domingo 25.08.2019
TRIBUNA

El alcance del lógos griego en la Unión Europea

El alcance del lógos  griego en la Unión Europea

No me refiero al sentido que tiene el término del epígrafe en aquellos sistemas educativos, donde se insiste en que la Filosofía nace cuando el lógos sucede o sustituye al mito, sino todo lo contrario, pretendo evocar ese aspecto significativo que los une, en consonancia con Martín Heidegger (Was heisst Denken?, ¿Qué es pensar?), para quien esos dos vocablos dicen lo mismo. Tanto el uno como el otro indican: razón, discurso, palabra. Si el mito era la palabra distante, susceptible de inalcanzables recursos creativos e imaginarios, el lógos sería la palaba cercana y objetiva, cuyo abrazo inseparable le lleva al estagirita a afirmar en su Metafísica que el filósofo, el que ama a la sabiduría, es filómito, ama también al mito, pero, no al falso mito.

De la misma manera que el pensador heleno, portavoz intelectual del primer pueblo culto del Occidente, tras haber aprendido esta forma de pensar en el Egipto de la negritud, lo transportó a su patria, el nuevo poder ejecutivo griego se esfuerza por trasmitir el discurso, la palabra de sus ciudadanos a la Comunidad Económica Europea. Al término del escrutinio de las elecciones generales que tuvieron lugar en Grecia el 25 de enero del año en curso, la opción izquierdista Syriza, dirigida por Alexis Tsipras, se alzó con la victoria, quedando a sólo dos escaños de la mayoría absoluta. Al día siguiente, formó gobierno con los Griegos Independientes, de Panos Kammenos. Su firmeza en afrontar los problemas anticipando la corrección de los desequilibrios que afectan a su nación, se enfrentó desde el principio a la ortodoxia impuesta por la Troika. En este enfrentamiento, hemos asistido a una escena de interminables negociaciones, en las que cada uno de los interlocutores considera «inaceptable» la posición del otro.

En dicho contexto, el 16 de febrero de 2015, mientras que Wolfgang Schäuble, acusaba, con cierta autoridad, a la sociedad griega de haber dado confianza «a un gobierno irresponsable», Yanis Verufakis, abandonaba la sala de reuniones al rechazar la propuesta inicial de la Unión Europea. Poco después, declaró públicamente que, para hacer frente a la bancarrota, la institución en cuestión ha tomado la decisión de cargar «el mayor préstamo de la historia sobre los hombros más frágiles», causándoles un ahogamiento fiscal que convierte a sus naciones en colonias. Estamos ante un planteamiento que remite necesariamente a otro nivel de reflexión. El Neocolonialismo, última etapa del imperialismo, de Kwame Nkrumah, uno los reconocidos representantes de la Filosofía política del siglo XX, define al omnipresente fenómeno como la herencia inquebrantable del viejo colonialismo que, desde las antiguas metrópolis, ejerce un riguroso control sobre los países que acceden nuevamente a la independencia. De este modo, los Estados que caen bajo su área de influencia son, en teoría, independientes y tienen «todas las galas externas de la soberanía internacional», pero, en realidad, sus sistemas económicos y sus políticas «son dirigidos desde fuera». Los métodos de esa dirección revisten características diferentes, por ejemplo, en el caso extremo, las tropas del poder imperialista pueden ocupar el territorio del Estado neocolonial y controlar su gobierno, pero lo más frecuente es que dicho control «sea ejercido mediante medidas económicas o monetarias».

Aunque este dominio afecte más al mal llamado Tercer Mundo, es cierto que el neocolonialismo está presente en todos los continentes. Si Jacques Chirac denunció, en la década de los noventa, el trato neocolonial del imperialismo americano a la mayoría de sus aliados europeos, las palabras de Verufakis denuncian enfáticamente un colonialismo, digamos, un neocolonialismo europeo en el seno de la misma Unión europea. En efecto, una mirada crítica a la zona nos indica hacia qué lado se inclina el peso de esa balanza que regula las relaciones existentes entre el Norte y el Sur. Los que exaltan la Transición española, deberían reconocer el papel determinante que en ella jugó la ayuda de la Fundación Friedrich Ebert y del SPD al PSOE interior, y no al exterior de Rodolfo Llopis, y la influencia que las autoridades de Bonn ejercieron sobre el Gobierno de Madrid… Espero que esto sea objeto de otros artículos que, en el tiempo oportuno, podría presentar a este medio. En otro orden de consideraciones, no es preciso ser economista para comprobar que el efecto arrollador de la irrupción de las multinacionales extranjeras en España, Portugal, Grecia e Italia, es el mismo que paraliza el proceso de desarrollo en el continente africano o en otras partes del mundo. La única diferencia consiste en el grado de empobrecimiento que esa explotación causa a las masas que la sufren.

El discurso del ministro de Finanzas griego ha alcanzado su objetivo y puede provocar una seria inestabilidad a la Unión Europea. Es curioso que el primer signo de apoyo al país helénico haya sido emitido por el presidente Barack Obama, un buen representante del totalitarismo capitalista o capitalismo totalitario, quien ha asegurado categóricamente que no es lógico «presionar a los países en depresión». De esa guisa, cabe contemplar dos hipótesis: o Grecia sale de la zona euro, lo que traería consecuencias incalculables, primero, a las potencias que esperaban obtener altos beneficios de sus inversiones y, segundo, a los demás países que se sitúan en la cola de Europa, o logra conseguir una extensión de su deuda hasta los límites que la permitan resolver su difícil situación, una situación provocada por una especulación inherente al neoliberalismo que tiende a convertir los Estados en entidades fáciles de manipular.

La solución positiva implicaría la aplicación de las medidas que, empleando una terminología maxweberiana, exigirían la práctica de una ética de la distribución de riquezas o de las plusvalías del capital.

Si eso fuera factible, es probable que el resultado previsto extienda sus ventajas a otros países, pero intuimos que es un extremo que no vislumbran ni los actores, ni los defensores del «statu quo». La evolución de los acontecimientos marcará las líneas del camino a seguir.

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