domingo. 27.11.2022

Cabezadas para espantar la lluvia

La ceremonia histórica, cuyo origen data de 1158, convoca hoy a las 12.00 horas al cabildo isidoriano y a la corporación municipal Voluntario u obligatorio, el debate sigue en tablas .
ramiro

e. gancedo / á. caballero | león

No se prevé lluvia para la mañana de hoy, a las 12.00 horas. Pero tampoco se adivinaba que pudiera llover aquella jornada de 1158 en la que los vecinos de León, ante la sequía que había agostado los campos, decidieron sacar el cuerpo de San Isidoro en procesión, con «los pies descalzos, cantando himnos y alabanzas a Dios», como relatara Lucas de Tuy. En esas andaban cuando, recorridas apenas «dos millas fuera de la ciudad», en Trobajo del Camino, «hiciéronse allí aquellos santos miembros del glorioso cuerpo tan pesados, que los presbíteros que llevaban sobre sus hombros, de pura necesidad, hubieron de descansar, y fue tanta la pesadumbre del santo cuerpo, que muchos millares de hombres en ninguna manera lo podían mover». Entonces, «vino súbitamente gran copia de lluvias», describe quien fuera canónigo isidoriano, quien abunda en que los hombres «se gozaban mucho todos del beneficio de las lluvias, mas estaban muy tristes de corazón porque no podían tornar a la ciudad el cuerpo santo». No pudieron hasta que intercedió la reina Doña Sancha, quien «con sus manos tocó las andas, luego se movió de aquel lugar y todos tuvieron tan temor y se espantaron de verlo, y por voluntad e inspiración de nuestro Señor se llegaron hasta allí cuatro niños chiquitos y levantaron las andas». Quedó así atado el pueblo al «juramento solemne» que había hecho de «nunca más sacar el cuerpo santo de su iglesia, si él tuviera a bien ser tornado a ella», y la promesa de cumplir «para cada año para siempre jamás cierto censo con San Isidoro».

Ese censo es el que vuelve a llevar hoy a la corporación municipal desde San Marcelo, donde partirán a las 11.45 horas, hasta la puerta de la basílica para medirse en duelo dialéctico con el cabildo isidoriano. La pugna dirime si la ofrenda es voluntaria por parte del pueblo, como defenderá en esta ocasión la síndico municipal, Margarita Torres Sevilla, o si es voto u obligación, como le toca argumentar este último domingo de abril al canónigo Manuel García González. Tres intervenciones tendrán cada uno de ellos para intentar convencer con la ironía retórica a la parte contraria, antes de ordenar que se levante acta con el resultado de tablas históricas: la secretaria municipal tendrá que anotar que fue «voluntariamente», mientras que el capitular dejará escrito que de forma «obligatoria».

Pese al resultado, la ceremonia deja establecido que el alcalde debe cumplir con la entrega de la ofrenda de un cirio de arroba bien cumplida —que traducido a peso supone 11,5 kilos— y buen tamaño —1,10 metros de alto y 13 centímetros de ancho— adornado con el escudo de León y la efigie del santo. Tras la misa, la salida a la calle escenificará el gesto por el que se conoce a la tradición: tres inclinaciones de la corporación, en diferentes distancias marcadas frente a la puerta del templo en el que les despiden los canónigos, que el pueblo bautizó como las Cabezadas.

«Y así ha de seguir porque lo exige la tradición y buen gobierno, un debate sin vencidos y una confrontación sin vencedores a pesar de los intentos, loables siempre, que los delegados de uno y otro han procurado para defender su postura», como dejó escrito el cronista Luis Pastrana en su ‘biblia’ de Políticas Ceremonias de León. Siglo XXI.

Aunque llueva.

Cabezadas para espantar la lluvia