jueves. 30.06.2022
El césped del jardín romántico

El Cid como Atila: por donde se pasa no crece la hierba

Los operarios de zonas verdes intentar resembrar otro año más el castigado césped del jardín romántico

Se alfombró en 1972 sobre un antiguo cuartel militar y antes convento

                      La frondosidad de las copas, a las que se suma la toxicidad de las agujas de los cedros, complica que prenda el césped. RAMIRO
La frondosidad de las copas, a las que se suma la toxicidad de las agujas de los cedros, complica que prenda el césped. RAMIRO

No queda apenas piedra de la antigua casa solariega que, tras la muerte sin linaje del matrimonio formado por Ramiro Díaz de Laciana y Quiñones y María Páez de Cepeda y Sotomayor, alumbró el convento en el que se instalaron en 1663 las Agustinas Recoletas. No se advierte, salvo que se busquen las huellas entre los muros, de la herencia que en edificio depositaron, tras la expulsión de la orden en 1868, el resto de sus moradores: los mendigos de la casa de Beneficencia, el cabildo isidoriano, la Diputación, Hacienda y el Regimiento de infantería 36 de Burgos. Hay que buscar en la hemeroteca para encontrar el rastro del acuartelamiento, en el que estuvo uno de los centros de prisioneros durante la Guerra Civil, y donde los más memoriosos recuerdan el olor del pan que salía por la puerta antes de que se mudaran en 1953 al acuartelamiento de Almansa. Apenas quedaba un reten para atender la intendencia y cuatro aulas y la biblioteca trasladadas del colegio Ponce, cuando en la madrugada del 4 de enero de 1968, un incendio acabó por entregar a la piqueta los restos. Sobre esos vestigio, en 1972, se sembró un jardín, en el que apenas entra el sol, ni crece la hierba bajos sus árboles.

El empeño por alfombrar el jardín del Cid se retoma otro año pese al fracaso de cada prólogo primaveral. Las brigadas de la empresa adjudicataria del mantenimiento de las zonas verdes se afanan en resembrar el césped frente a la incidencia de los elementos. La frondosidad de los árboles que copan los cerca de 4.000 metros cuadrados del ajardinamiento, con el agravante de la toxicidad de las agujas de los cedros, que impiden que prenda nada donde caen, extiende la umbría por un terreno al que no se da mucho descanso. No caen las semillas sobre tierra fértil, acotada con cintas para que no se pise, ni encuentran mucho tiempo en prender ante la voracidad de las bandadas de palomas que acaudillan el entorno.

A las condiciones adversas se suma el trasiego de personas que campan por el césped de la única zona verde que hay dentro del recinto del casco histórico leonés. Al rebufo de las buenas temperaturas, y aun cuando el desplome del termómetro se ceba con hacer del antiguo campamento romano de la Legio, el jardín del Cid se ofrece como alfombra para compartir en corro, extender los dominios de los juegos de los niños y recostarse sobre el tapiz.

La platea del Cid sirve para admirar la majestuosidad del haya más grande que ser levanta en León, el olivo al que le sirve de anfiteatro tres capiteles descabalados o el tejo monumental que se asoma hacia la fachada norte, frente a la puerta de las antiguas escuelas, ahora sede de la Cruz Roja, y a la Audiencia Provincial, donde cuenta la leyenda que nació Guzmán el Bueno. No hay otro parque, dentro de los cerca de dos millones de metros cuadrados de zonas verdes que oxigenan la ciudad, con más historia. Aunque a su sombra se complique que crezca la hierba.

El Cid como Atila: por donde se pasa no crece la hierba
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