martes. 16.08.2022
Tumba en la reserva india en Spokane.

Sólo vino una vez a España en 1963. El jesuita Segundo Llorente Villa, el padre Llorente, nació en Mansilla Mayor el 18 de noviembre de 1906 y murió en Spokane (estado de Washington) el 26 de enero de 1986. Pasó 40 años como misionero en Akulurak (Alaska), uno de los destinos más complicados de la época. Tenía talento como escritor y el relato de sus aventuras esquimales llegaban en forma de cartas y artículos a los seminarios y noviciados publicados en la revista El siglo de las Misiones y que después dieron forma a libros como En el país de los eternos hielos, Aventuras del Círculo Polar, En las costas del mar de Bering, En las lomas del Polo Norte, Crónicas Akulurakeñas o Trineos Eskimales. En total doce libros que se convirtieron en documentos de cabecera para toda una generación. El papa Francisco lo recordó recientemente: «Me vienen a la memoria las extraordinarias aventuras del jesuita español Segundo Llorente, tenaz y contemplativo misionero de Alaska que no solo aprendió el idioma sino que tomó el pensamiento concreto de su gente», dijo

El obispo de León, Julián López, celebrará el domingo una misa en la Basílica de San Isidoro a las 12.30 horas con motivo del veinticinco aniversario de su fallecimiento, aunque su cuerpo descansa en el cementerio en una reserva india dirigida por jesuitas, a unas setenta millas de Spokane, en una loma frente a las Montañas Rocosas. «Desde aquí al cielo. Allí nos veremos todos. Os quiero mucho», escribió en su testamento.

El padre Llorente entregó su vida para evangelizar a los esquimales, pero nunca olvidó a su familia. Poco antes de morir recibió la visita de uno de sus ocho hermanos, Amando, que se quedó maravillado cuando encontró entre sus papeles las fotografías de su familia. Todos, uno por uno, en cartulinas. «Todos los días antes de decir misa las veo, para pedir por todos».

Cuarenta años de vida en el Polo Norte que quedan para la historia en documentos con sus relatos y que resume así: «Por la mañana salgo de las mantas como oso de la madriguera. Enciendo una vela y me calzo las botas de piel de foca llenas de yerba seca para que los pies estén bien mullidos y no se enfríen más de los razonable. Enciendo la estufa y, si se heló el agua, derrito el hielo y me lavo. Abro la puerta, doy dos pasos y ya estoy delante del altar. Le digo al Señor lo que el padre del hijo pródigo le dijo al hijo menor: ‘Tú siempre estás conmigo y todo lo mío es tuyo’». Estas palabras las recuerda ahora su sobrino, Secundino Llorente, uno de los numerosos miembros de su familia —nueve hermanos, veintitrés sobrinos y más de un centenar de familiares que se reúnen frecuentemente— que conmemoran la fecha de su muerte con una misa en San Isidoro.

«Nada le impidió seguir su camino», asegura. De su carácter aventurero, solidario, «vigoroso y recio» da fe su familia. Secundino Llorente recuerda que, a los veintitrés años, sin saber una palabra de inglés, se fue a Estados Unidos a estudiar Teología y, «apenas fue ordenado sacerdote buscó en el mapa el lugar más recóndito y difícil en todo el mundo y obtuvo permiso para ir a Alaska, su ilusión más grande».

Se identificó tanto con los esquimales que cuando se celebraron las primeras elecciones libres en Alaska salió elegido como representante ante el congreso en Washington, convirtiéndose así en el primer en el primer sacerdote diputado de la historia.

Pero el objetivo del Padre Llorente no era éste, ni el de ser elegido, como lo fue por unanimidad, presidente del Club de los Fundadores de Alaska. «Estuve cuarenta años enseñando a los esquimales a hacer la señal de la cruz. Con eso me doy por contento», escribió.

El jesuita leonés que conquistó a los esquimales