jueves. 02.02.2023
LA ÚLTIMA VEZ que saludé a Benigno Castro fue durante la presentación en Madrid de la primera biografía de José Luis Rodríguez Zapatero. Creo que estaba a punto de comenzar el otoño de 2001, pero los focos de las cámaras de televisión que perseguían al líder del PSOE convertían el hall del hotel Palace en un verano tórrido. Al ver las fotos de aquel acto, además de sudoroso, me veo canoso, gordo y chaparro, pero a Benigno lo encuentro como siempre, igual que el día que le conocí, hace ahora unos 25 años, en un maratón de cine que él organizaba en el Teatro Trianón. Con americana y corbata -»el modo más cómodo y barato de vestir», decía-, gafas y el pelo ya amenazado por la calvicie, aquel estudiante de Derecho sólido y sensato era ya a los veintitantos un intelectual maduro, apasionado por el cine, la política y el periodismo. Dirigía el cineclub universitario junto a Joaquín y Juan y se había especializado en José Luis López Vázquez, al que consiguió traer hasta León. No sé cómo ocurrió ni con quién tuvimos que hablar, pero logramos que Benigno entrara en Diario de León como crítico de cine en la antigua redacción de la calle Pablo Flórez. Al caer la tarde, tras cerrar la edición, corríamos hasta el Azul, el Mary, el Pasaje, el Abella, el Emperador¿ Bebíamos Drambuie en El Abeto Rojo, poníamos de vuelta y media a la mitad de la guía Telefónica de la provincia, colocábamos motes a diestro y siniestro y, cuando comenzó a emitir Antena 3, nos inventamos un programa de humor, «Cumbres de pasión», donde, entre otras noticias en cadena -sonaba de sintonía la cisterna de un water vaciándose- informamos del nombramiento de la Mula Francis como doctora honoris causa por la Universidad de León. Benigno nunca tenía miedo a nadie ni a nada. Si había que hacer radio, se hacía, y así se convirtió en periodista radiofónico al frente del programa matutino de Antena 3 León. Y funcionó, porque él ponía en las cosas tanta seguridad que le funcionaban. Luego se ocupó de la sección de Internacional del Diario de León y después llegó a dirigir La Crónica . Creo que lo elegimos director porque, de tan jóvenes que éramos, sólo él, con su porte de intelectual maduro, era capaz de que aquello pareciera serio. La prensa nos fue separando. Él se subió al tren de Renfe, yo me vine a Madrid¿ Hace poco un buen amigo suyo y mío me contó que Benigno andaba delicado de salud. Hasta ayer no supe nada más de él y, sinceramente, vistos los resultados, hubiera preferido seguir sin noticias suyas. Si hace veinte años Benigno y yo nos hubiéramos planteado este final, habríamos logrado encontrar el punto de fuga para forzar una sonrisa. Lo siento por los dos, sobre todo por mí que soy el que se queda, pero ahora, por muchos esfuerzos que hago, no le encuentro la maldita gracia.

Nunca tuvo miedo a nadie ni de nada