lunes 26.08.2019

Algunos recuerdos del viejo Juan del Enzina

Me llega la noticia de la muerte de don Leoncio, nuestro profesor de latín, en la distancia de la ciudad en que vivo, distancia también temporal de aquellos años en que este profesor llegó al viejo Instituto Femenino de la plaza de Santo Martino.

Lejanos quizás aquel tiempo y aquella ciudad y, sin embargo, cercanos al recordarlos. Don Leoncio trajo a nuestras aulas un aire nuevo; su manera, amable y festiva, y a la vez exigente, nos hizo amar, ya desde el principio, la lengua y la cultura latinas; sus formas y maneras de hacer: una fina ironia y un sabio distanciamiento que lo alejaba de la gravedad de aquel tiempo y de aquel país, irrumpieron como una brisa fresca y reconfortante en nuestras vidas.

Tal vez fue el 66 el año de su llegada al instituto, era más joven que la mayoría de los miembros del claustro, aunque nosotras sus alumnas, como suele ocurrir en los jóvenes, no sabíamos calcular su edad; sí que sabíamos que pese a su juventud era ya catedrático y enseguida pasó a ocupar cargos de responsabilidad en el instituto, y también en ellos, sin apenas ruido, con elegancia y buen tino, Don Leoncio fue abriendo puertas y ventanas que anunciaban nuevos horizontes: nuestro instituto y quizás también el país comenzaban a cambiar.

Él fue el primero de una generación de profesores, M.ª José Manoja, de Latín, Mario, de Matemáticas, Sagrario, de Filosofía, que se estrenó con nosotras el año en que murió Bertrand Russell (con nosotras compartió su homenaje al filósofo), que trajeron con ellos otras libertades y maneras de hacer que nos hacían pensar en otras ciudades muy diferentes a la nuestra.

Quisiera rescatar algunos recuerdos de aquellos años en que la presencia de don Leoncio en el instituto hizo cambiar también algunas cosas en nosotras. De repente, las alumnas podíamos acceder a su despacho de Jefe de Estudios sin necesidad de ser llamadas, él era un interlocutor dialogante y a la vez sabía hacernos ver los diversos ángulos del asunto que nos había llevado allí.

Don Leoncio tal vez sin saberlo, insufló en nosotras una levedad, una ligereza de espíritu que desconocíamos. Levedad, joie de vivre, en el ‘Gaudeamus igitur’ que nos hizo cantar al inicio de nuestro viaje de final de Bachillerarto, al acabar la canción, insistió en el significado del «iuvenes dum sumus» y un breve aleteo melancólico sobrevoló aquel instante: juventud pasajera. Ya en Mallorca, don Leoncio solía despertarnos por las mañanas cantando Ob la di, Ob la da life goes on bra…. de los Beatles mientras con los nudos de la mano llamaba a nuestras puertas.

La vida es muchas cosas, también tejer recuerdos. Quizás por ello quisiera traer de nuevo al corazón, al hilo del recuerdo, a los viejos profesores del Instituto Femenino, de todos ellos, como dice Canetti, aprendimos la rica diversidad de lo humano; a veces pudo ser un pequeño atisbo, un leve gesto que no supimos interpretar y que sólo después adquiere sentido; profesores de la generación anterior a la de don Leoncio que habían sabido preservar algunos códigos y maneras del viejo mundo académico: una cierta libertad de cátedra, una autoridad que se sostenía en una formas de cortesía hacia el alumno que suponían en él un grado de autonomía propio del adulto; ciertamente, el mundo era gris y podía haber individuos de talante autoritario o personas de carácter desabrido, pero en nuestro Instituto, el «ustedes, señoritas» acababa imponiendo un territorio neutral donde la cortesía, la urbanidad se decía entonces, atemperaba posibles conflictos.

Entre aquellos profesores unos más que otros nos acompañan en el recuerdo. Don Jaime Rojas, el catedrático de Ciencias Naturales, entrañable también en sus enfados, era un hombre de genio, y sin embargo, aunque callábamos cuando estaba enfadado, las alumnas lo apreciábamos de veras. Quería que fuésemos protagonistas del proceso de creación de nuestro propio conocimiento.

Una profesora que nunca tuve y que en cambio llamaba mi atención: Doña Emilia Guillaume, era una mujer mayor, de expresión algo hosca, llevaba gafas oscuras y nos extrañaba que, siendo ya mayor, no fuera catedrática; años más tarde encontré su nombre en las listas de los profesores represaliados en la provincia.

Don José Pérez Gómez, paciente y delicado, nos hacía comentar textos, poemas de Machado, Las Coplas de Jorge Manrique, sus palabras nos introducían en el texto, desvelaban el significado de las palabras, desbrozaba el camino con detalladas explicaciones de las figuras retóricas, nos hacía ver la intención y la sensibilidad de cada autor; la suya era otra manera de acercarnos a la Literatura, de acercanos a la memoria misteriosa, por irreductible, que hay en las palabras.

Doña Romanita, una mujer de carácter, en absoluto convencional, comenzando por su manera de sentarse… huía de la mojigatería, exigente, nos habló en francés desde el primer minuto, no admitía excusas, éramos niñas pero aquellos profesores nos trataban ya como adultos ( lo agradezco).

Don Joaquín Echegaray, el catedrático de Historia, solía llegar apresurado con una elegancia que no se limitaba a su indumentaria. Había en él una libertad, una cierta irreverencia que muchas de nosotras desconocíamos en nuestras casas.

Don Eladio, nuestro profesor de griego era una persona singular, un sabio que vivía sobre todo en su mundo de erudición.

Quizás nuestros viejos profesores del Instituto Juan del Enzina habían sido jóvenes universitarios en los años de la República, tal vez habían votado alguna vez, habían conocido las libertades. Fuimos alumnas en un Instituto femenino de una pequeña ciudad, en los últimos años de una larga dictadura y pese a ello, allí pudimos otear otros horizontes, no sólo fue la emoción por el saber y el conocimiento sino también el leve reflejo de un país que había intentado una libertad que nos era desconocida. Así crecimos, así nos acercamos a la edad adulta. Gracias a esos hombres y mujeres que nos acompañaron en aquellos años.

Algunos recuerdos del viejo Juan del Enzina
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