domingo 22/5/22

El electrotren recibió el apodo del Obispo, en esa querencia del sector ferroviario y de los maquinistas de bautizar el aparato que manejan. Todo rojo, y el cartel de tren de lujo, la última aportación que puso en vía la administración del franquismo, y que mejoró las prestaciones del servicio de viajeros por las vías españolas. En los trayectos de larga distancia, que fue la primera asignación de estos modelos, vanguardistas a punto del ecuador de la década de los setenta del pasado siglo. Lujo, con tres elementos en el tren; un vehículo motor, autopropulsado, y dos remolques; con cafetería y azafatas de viaje, distinguido como en los vuelos comerciales.

El Obispo que se jubiló en León se dejó ver en días pasados sin aquel brillo rutilante que le concedía el tono encarnado en medio de otros tonos más recatados que definieron el movimiento ferroviario español en aquel tránsito a la democracia. La cuestión está en las entrañas. Adaptar una unidad a un servicio turístico implica una inversión nada modesta. El tren tendrá que dotarse de tecnología actual para circular, el Asfa digital, como sistema de referencia, además de otras mejoras estructurales, coberturas y seguros, y asegurar un operador ferroviario que asuma la responsabilidad de la puesta en marcha; además de habilitar maquinistas. La acometida no tiene presupuesto consignado ni fuente de financiación, un detalle vital para los trenes turísticos que le prometieron a León.

El «obispo», con coche motor, dos remolcados, cafetería y azafatas