sábado. 02.07.2022
Antonio Vázquez Cardeñosa en su despacho del Diario de León en 1999.

Nunca creyó en la suerte y sí en el trabajo. En el tesón. Lo demostró hasta el último momento. Antonio Vázquez Cardeñosa (León, 1952-2011), empresario, presidente del Diario de León desde 1997 hasta el 2003 y motor de Piva, falleció ayer en el Hospital de León. Tenía 58 años y desde hace cinco padecía cáncer.

Luchó contra un diagnóstico desfavorable y se enfrentó con vigor a la enfermedad. Un proceso vital que le permitió redescubrir, como a él le gustaba decir, lo más importante de su vida: su familia. Se volcó en sus hijos como antes había hecho con su padre. De él, de Antonio Vázquez Fernández, aprendió el valor del trabajo y el esfuerzo. Y, como él, asumió con total naturalidad que su apellido y el de su familia pasara a ser el nombre de la empresa de motores Piva, la mítica sociedad creada en 1945, recién finalizada la II Guerra Mundial, por su padre y su tío, Enrique Pitschel, un mecánico alemán que había llegado a León con la Legión Cóndor.

Antonio Piva hijo fue un empresario dinámico y vigoroso que heredó de su padre un factor clave en el progreso de las empresas: la anticipación. Emprendedor y visionario, diversificó el imperio Piva, hasta entonces centrado casi exclusivamente en la fabricación de motores, y ramificó la actividad empresarial familiar hacia los medios de comunicación, la promoción urbanística, la restauración y hostelería, la viticultura y el mundo de la automoción. Participó además en diversas sociedades. Lo hizo con discreción. Durante años, fue un gran desconocido. Tal vez por su carácter, fuerte pero tímido. Tal vez por la imponente figura que proyectaba su padre. Y, sin embargo, a él y al equipo que él formó se debe, en buena parte, la supervivencia del clan empresarial de la familia. Su habilidad como empresario y su olfato para los negocios no pasaba desapercibido para ningún miembro de su círculo familiar y para sus amigos y colaboradores más próximos.

«Es falso que todo esté descubierto», le gustaba decir. Y más aún: «Las soluciones a los problemas están ahí. La cuestión es que unos tienen capacidad para encontrarlas y otros no». Un credo en el que él creció y que practicó.

Riguroso y metódico, no faltó jamás a su cita con el despacho. Con puntualidad británica, a menudo era el primero en llegar al trabajo. Minucioso y detallista, le gustaba rozar la perfección. Y en ese empeño era incansable. Analítico y ágil, acostumbraba a tomar decisiones asesorado por un reducido equipo de colaboradores que mantuvo prácticamente inamovible a lo largo de su vida. Entre ellos, el abogado leonés Sergio Cancelo, clave en la expansión del negocio familiar y hombre de confianza de tres generaciones de Pivas. Pero se fiaba, sobre todo, de su intuición como empresario. Detrás había largas horas de meditación y observación. Y eso lo aprendió en el despacho acristalado que su padre tenía en el viejo Piva de la Carretera de Madrid, desde donde controlaba la fábrica entera.

Poco acomodaticio, apreciaba en la gente la sinceridad y la valentía. Se creció en las crisis. Le gustaban los retos. Y vio siempre en las recesiones económicas una oportunidad en lugar de un revés. La ocasión de redefinir el negocio, abandonar proyectos y volcarse en otros con futuro. Fue así como afianzó e hizo crecer su grupo empresarial. Compró el Hotel Conde Luna, abocado casi al cierre, y lo colocó de nuevo como referencia de la ciudad. Adquirió un establecimiento hotelero histórico, el viejo Hotel Oliden, cuya cafetería era cita obligada de sobremesa, café y tertulia de tarde desde hacía décadas en León, y lo transformó en el moderno hotel Alfonso V, cuya cocina es referente a nivel internacional. Y hace una década, remodeló un palacete abandonado del barrio de Salamanca en Madrid y creó el lujoso hotel Adler. Su pasión por el arte queda plasmada en las paredes de sus hoteles, decorados con gusto exquisito y trufado de obras de gran valor, fundamentalmente pinturas.

Mecenas y protector. Su pasión por el arte le llevó al mecenazgo. Con su apoyo se restauraron varias tallas de la Catedral de León. Apoyó e impulsó a artistas hasta entonces desconocidos y, sobre todo, mantuvo, al margen de ideologías, la protección de su familia a grandes artistas, científicos e intelectuales perseguidos durante la Guerra Civil y la dictadura. Tuvo una relación casi filial con Vela Zanetti y Victoriano Crémer, cuya amistad con su padre sobrevivió a todos los avatares de la historia. Y con el premio Nobel Severo Ochoa.

Tal vez esa relación de la familia con intelectuales llevó a Piva a interesarse por los medios de comunicación. Así, la familia, de mano de Vázquez Cardeñosa, compró en 1990 la mayoría de las acciones del Diario de León, donde fue consejero delegado primero y presidente después hasta el 2003, tras vender la mayoría del capital social a Santiago Rey, propietario de La Voz de Galicia. Aquellos años en el Diario de León fueron, según confesó siempre, su gran aventura vital y empresarial.

Hombre amante de la familia, admiraba a su padre y adoraba a su madre, Mari Cardeñosa, en quien siempre encontró protección. En estos últimos años se dedicó a sus cuatro hijos y su esposa Mamen Muñoz-Calero, un pilar fundamental en su vida.

No le importó su deterioro físico y, apoyado en su hijo Antonio, siguió participando en todas las actividades sociales y culturales de la ciudad. No se ocultó. Su actitud casi heroica frente a la enfermedad, su entereza, su capacidad de superación y su nobleza le granjearon en el tramo final de su vida la admiración incluso de quienes le habían denostado. El cáncer socavó su plenitud pero dejó al descubierto una especie de majestad ante la adversidad.

Nunca abandonó su estilo inglés, en su forma de vestir y en sus ademanes, que sin embargo no le impidió nunca mostrarse como un hombre de carácter. Amaba navegar, los toros y los coches. Sobre todo, la velocidad. Vivió intensamente. Y ha muerto joven.

León pierde un emblema empresarial