domingo 25.08.2019
RÍO ARRIBA

El bizcocho

En la avenida de Quevedo se encuentran dos de esos negocios que, por su popularidad, dan expresión al barrio del Crucero: la cafetería Alacena y el kiosko de Isidro. Un par de veces a la semana distraigo a Isidro de sus tareas y, apelando a la paciencia de sus clientes más veteranos, nos tomamos un café juntos. Es una pausa tan breve como estimulante. Al otro lado de la barra, esbozando una sonrisa, Nacho prepara las tazas y formula la pregunta canónica: ¿Tortilla o bizcocho? Bizcocho, respondemos al unísono, anticipando un ritual que tiene algo de broma privada: Nacho, cuchillo en ristre, se dispone a cortar dos trozos ante la atenta mirada de sus clientes. Lleva tiempo procurando que sean simétricos, dada mi tendencia a elegir el pedazo más grueso, cosa que, debido a la cualidad esponjosa del postre, se antoja una empresa titánica. Es el momento en que Isidro despliega una risa flemática, mientras yo, con mirada ceñuda, examino minuciosamente las porciones del plato.

Hoy seguimos en las mismas, la ceremonia requiere concentración, aunque Nacho suele aprovechar la expectación para colar alguna puya antimonárquica, o una frase feliz de Groucho Marx. Nacho es un hombre cultivado, un barman de verbo lúcido y punzante. Junto a Isidro emana esa retranca luminosa de los barrios antiguos, que en esta época digital se desvanecerá sin remedio, como las lágrimas en la lluvia del replicante de Blade Runner. Estamos, pues, delante del bizcocho, hace un espléndido día de junio invernal, hablando de esa borrasca a la que han llamado Miguel, cansados, supongo, de identificar a los huracanes con nombres femeninos. En la tele, se ven imágenes de árboles hendidos y peatones volteados, mientras un reportero mantiene el equilibrio a duras penas. Dan paso a otro colega, que inicia la crónica política de turno: quiénes y cómo se van a repartir el pastel electoral, que tan poco se parece al humilde bizcocho que descansa en la barra. La mezcla de ingredientes puede resultar asombrosa, encontrándonos en el mismo horno con una tarta integrada por albaricoques liberales, nueces comunistas y una crema regional. Solo falta un cocinero de postín ofreciendo sus servicios y dando la receta.

Del Parque de Quevedo, como de un sueño, salen niños riendo, con ese fulgor que anuncia la llegada del verano. No parece concernirles este viento caprichoso y boreal, ni los trapicheos que, más allá de la pantalla, organizan unos sujetos de colmillo retorcido. Nosotros volcamos las últimas migas en el café y yo me abotono la cazadora; Isidro, más valiente, regresa en jersey. No sé si ha quedado claro que el motivo de esta columna no era hablar de sillones, sino de algo más luminoso: la amistad.

El bizcocho
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