lunes 23.09.2019

Barcelona merece algo mejor

iene siendo noticia Barcelona por la inseguridad que se ha apoderado de sus calles, con cifra de homicidios récord en lo que va de 2019 —una docena, baja si se compara con otras ciudades del mundo, pero preocupante por estas latitudes— y una oleada de robos y hurtos, algunos de ellos saldados con lesiones más o menos graves para la víctima o incluso la muerte, en el caso de una alta funcionaria coreana el pasado mes de junio. La última víctima señalada de las bandas que se han adueñado del centro de la ciudad ha sido el embajador de Afganistán, desvalijado y agredido en plena Vía Layetana.


Si preocupa el efecto que los robos a personas de tal relieve pueda causar en la percepción en el exterior de la peligrosidad de la ciudad, añádasele lo que transmitan los muchos visitantes anónimos que son a diario víctima de estas bandas sin control. También ellos pueden dar —y seguro darán— la alarma a través de sus redes sociales, comentarios en esas páginas web que todo el mundo mira antes de viajar o su testimonio disuasorio a sus amistades y allegados. Todo un logro, para una ciudad que cifra en el turismo buena parte de su empleo y sus ingresos.


La degradación, el desgobierno y el deterioro son el efecto previsible de una gestión deplorable, la de unos responsables públicos, locales y autonómicos, que están desde hace tiempo a otras cosas, y en particular a una reivindicación identitaria que, legítima y respetable en cuanto al sentimiento que la sostiene, se ha revelado inútil y retrógrada en sus propuestas y calamitosa en sus resultados. Para quienes la gobiernan, Barcelona es una herramienta para perseguir otras cosas, un manifestódromo y la caja de resonancia de consignas cada vez más vacías y fallidas, mientras sus ciudadanos la ven declinar ante sus ojos.


Escribió Walter Benjamin que la obra de arte, si lo es, logra apresar en sí un «fragmento del mundo verdadero». La lectura de la novela ganadora del último Premio Herralde, Lectura fácil, de la granadina y residente barcelonesa Cristina Morales, suscita al lector la pregunta de si se encuentra ante una obra de arte, en este sentido benjaminiano, o lo que es lo mismo, si la Barcelona contemporánea que retrata, caótica, destartalada, depauperada, hipócrita, incoherente e incluso absurda, viene a ser expresión fidedigna de la Barcelona real que acoge a la escritora. Quisiera uno creer, como apasionado y antiguo habitante de la ciudad, que el libro es un espejo deformante. Las noticias que le llegan desde allí se lo ponen cada día un poco más cuesta arriba.


Barcelona merece algo mejor, ser lo que le toca por derecho propio. No la capital afligida de una república imaginaria, campo de maniobra de gestores incompetentes y/o alucinados, sino un referente de primer orden para España y para Europa.

Barcelona merece algo mejor
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