viernes 18.10.2019
TRIBUNA

¡Arremangarse!

«Ignoramus, in hoc signo laboremus»( ignoramos, así que vamos a trabajar) eran las palabras, a pie de foto bajo la estatua de Charles Darwin, con la que se inauguró en 1901 el primer número de la revista Biometrika (con «k», del griego antiguo), que a modo de epítome de la filosofía de la misma, la incesante búsqueda de la verdad, todavía hoy sirven para entender como el método científico y el avance que se deriva de su uso, reposan sobre la capacidad de leer correctamente la evidencia empírica en relación con los fenómenos, ya sean del mundo natural o del mundo social, que nos rodean. La ciencia, pues, está reñida con la ideología en la medida en la que esta no persigue averiguar la realidad. La realidad es refractaria a las monsergas.

Precisamente, la liturgia de las elecciones a Rector nos invita ineludiblemente a interrogarse no sólo sobre qué le pasa y no le pasa a nuestra Universidad, también a reflexionar sobre aspectos fundamentales de nuestro presente y de nuestro futuro, como lo es el papel exigido a la Universidad. Debate que acontece en tiempos de crisis y de renovación en los esquemas sociales, políticos, económicos y culturales que marcaron la segunda mitad del siglo XX. Los alumnos se han transformado también; son nativos digitales de un tiempo nuevo de incertidumbre y precariedad. Las problemáticas actuales, cada vez más complejas, descubren un panorama sembrado de nuevos retos y nuevas necesidades. Una crisis, cuya contumacia es un síntoma del abanto y la incapacidad presente, que acaso podría resolverse de mediar la lucidez y decisiones apropiadas, pero que sin éstas caerá en amenazante degeneración y en penosas consecuencias para las futuras generaciones.

La importancia estratégica del debate parece clara: la Universidad, la infraestructura de las infraestructuras, es o debería ser el más eficiente y equitativo ascensor para impulsar la movilidad, la cohesión social y el crecimiento económico. De ninguna otra institución se anhelan tantas esperanzas. Y de hecho es una de las instituciones públicas (sector presupuestario prioritario) que directamente aporta a la sociedad mucho más de lo que recibe de los presupuestos —1,88 euros por cada euro invertido, Dídac Ramírez dixit—. La universidad es un espacio de conocimiento muy complejo. No funciona a cuerda. En ella interaccionan muchos de los vectores que configuran el bienestar de nuestra sociedad, en especial la libertad para la formación de futuros ciudadanos con cualidades sobresalientes. Es evidente que una universidad bien dotada financieramente y con un alto grado de articulación con el entorno socioeconómico local, regional y global es sinónimo de innovación y progreso, pues, sólo con investigación es posible desplazar la frontera del conocimiento, propiciando la asimilación de saberes y tecnologías y el aprovechamiento del capital humano. Difícilmente puede haber un cambio en el entorno si no lo hacen los universitarios incorporados al sistema productivo. Los pueblos que no forman a sus gentes para comprender el mundo y entenderse y gobernarse a sí mismos, terminan siendo pueblos que no avanzan.

Para más inri, en esta era de cambio acelerado hay otro reto importante: anticiparse a las demandas de la sociedad, lo cual supone haber identificado dónde hay que reconducir problemáticas y cómo puede hacerse, dónde se necesita nuevo conocimiento y cómo hay que difundirlo. Así, en el 2010, Ben Wildavsky alertó de la amenaza que representa para la economía norteamericana que las grandes universidades del mundo estuvieran ganando terreno a las de Estados Unidos, pues, igual que el libre comercio abarata los bienes y servicios, favoreciendo a los consumidores y a los productores más eficientes, la competencia académica mundial está convirtiendo en norma la libre circulación de personas e ideas, irrumpiendo un nuevo tipo de libre comercio: el de las inteligencias.

Esto es lo que se avizora en Europa, como se puede comprobar en el reciente informe de Universities UK Futures for Higher Education: Analysing Trends o en la concentración en sólo 8 grupos estratégicos universitarios, las Initiatives d’excellence (Idex), de las principales universidades francesas con cierta proyección internacional. Al otro lado del atlántico, un grupo de profesores de Stanford acaban de crear Udacity, con ayuda de capital riesgo de Silicon Valley, para comercializar a sus cursos de inteligencia artificial (de élite) a través de internet. El MIT, por su parte, moviendo ficha, creo la MITX con idéntico propósito. Otro ejemplo, «made internet», es el fenómeno de la Khan academy. ¿Estamos ante negocios marginales que no inquietan a las grandes instituciones universitarias, financieramente muy sólidas? Las tendencias empiezan siendo marginales, después emergentes y más tarde dominantes.

El dilema no es entre clases presenciales y en línea. Lo que se dirime es otra cosa: empaquetamiento o ubicuidad. El conocimiento o se empaqueta o se expande (en tiempo real) sin barreras geográficas. Es el mismo debate que se libró a principios de siglo entre los partidarios de seguir fabricando hielo o empezar a fabricar frío. Ganaron los segundos. Y el debate, a su vez, plantea otro interrogante que no es de menor cuantía: ¿cómo se compite contra los mejores, no importa dónde estén? ¿Qué ocurrirá cuando dicha oferta educativa se brinde en lengua española, aspecto sobre el que se trabaja con gran brío? Las decisiones erróneas de hoy son los fracasos colosales de dentro de diez años y viceversa.

Hasta hace poco la Universidad respondía al paradigma de «institución que trabaja con conocimiento». El paradigma ha sido sustituido. Era demasiado abstracto. El paradigma de hoy no es trabajar sino transformar. Transformar el conocimiento en acciones. Producir conocimiento y transformarlo en acciones es el reto. Asegurarse de que sea ubicuo es una garantía para acortar el periodo que siempre se consume hasta que se transforma en hechos.

Añádase a lo anterior que España está en una fase de restricciones financieras agudas, yo diría que extremas, por graves errores cometidos, de los que hoy no toca hablar, y que afectarán a todo el tejido institucional, a las universidades también. Únase la desestructuración de la oferta educativa superior con el específico y muy agudo problema que tiene la universidad española y el resultado encoge el alma. La conclusión es sencilla: salvar la universidad, y la de León en particular, requerirá de todos nosotros esfuerzos proporcionales. Las restricciones financieras agudas afectarán a los precios públicos de la Universidad, estrechando su capacidad de competir contra otro tipo de ofertas. La depresión demográfica, por su parte, es otro enemigo temible. La enseñanza reglada será atacada a nivel nacional e internacional por la enseñanza específica, con títulos propios, de muy alta cualificación. La taxonomía de saberes deudora del siglo XIX ha colapsado. La ubicuidad generará una oferta educativa muy vigorosa a escala global. ¿Estamos preparados para tan descomunal desafío? Pocos advierten que para dicho reto estamos solos. Nadie vendrá en nuestro auxilio. No esperen en vano. El Estado restaura objetos, patrimonio, no tiene atributos, poder, para restaurar intelectos o crear talento. Este es un lance para nosotros como universitarios ante el que no podemos lavarnos las manos, excusándonos en que «no se creo la universidad para competir». No es de recibo permitir que el barco se hunda porque no nos contrataron para achicar agua.

En este contexto, en que las universidades han de competir y cooperar en un entorno mundial de alta flexibilidad y adaptabilidad, organizado en redes, lejos de proteccionismos centralistas de corte medieval, se producirán las elecciones a Rector en nuestra Universidad de León. Tengo para mí que el mayor acierto de Ángel Hermida ha sido el adrizamiento del presupuesto universitario, muy dañado por gestiones anteriores impropias. Lo que allega será aún más espantoso, (financieramente hablando, especialmente si el gobierno de Rajoy busca la inspiración en el Browne Report británico) y no existe margen para la improvisación. Somos legión los que opinamos que, considerando una y otra cosa, bueno sería que en este nuevo mandato el rector gozara de un amplio respaldo. Un respaldo que pudiera garantizar la estructura física y humana y con autoridad suficiente para encarar las transformaciones de las que depende nuestra supervivencia como institución. Cuando el viaje es peliagudo y las peripecias de la aventura pueden ser complicadas, más vale pertrecharse adecuadamente.

Se termina, pues, esta campaña electoral en la que, junto a comportamientos y gestos altruistas, lamentablemente, también han hecho acto de presencia clichés y arquetipos del pasado, desvencijados, que me traen a la memoria el discurso que Franklin Delano Roosevelt ofreció en el viejo Madison Square Garden, cuando se presentó a la reelección de la presidencia de los Estados Unidos en 1936, donde afloró su incomoda relación con lo que el denominaba gobierno del dinero organizado: «Durante casi cuatro años ustedes han tenido un gobierno que en lugar de entretenerse con tonterías, se arremangó. Vamos a seguir con las mangas levantadas. Tuvimos que luchar contra los viejos enemigos de la paz... Y me gustaría que se dijera que durante mi segunda presidencia esas fuerzas se encontraron con la horma de su zapato».

Aquí y ahora ya no sirve el «no me llames Dolores, llámame Lola» ni cacarear y no poner un huevo. Hay que arremangarse. Se precisan lucidez, creatividad y esfuerzo para optar por el camino más exigente, aquel en el que la Universidad y la sociedad que la sostiene se fertilizan mutuamente con ideas y exigencias a la altura de lo que exigen los nuevos retos. La austeridad y el rigor en el gasto representan la oportunidad para invertir en futuro, en el futuro. Nos jugamos mucho.

¡Arremangarse!
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