jueves 19.09.2019
TRIBUNA

Candiles y oscuridades

Candiles y oscuridades

Algunas veces parece que las escaleras que conducen a nuestro propio hogar son un lugar de increíble transformación: los rostros alegres se ponen serios, las caras animadas se vuelven monótonas. Cuántas veces ocurre que hay personas ocurrentes, simpáticas, amables con los amigos, y que al llegar a casa son unas personas serias, calladas, que no dicen nada. Están dedicando lo mejor de sí mismos a la gente, a la que, por supuesto, también hay que dedicar lo mejor de uno mismo, pero no con descuido de aquella gente, más entrañable, que es nuestra familia. Como dicen en mi querido México: candil de la calle, oscuridad de la casa.

Qué pena que un hombre desligase estas dos cosas: un horizonte cada vez más universal y una actividad cada vez más íntima referida a la familia. Qué pena que quien parece inquieto por los grandes problemas universales esté, al mismo tiempo, descuidando los problemas de ese pequeño espacio, sagrado, que cobija su hogar. En lugar de quejarnos constante e inútilmente sobre nuestra sociedad en general, deberíamos, más bien, preguntarnos qué estamos haciendo nosotros por mejorarla. Casi siempre que hablamos de ética nos referimos a asuntos actuales de carácter político o económico, o a la ética -que suele ser la falta de ética- de los otros. Rara vez a nuestras actividades cotidianas. Puede que en el conjunto humano de las cosas de la vida seamos una pieza de escasa importancia, pero en el conjunto de nuestra propia familia cada uno de nosotros es decisivo, una pieza importante. Uno no puede coger su propia vida y considerarla desligada de toda una serie de maravillosos vínculos que nos ayudan, nos cobijan y que nos sirven también para ejercitar nuestra capacidad de ayuda, de solicitud para con los demás. En nuestro hogar es necesaria nuestra puntualidad, llegar a tiempo, tener tiempo de vernos, tener ganas de escucharnos. ¡Tener tiempo! Llegar en punto a casa, no por una especie de sentido más o menos teórico del deber, sino por cariño, para poder hablar, para poder charlar, para la comprensión; dejar hablar, saber escuchar, tener paciencia.

Una vida agitada no es más que la parodia de una vida intensa. Dejamos de hacer cosas que impactan en la vida de los demás. A veces no se tiene conciencia: falta formación. El hombre es libre, pero no independiente. La limitación y la dependencia son connaturales al hombre, por el mero hecho de serlo. La preocupación desordenada por uno mismo es la que nos lleva a tender los obstáculos que nos apartan de una convivencia sencilla con los demás. Tiempo, contacto personal, comunicación, paciencia… Desacelerarse. Nuestra auténtica calidad de vida (¿qué es para ti?) depende de que nos esforcemos por vivir serenamente, todos-los-días. Hay quienes centran su vida en el fin de semana, y procuran soportar las fatigas del trabajo con el consuelo de que pronto llegará el merecido descanso. Así, se condenan a una semana de cinco días de sufrimiento y dos días de alegría pasajera, pues inmediatamente se les presenta en el horizonte la monotonía grisácea del lunes siguiente.

No tengo tiempo, no es fácil… Perdonar es difícil, comprender es difícil, aprender es difícil, vivir con orden es difícil, sin duda; pero todas estas palabras deberían levantar dentro de nosotros la ilusión, porque son metas que nos esperan. La grandeza de ánimo frente a las cosas difíciles. No tenemos que pensar que lo difícil hace al hombre desgraciado, y que, en cambio la felicidad del hombre sea lo cómodo, lo llano, lo que no cuesta esfuerzo. Nuestra propia existencia personal nos indica lo contrario. Nosotros hemos pasado los momentos más dichosos de la vida, por lo menos de un modo general, después de haber vencido metas difíciles. Quien tiene un para qué siempre suele encontrar un cómo. Y no olvidemos que no-actuar-es-otra-forma-de-actuar.

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