sábado 27/2/21
Educación

La buena lección del covid para las aulas

La vida en el marco de la comunidad educativa ha cambiado en muchos aspectos desde la llegada de la pandemia, pero a pesar de todo, muchos de esos cambios han repercutido de manera positiva
Los alumnos han demostrado que saben adaptarse a las nuevas circunstancias. QUIQUE GARCÍA

La pandemia del coronavirus se ha colado en nuestras vidas de tal forma que ha ido cambiando las relaciones sociales, la forma de trabajar o la vida en los centros educativos. Más allá de cuestiones sanitarias y a pesar de la tragedia, no todo lo que ha traído consigo el covid-19 a las aulas ha sido malo. El cambio en la forma de relacionarse ha dejado también cosas positivas, aferrándose al popular refrán de no hay mal que por bien no venga. En los colegios e institutos eso también se ha notado. Se ha perdido el contacto y la cercanía, pero se ha ganado en otras cuestiones que profesores y padres valoran como reivindicaciones históricas que sólo el coronavirus ha logrado hacer efectivas. Los niños han demostrado su capacidad de adaptación y su responsabilidad con el uso de las mascarillas, la toma diaria de la temperatura y todas las exigencias que les ha demandando la pandemia.

Disminuir las ratios. Los padres señalan entre las mejoras aportadas por el coronavirus que, sobre todo en los institutos, se han bajado las ratios, de forma «que se llega mejor a todo el alumnado. Ha sido poco, pero se han conseguido desdobles que no habían logrado las protestas y las peticiones». La obligación de aumentar la distancia entre los pupitres ha forzado que los grandes grupos de Secundaria y Bachillerato —habitualmente en pequeñas aulas— hayan tenido que reducirse.

Espacios limpios. Limpieza e higiene en todos los rincones. Geles hidroalcohólicos y desinfección constante. Medidas impuestas por la pandemia en los centros educativos que han elevado la pulcritud en las aulas y en el resto de los recintos escolares. La ventilación —permitida durante los meses de mejor temperatura— también repercute en dejar fuera de las aulas el ambiente cargado, lo que según las familias y los docentes también mejora el aprendizaje, «si llega más oxígeno al cerebro aumenta la capacidad de atención». «Va a ser la generación más limpia en mucho tiempo y están adquiriendo muchos hábitos de higiene», concretan los docentes.

Orden. Atrás ha quedado la entrada arremolinada de todos los alumnos. A empellones y todos juntos. Ahora todo es más ordenado. Las clases salen y entran cada una a una hora, de forma puntual y escalonada. Pero más allá de la entrada y la salida de los alumnos, también ha tenido sus efectos en el tráfico. Los coches en doble fila —que continúan, es innegable— se han visto reducidos como consecuencia de la organización de las salidas y las entradas, ya que sea porque los centros tienen varias puertas de acceso o porque se han separado por pequeñas franjas de tiempo los horarios de entrada y salida de los alumnos.

Control. El hecho de que el recinto educativo esté cerrado y se controlen todos los accesos también da «más seguridad» a los padres, porque antes «estaba la puerta siempre abierta y todo el mundo podía entrar». Las familias alaban este gesto que ha aumentado la seguridad entre los escolares y la comunidad educativa.

Sin catarros. La mascarilla ha restado expresividad, pero más allá del coronavirus ha supuesto una barrera también para otros virus. Las ausencias de clase por catarros, bronquiolitis u otras infecciones respiratorias casi han desaparecido. La gripe casi no está teniendo incidencia y entre la mascarilla y la distancia social los habituales catarros del inviernos están pasando más desapercibidos, tanto entre los niños como los docentes, que también han cogido menos bajas vinculadas a estas afecciones.

Sin piojos. Cada año eran una plaga. Los piojos campaban a sus anchas entre los escolares —e incluso saltaban a las cabezas de los profesores y maestros— y este año, ante la reducción del contacto entre los pequeños y el hecho de que los grupos estén aislados, ha reducido la presencia de estos parásitos en las cabelleras. Un alivio para los padres en lo que también ha colaborado el aumento de las medidas de higiene.

Nada de alboroto en los pasillos. Todo el mundo dentro de las aulas y cuando se sale a los pasillos están prohibidos los grupos. Nada de arremolinarse entre clase y clase o permanecer en las zonas comunes más tiempo de la cuenta. Entre las consecuencias de la pandemia está el silencio en los centros educativos, ya que el ruido se ha quedado en algo completamente esporádico.

Adiós a las peleas. La limitación de los grupos de convivencia también ha reducido los enfrentamientos y las pelas. A mayores, las familias destacan que el coronavirus ha hecho a los pequeños «más maduros» que han aprendido de golpe a seguir «las pautas de orden», lo que también ha repercutido en la mejora de la convivencia con un consiguiente aumento de la «solidaridad social, porque son conscientes de que las normas repercuten en el grupo o en el centro».

Un trabajo esencial. Los docentes reconocen que tras el confinamiento han visto como se ha vuelto a valorar su trabajo, por la implicación que tuvieron durante los meses que se suspendieron las clases y porque los padres vieron lo complejo que era enseñar, educar e, incluso, animar y apoyar a los pequeños en un momento como aquel ya fuera en el horario lectivo, por las tardes e incluso los fines de semana.

Educación del siglo XXI. La generación de los nativos digitales tuvo que poner a prueba su conocimientos y los docentes y los padres con ellos. Ahora, tras el confinamiento, la Consejería de Educación ha aumentado los cursos de formación, tanto para los docentes como para las familias, ha redoblado esfuerzos con los medios materiales, ya que había equipos que estaban obsoletos, y ha acelerado su programa de escuelas conectadas de cara a otro posible confinamiento. Además, se han unificado criterios y se han buscado herramientas para garantizar la conexión con los alumnos a pesar de las distancias. Eso sí, tanto familias como docentes reclaman aún una mejora mayor en este sentido para acabar, sobre todo, con la brecha digital.

Presencialidad, sí o sí. No hay nada como las clases de verdad entre el docente y los estudiantes: presenciales. «Ahora todos lo tenemos claro, nadie quiere que los centros se cierren, porque ayuda a la conciliación y porque todo funciona mejor, pero sobre todo, pedagógicamente. La presencialidad debe ser siempre, en la medida de lo posible».

La buena lección del covid para las aulas