domingo 22.09.2019
fuego amigo

Brasero de filantropía

Laciana exhibe un repertorio de agresiones al entorno natural difícil de digerir. En aquel valle de leyenda conviven los destrozos de la minería y el paraíso de las brañas. Si alguno de los intrépidos pioneros, que en la segunda década del siglo veinte hicieron aquel primer viaje de deslumbramiento en el ferrocarril minero desde Ponferrada a Villablino, regresara hoy a Laciana, encontraría un territorio difícilmente reconocible.

El valle habitado por ganaderos, perfumistas y filántropos ilustrados ha sufrido una transformación volcánica. Sin embargo, en cuanto uno abandona los degradados núcleos mineros, que son los más poblados y los que asoman su mezquindad a la carretera, descubre un entorno fascinante de brañas y bosques profundos, que constituyen uno de los últimos enclaves del urogallo y del oso pardo. Cada pueblo lacianiego cuenta con su réplica en la montaña, un doble resguardado en las altas laderas del valle, que es la braña.

La tradición ganadera obligaba a la alzada, que consistía en el traslado veraniego a los puertos para aprovechar sus pastos de altura. Caminos y veredas centenarios siguen comunicando por pendientes abruptas y crecientemente asilvestradas los pueblos del valle con estas colonias ganaderas a las que suben cada año con el calor estival los rebaños trashumantes. También pervive el rescoldo de una cultura peculiar, que tiene su expresión en el pachuezo, variante comarcal del bable cuya complicada pronunciación delataba a quienes no eran nativos del valle.

Para ello se tramaron trabalenguas como este: Quien nun diga tseite, tsume, tsinu ya tsana, nun ía del vatse de Tsaciana. Que se traduce: Quien no diga leche, lumbre, lino, y lana, no es del Valle de Laciana. El escritor y académico lacianiego Luis Mateo Díez ha apresado en varios de sus libros la magia de ese mundo en trance de desaparecer, alimentado por la oralidad fantástica de calechos y filandones. El impacto de la minería se desmandó en la ferocidad de sus postrimerías con las explotaciones a cielo abierto, aunque permanecen en todo su esplendor, dando cobijo al valle, las pindias laderas cubiertas de robles, abedules, acebos, fresnos y arándanos.

En la trama urbana de Villablino, que agrupa más de la mitad de la población de Laciana, sobresale como una isla el conjunto de edificaciones de la Fundación Sierra Pambley. Aunque rehecha con un exceso de diseño, la casona da testimonio, junto a otras que sobreviven en el valle, del prototipo de casa solariega de la zona: una galería orientada a la solana que protegen dos brazos laterales, a cuyo abrigo se acoge un hórreo. Y a su lado se alzan las escuelas. Felizmente, el complejo superviviente a la voracidad de sucesivos acechos mantiene un uso cultural.

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