viernes 28.02.2020

Asesinos de pesadilla...

León aún recuerda los crímenes de Covadonga Sobrino y El Argentino y tampoco olvidará a Pedro Jiménez
Hay crímenes difíciles de olvidar. El del Portillo es uno de ellos. Era el año 1975, meses antes de la muerte del dictador. Todo comenzó con la aparición de un saco. Francisco Villar Rubio recogía caracoles en la carretera de Caboalles cuando se encontró medio cadáver descuartizado dentro de una bolsa de plástico. Seis días después, el 22 de mayo, un vecino de Valle de Vegacervera localizaba la cabeza, el tronco y el brazo en avanzado estado de descomposición. También estos restos estaban guardados en bolsas. Horas después, la Guardia Civil detenía a Covadonga Sobrino, de 43 años y propietaria de un bar en el Portillo, por la muerte de su presunto amante, Carlos Fernández Guisuraga, de 28 años. Había nacido una leyenda urbana. Los niños leoneses de la década de los setenta crecieron atemorizados por la terrorífica historia de una mujer que supuestamente servía de tapa en su bar pedacitos de carne humana, alimentada en parte por el hecho de que un brazo de la víctima, con un tatuaje de su época en la Legión, nunca pudo ser recuperado. Covadonga Sobrino confesó la autoría del asesinato y se prestó a reconstruir los hechos. El escenario del crimen fue la cocina del restaurante Ay!, que regentaba la detenida. En una acalorada discusión, que fue presenciada por el sobrino de la propietaria, de 15 años de edad, la víctima amenazó a ambos. La mujer sintió miedo y cogió un hacha que ocultó bajo la ropa. Se acercó a su amante y le dio un tajazo en la cabeza y otros seis hachazos cuando el hombre yacía ya en el suelo. Luego arrastró el cadáver hasta la bodega, donde lo dejó escondido. Limpió todas las huellas y salió a atender a los clientes que se encontraban en el bar. Al día siguiente, la asesina procedió a cortar el cuerpo en dos mitades. Asimismo, seccionó el brazo derecho y troceó los dedos de la mano izquierda. Tras descuartizar el cadáver lo metió en bolsas de plástico y, acompañada de su sobrino, los dispersó en distintos lugares. Diario de León publicó la foto de una hebilla del cinturón de la víctima que había sido hallada con los primeros restos. Un amigo del fallecido lo reconoció. Fue una pista decisiva para averiguar la identidad del fallecido y detener a la autora del truculento suceso. Covadonga Sobrino fue condenada a 25 años de prisión. Instinto asesino Más truculento aún es el historial delectivo de José Luis Monteagudo Blanco. Con sólo dieciséis años perpetró su primer asesinato. El 24 de abril de 1960, en Ponferrada, el joven se confesaba autor de la muerte de Soledad Sembranes, de doce años. Comió tranquilamente después de acabar con la vida de la niña y no vaciló ni mostró síntomas de arrepentimiento durante el interrogatorio de la policía. Veinte años después, en 1980, Monteagudo volvía a cometer un nuevo crimen. Esta vez asesinaba a una joven vendedora de libros, cuyo cadáver apareció en un pozo de Columbrianos. El pasado mes de febrero, cuando sólo en la memoria de los familiares de las víctimas seguía fresco el nombre de Monteagudo, el asesino volvía a reaparecer en Ponferrada, donde intentaba, esta vez sin éxito, matar a la propietaria del piso que había alquilado días antes. Tras un fin de semana de intensa búsqueda, la policía lograba detener a Monteagudo, acusado de un presunto delito de homicidio en grado de tentativa. La asesina de la maleta Otra mujer, Pilar Mazaira, disputa a Covadonga Sobrino el episodio más aterrador de la crónica negra provincial. Esta mujer de 50 años y natural de Toreno ingresaba en prisión en 1992 por estrangular en La Coruña a un niño de 12 años. La asesina, amiga y socia de los padres de la víctima, llevaba años bajo tratamiento psiquiátrico. La mujer, que regentaba un supermercado en el barrio de Torenillo y era propietaria de un gimnasio en la capital gallega, intentó deshacerse del cadáver metiéndolo en una maleta que facturó con destino a Madrid. Nunca llegó a esclarecerse el motivo del crimen. Corpus sangriento Tampoco se sabrá nunca a ciencia cierta qué le pasó por la cabeza a Jesús Andrés Iglesias, de 41 años, cuando en la procesión del Corpus Christi de 1996 sembró el terrror en la tranquila localidad de Herreros de Rueda. El perturbado, con licencia de armas, la emprendió a tiros contra los fieles que desfilaban bajo su ventana. Cuatro personas fallecieron antes de que el homicida fuera abatido por la Guardia Civil. Hacía tiempo que en el pueblo se temían lo peor. Varios vecinos le habían denunciado por amenazas y agresiones. Un ajuste de cuentas Pocos nombres como el del Argentino han sembrado tanto terror en León. Las Navidades de 1986 se iniciaron con el brutal asesinato de la niña Celina Rodríguez, de 11 años, secuestrada dieciocho días antes a la salida del colegio. El cuerpo, hallado con signos de haber sido violada y estrangulada, fue localizado en un caserón deshabitado de Piedrafita, próximo al puente de Las Palomas. Valentín Gómez Valledor, alias El Argentino , fue condenado por este horrible crimen después de que sus huellas dactilares se encontraran en el lugar de los hechos. El asesino había conocido al padre de la víctima en la cárcel de León, donde el segundo cumplía condena por dar muerte a un contrabandista de tabaco al que robó la suma de 21 millones de pesetas con otros tres compinches. Gómez Valledor moría ocho años después en la prisión de Burgos víctima del ataque de otro preso. Un final tan oscuro como su propia vida. Gómez Valledor siempre se declaró inocente del asesinato y la violación de Celina, aunque reconoció el secuestro. Acribillado a puñaladas ¿Qué clase de persona puede asestar cien puñaladas a un desconocido? Parecía el «crimen perfecto». Un escenario solitario y sin testigos. Tampoco había móvil aparente. El fallecido era un indigente. El asesinato de Jorge Ramón Álvarez Alegre, ovetense de 32 años, tardó cuatro años en ser resuelto. Los hechos ocurrieron la noche del 10 de diciembre del 2000, cuando la víctima fue literalmente acribillada a navajazos. Hace sólo seis meses, la policía detenía a dos jóvenes como presuntos autores del homicidio. La víctima, que había llegado escasas horas antes a León, pudo ser elegido al azar por sus asesinos. No está claro si el móvil fue un rito satánico o un juego de rol, aunque los dos detenidos «se movían en este ambiente»; uno de ellos tenía apenas dieciséis años cuando se produjo el crimen. Doble crimen de Bellvitge Será difícil olvidar en mucho tiempo el nombre de Pedro Jiménez García; al menos, en León. El brutal asesinato de dos jóvenes policías leonesas en el barrio de Bellvitge de Hospitalet de Llobregat ha provocado una gran conmoción en esta provincia, que hoy sale a la calle para pedir justicia. Tras dejar un reguero de pistas, una vez que presuntamente hubo asesinado a Aurora Rodríguez y Silvia Nogaledo, el recluso Pedro Jiménez, con un permiso penitenciario de tres días, era detenido por la Guardia Civil en Gerona. La historia de Pedro Jiménez es la de un violador reincidente, tan peligroso fuera de la cárcel como «inofensivo» dentro de ella, tal y como consta en su historial delictivo. Este hombre, de sólo 1,57 de estatura, pero de complexión fuerte, pisó la cárcel por primera vez en mayo de 1985 por un delito de abusos deshonestos y otro de violación en grado de tentativa. A sus 35 años, ha pasado los últimos 19 entre rejas por delitos cometidos aprovechando permisos carcelarios, como ocurrió el pasado 5 de octubre. Eran las diez de la mañana. Una vecina llama a la guardia urbana de Hospitalet para avisar de un incendio en el séptimo piso. Los bomberos derriban la puerta y encuentran los cadáveres de dos mujeres en dos habitaciones distintas; eran los cuerpos de Aurora Rodríguez y Silvia Nogaleda, naturales de Toral de los Guzmanes y Noceda del Bierzo. Habían sido torturadas y vejadas, después las asesinaron y, finalmente, prendieron fuego al piso para no dejar huellas. Comenzaba entonces una intensa persecución contra Pedro Jiménez, que sería detenido cuarenta y ocho horas después junto a su encubridor, el ciudadano turco Kamel Dogan. El presunto asesino había olvidado en el piso una factura en la que constaban sus datos. Además, intentó utilizar una tarjeta de una de las víctimas en un cajero automático de Gerona. La cámara de seguridad del banco le grabó y la policía distribuyó su fotografía. El historial delictivo de Jiménez, clasificado como «psicópata sádico», y el brutal asesinato de las dos agentes como detonante, ha abierto una ácida polémica sobre la política de permisos penitenciarios. La mayoría de los ciudadanos se preguntan por qué le permitieron salir de prisión con sus antecedentes. La respuesta, que cumplía todos los requisitos, no parece satisfacer a nadie.

Asesinos de pesadilla...