San Antonio han dejado flores en la puerta del matrimonio desconocido al que quiere reconfortar. Los vecinos murmuran desde la distancia y miran hacia la casa con ojos enrojecidos.

Uvalde es un pueblo traumatizado que no volverá a ser el mismo. Salvador Ramos, el asesino, se llevó consigo la inocencia de una vida bucólica. Su gente sencilla y bondadosa vive con las puertas abiertas, sonríe a los extraños y sigue contestando con resignación las preguntas de la prensa, que ha caído sobre ellos como una plaga. Por si sirve de consuelo, todas esas cámaras y micrófonos llegados de medio mundo desaparecerán tan rápido como llegaron y se olvidarán de ellos. Sus habitantes se quedarán solos con sus traumas y el miedo en el cuerpo. «Que nos dejen en paz, necesitamos llorar sin que nos graben las cámaras y pasar nuestro duelo solos», pedía Ignacio Castillo, un joven de 17 años que conocía a Ramos y se niega a creer que fuera el demonio que todos pintan.

Su amiga Alison García iba a jugar con él a su casa de pequeña y le recuerda como «un niño normal», que hablaba y reía como cualquier otro. Fue solo «en los últimos dos o tres años que cambió y se hizo más retraído», asegura, en respuesta a cómo se burlaban de él. Era víctima de bullying. «Debería de haber más gente con la que hablar, no solo los consejeros de la escuela. Estaba solo y no tenía amigos», insistía.

El fracaso y la frustración de Ramos se transformó en un zarpazo de odio contra todos los que vivían en paz a su alrededor, ajenos a su crisis existencial. «¿Qué le habían hecho a él estos niños?», solloza Mika. «¿Qué culpa teníamos nosotros?

Uvalde intenta recuperar la fe tras la matanza