viernes 29.05.2020
Radiografía del León antiguo

El desierto demográfico del Húmedo avanza con el empuje del uso turístico

Los pisos de alquiler de fin de semana, los nuevos hoteles y el cierre de los últimos comercios expulsa a un vecindario sin apenas niños.
En las calles Santa Cruz y Tarifa abundan las ruinas. RAMIRO
En las calles Santa Cruz y Tarifa abundan las ruinas. RAMIRO

En la casa portalada que hace de estribo a la calle Matasiete se cobija la hornacina del Cristo de la Agonía. Durante décadas se encendían las velas cuando un vecino estaba muy enfermo y se apagaban tras el toque de las campanas a muerto. Entonces, mediados del siglo pasado, el casco histórico condensaba el núcleo urbano principal de León. Hoy, en el recinto amurallado al sur de la Calle Ancha, en San Martín y el Mercado, aparecen censados 2.600 personas, un 2% del municipio, aunque parte de ellas ni siquiera viven ya en este desierto demográfico donde apenas hay media docena de niños y la edad media supera los 70 años. Se han ido, como los comercios históricos y los bares que construyeron la leyenda del Húmedo, para dejar paso a los locales de ocio nocturno, que en su mayoría abren a media tarde y continúan hasta la madrugada los fines de semana, y a las viviendas de uso turístico que crecen cada vez que fallece un vecino o se marcha hastiado por los ruidos, el abandono y la falta de servicios básicos.

En La Rúa hay 18 locales cerrados de los 55 totales. RAMIRO.

Por la puerta que abre la Rúa, que se apellida de los Francos por ser la entrada principal del Camino de Santiago en la ciudad, la decadencia se mide por el número de trapas bajadas. Se cuentan hasta 19 locales cerrados de un total de 55 en la calle, donde tres edificios están en ruinas, dos más se encuentran ahora en plena reforma tras tirar todo su interior y un tercero, con el único esqueleto de su fachada, se prepara para ser un hotel. No será el único. Más adelante, en la esquina de San Francisco con Hospicio, una constructora palentina asienta ahora los cimientos de otro negocio hotelero de 59 habitaciones de alta gama.

La oferta turística crece, pero «no hay apenas gente para pararse a hablar». «Antes yo iba por la calle y saludaba a todo dios», ironiza Ángeles Izquierdo, que acredita 50 años de vecina en el Mercado, donde los vecinos salían «al fresco a hacer el filandón» y «había una colchonera que vareaba la lana en mitad del Grano». Hoy, tras 535.866 euros de reciente inversión, la plaza se ha rehabilitado urbanísticamente, pero no tiene vida alguna, salvo los ratos del vino los fines de semana, pese a ser uno de los rincones con más encanto de la ciudad. «Han vaciado el barrio», sentencia la vecina. Un poco más allá, se registra la hora punta del día: la salida de la misa de las 11.30 horas del Mercado, que regala corrillos a mitad de Puerta Moneda, donde el solar de la casa en la que nació Gordón Ordás, presidente de la República en el exilio, alimenta la maleza con el cartel de «se vende» después de que se dejara caer. Un poco más arriba, otro hueco dejado por un casa se ha convertido en un basurero en el que un vecino mordaz anuncia en un cartel, como un espectáculo, que se pueden ver «las ratas más grandes de la ciudad».

En las calles Santa Cruz y Tarifa abundan las ruinas. RAMIRO

Al costado opuesto del Grano, la plaza desemboca en Fernández Cadórniga, donde los sábados pervive el mercado de antigüedades. Quizá por eso se conserva aún una tienda de almoneda, con un papelín en la puerta que desvela el teléfono móvil de quien atiende, un estudio de tatuajes, un taller de encuadernación y una peluquería. Justo donde hace repecho, la calle se desparrama en la plaza de Don Gutierre y en la proliferación de bares, pubs y restaurantes. Hay 229 en todo el casco histórico. «El problema es que sobramos la mitad de la hostelería», como admite Matías Mediavilla, responsable del Tavern, quien en cambio apostilla que «no hay ni una tienda de alimentación, salvo en el mercado del Conde», porque «los dueños de los locales se piensan que tienen el oro y el moro y piden barbaridades». «O subes a beber o no subes», resuelve, un jueves a poco de que den la una de la tarde, sin clientela a la vista.

En este punto del casco histórico se apunta otro de los proyectos inmobiliarios que descollan. No se trata de un negocio hotelero, sino viviendas de lujo de 2, 3 y 4 dormitorios, con garaje y locales, que se levantarán sobre las antiguas Bodegas Manchegas. Se conservará la fachada y los murales que Vela Zanetti pintó en uno de los pisos interiores y el proyecto comunicará con una entrada por la rinconada de Conde Rebolledo.

Matasiete está tomado por pubs y pisos turísticos. RAMIRO

La promoción de viviendas de este tipo responde a la demanda de un cliente «sibarita» que «compra por capricho y para él», cita María José Martínez, responsable de la inmobiliaria Barrio Húmedo, quien reseña que hay compradores «de Francia o de Suiza para venir cuatro veces al año y que quieren una zona monumental». Este mercado hace que «se demande vivienda en la zona», que no es fácil de encontrar porque en muchos caso responde a «herencias que no se ponen de acuerdo», pero que además «es cara». «Un piso medio de 90 metros está sobre 200.000 euros», calcula la intermediaria, quien abunda en que «el alquiler de un piso con un dormitorio sin garaje se sitúa en 550 euros mensuales».

Como muestra, en Azabachería, una de las calles que sirve de paradigma, se presentan 28 censados. Hay casas con fachadas que amenazan con esborrigarse, los bares más típicos resisten con esfuerzo, pero las tiendas de toda la vida han cerrado; la última, Maci 3. Entre ellas, como un milagro, Cruz y Cirial, un negocio de objetos religiosos que se aprovecha de que «por aquí pasa mucha gente» y de que se han abierto un hueco «en un mercado que no había», como señalan Rosa María Díez y Manuel Jáñez.

Azabachería resiste a duras penas. RAMIRO

Al lado, en la plaza del Conde, dos de cada tres puestos está vacío. Afuera, hay otros ocho locales cerrados. En la pared de uno de ellos se apoya Carmina Valencia, quien vende plantas de tomate, pimientos, berzas, lechuga, coliflor... «Vengo en marzo y estoy hasta octubre, hace 40 años. Cada vez hay menos y todos mayores, no hay ni un niño», cuenta, a pesar de los miles que acuden a los colegios situados al norte de la Ancha, donde se da la mayor concentración de centros de la ciudad, pero sin que haya un solo parque al margen del Cid.

El modelo imperante se ve en plaza de San Martín, donde nació la denominación de Barrio Húmedo. En la que antes se conocía como Plaza de las Tiendas, ahora apenas queda una de productos selectos en la esquina con Plegarias, toda vez que cerró la Casa del Soldado. En cambio, se cuentan 18 bares, más otros dos cerrados, que llegan a la veintena si se sigue por Juan de Arfe, donde la puerta del Palacio de Jabalquinto luce cerrada como fracaso de un proyecto financiado con fondos públicos. Desde ahí se baja por la cuesta de Castañones, en la que apenas quedan ni bares, y se llega a la plaza de Riaño para ver uno de los pocos ejemplos de venta de alimentos: un local pintado de rosa, con lunares blancos, en el que hay máquinas que ofrecen durante las 24 horas hamburguesas, perritos y bebidas energéticas.

En la punta de flecha que dibujan las calles que van a la Plaza Mayor se observa el boceto de la transformación. En Santa Cruz ya sólo quedan algunos de los pubs que hicieron mucho dinero cuando cualquier garaje alumbraba un garito, pero apenas 8 de los 20 locales están abiertos, entre ellos la mítica Casa de los Labradores. Mientras, el lateral que se prolonga hacia la calleja de Tarifa luce dos edificios en ruinas, uno restaurado con el cartel de alquiler de uso turístico, otros dos en ruinas, y dos más arreglados para funcionar como hostel. Una búsqueda rápida por internet ofrece hasta medio centenar de pisos de este tipo en la zona a 130 euros el fin de semana y 40 euros el día, de media. Se alquilan para turistas o despedidas de soltero en portales de los que han emigrado los vecinos como Pilar Castañón, que dejó su vivienda en Ramiro III cansada de pelear con los ruidos y se fue a vivir extramuros.

Hay más pisos de este tipo por todo el barrio: por Matasiete, tomado por los bares; por La Paloma, donde ya no está ni la cestería Álvarez, ni Casa Jesús, aunque se ha abierto un moderno tallerín de bicis; por la plaza Mayor, donde se alquilan pisos con balcón para fiestas de una noche. «Entra gente con maletas y sale gente con maletas. A veces nos quedamos asustados cuando nos dicen que esa es una vivienda de uso turístico porque ni lo sabíamos. Ya no conozco ni a los vecinos», bromea Raquel Martínez, junto a su marido, Nazario Robles, quien aguanta 57 años después en la mueblería El Condado, la única tienda de la plaza Mayor junto con la de instrumentos musicales de la esquina que va a Caño Badillo. «A la gente mayor le subieron los precios y les echaron, pero luego no se encuentran pisos para alquilar», relatan. «El Ayuntamiento se equivocó. Han matado ellos mismos la plaza. Aquí sólo hay bares, pero ninguno para tomar un café a diario porque no abren por la mañana», argumentan, convencidos de que son necesarios «incentivos fiscales» porque, «a igualdad de condiciones, los comerciantes prefieren ponerse en Ordoño, que pasa más gente».

No se ve mucha. Repartidores y alguna señorina con el carro de ruedas. Una de ellas se para antes de subir por Matasiete y mira la hornacina del Cristo. Quizá piense en encender un vela por un barrio agonizante.

El desierto demográfico del Húmedo avanza con el empuje del uso turístico