viernes 18.10.2019

La senda fúnebre del Grano

Las aceras de la plaza, que se levantarán y cambiarán ahora, están formadas por lápidas del antiguo cementerio de la ciudad de León cerrado en el año 1932.
La senda fúnebre del Grano

Hay muchas historias enterradas bajo los guijarros de la plaza del Grano. Historias de su pasado romano, cuando sirvió como lugar extramuros para el culto pagano a Júpiter y sus canalizaciones, de las cuales queda sepultada una cisterna de piedra de sillería que apareció en una excavación en los años 50, como rememora el historiador leonés Alejandro Valderas. Leyendas medievales como las que contiene la iglesia del siglo XI, con su barco de reproducción de la batalla de Lepanto colgado del techo en la entrada, como ofrenda de un vecino que participó en el combate, sus sarcófagos enterrados bajo la calle Capilla y sus «más de lápidas romanas machacadas y empotradas en la pared del templo», cita el experto. Curiosidades como las que se desvelan al bajar la vista sobre las aceras y descubrir que parte de las piedras que la conforman son lápidas: material reciclado del antiguo cementerio de la carretera de Asturias, que se cerró en 1932, y que ahora desaparecerán con la reforma planteada por el Ayuntamiento.

La obra, que todavía debe esperar al dictamen de la Comisión Territorial de Patrimonio para comenzar como muy pronto en marzo, levantará las lápidas que conforman el anillo de la plaza del Grano. Grandes planchas de la conocida como piedra de Lois: mármol rosáceo característico de la montaña leonesa en el que incluso se pueden ver todavía inscripciones labradas como la que hay a la puerta del restaurante La Piconera. Una rareza puesto que, como ya hacían los romanos, para su reutilización se colocaban del revés o se picaban para que no quedara rastro identificativo. Pero ahí están, de momento.

La presencia de las lápidas en el acerado de la ciudad se empezó a utilizar después de que, a partir de 1940, se hicieran los primeros traslados de panteones a Puente Castro desde el camposanto de la carretera de Asturias, donde ahora está la residencia de la tercera edad San Luisa, antes maternidad. El cementerio que se había inaugurado en 1809, durante la ocupación francesa, con el entierro de un personaje local apodado Barrabás. Una necrópolis que el Ayuntamiento, a partir de 1941, empezó a vaciar con la invitación a los deudos para que trasladaran los restos de sus familiares. La tarea que dejó olvidadas, sin reclamar, las lápidas que luego se trasladaron a dependencias municipales para reutilizarlas en obras que se sucedieran por la ciudad. El reciclaje que hizo que, durante más de medio siglo, los ciudadanos caminaran sobre ellas por la Plaza Mayor.

Las lápidas, según el proyecto aprobado por el Ayuntamiento de acuerdo a los planos de Ramón Cañas del Río, serán sustituidas por «piedra caliza griotte apiconada asentada con mortero bastardo sobre la base general del resto del pavimento», sin bordillos, a la misma altura que están los cantos rodados de la zona central, con una anchura máxima de 1,5 metros. Piedras con «piezas de largo libre y con cuatro anchos variables de 30, 35, 40 y 45 centímetros para un mayor aprovechamiento del material y disposición de un ritmo variable en el despiece, evitando la monotonía y artificiosidad de un pavimento de piezas separadas de idéntico tamaño», de acuerdo al plan de obras, que serán por el momento lo único que se hará en todo el ágora más allá de cubrir calvas.

Pero desaparecerá la senda fúnebre de la plaza del Grano.

La senda fúnebre del Grano