sábado 24.08.2019
TRIBUNA

El dilema de un nuevo estado africano: Sudán del Sur

La manifestación cívica apoyada por la mayoría de los habitantes de ese pueblo, el Sudán del Sur, ha expresado su voluntad firme de incorporarse no sólo en el concierto de las naciones africanas independientes, sino también en el concierto de las Naciones Unidas. Una retrospección al pasado inmediato nos sitúa en una carrera continua de serios obstáculos. En 1953, dos años antes del acceso a la independencia de la república unitaria de Sudán, comienzan las revueltas de los movimientos revolucionarios en el sur del país. El general Ibrahim Abbud, el segundo presidente de la república, al evocar el hecho antes de renunciar al puesto y de pasar el poder a los civiles, admitió que «todavía no ha podido saberse si se trató «únicamente» de una guerra tribal de los sudaneses del norte contra los sudaneses del sur, o si aquella guerra civil estuvo inspirada por los ingleses, los egipcios o incluso por ambos, para poder intervenir políticamente».

En aquella época, el país se vio envuelto en un conflicto que duró hasta 1972, fecha en que los territorios del Sur acceden al régimen autonómico. Pero la promoción de la sharia, la ley islámica, en 1983, y su intento de aplicación en las cuatro esquinas de la nación, fue el agravante que impulsó al Sur a emprender una vez más la vía armada para reclamar su autodeterminación. Este fue el inicio de una guerra civil que alcanzó su punto álgido en 2003 con el surgimiento de un nuevo conflicto, un conflicto de dimensiones incalculables, el de la región de Darfur. Darfur ocupa una parte del centro occidental de la nación, subdividida, a su vez en tres provincias, la septentrional, la central y la meridional, en las que se cruzan cuatro etnias o culturas distintas: por una parte, se encuentran las de origen africano en cuyo marco se encuadran los Fur, de quienes deriva su denominación, los Zaghawa y los Masalit y, por otra, las de grupos minoritarios de origen árabe, conocidos fundamentalmente como los Baggara, «los de las vacas», dedicados fundamentalmente al pastoreo nómada o a la trashumancia. Estos últimos, con el apopo exclusivo del gobierno central, crearon desde esa posición privilegiada el grupo paramilitar de los Yanyauid para masacrar a las etnias negras.

Mohamed Abdel Shakur, un superviviente de la terrible persecución, acompañado de su mujer Hamida, dio alerta al mundo entero de la «situación límite» de semejante barbarie. Tuvo la habilidad de colaborar con un equipo de reporteros españoles, con quienes elaboró clandestinamente un documental, al que puso el significativo título de: Darfur un problema de conciencia que, el día 25 de abril de 2007, proyectó en Madrid, ante un público atónito. El 10 de diciembre del mismo año, con motivo de la celebración del quincuagésimo nono de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, lo presentó en el Instituto de Enseñanza Secundaria «Padre Isla» de León, en cuyo acto yo mismo estuve presente. Antes de la proyección de las imágenes conmovedoras de su testimonio, el autor, absorto en la vivencia de la atrocidad, denunció las escenas de continuos saqueos, de asesinatos a grande escala, de violaciones sistemáticas de mujeres, de niñas, de fosas comunes en las que se escondían los cuerpos de casi 500.000 muertos, de incontables aldeas cuyos habitantes, dos millones en su totalidad, habían sido obligados a abandonar sus hogares. Por eso, pesa sobre Omar Hassan Al Bashir, quien se hizo con el poder mediante un golpe de Estado en 1989, una orden de busca y captura del Tribunal Internacional de La Haya por crímenes de guerra y contra los Derechos Humanos por su implicación activa en el conflicto de Darfur.

Dos años, después de haber firmado un acuerdo de paz, en 2005, con el Movimiento Popular de Liberación del Sudán (MPLS) sin detener el genocidio, el 31 de julio de 2007, la ONU tomó la decisión de enviar unos 26.000 cascos azules a la devastada zona. Desde este horizonte ensombrecido por una guerra que duró 22 años, con el entristecedor balance de dos millones de muertos, se llega a ese referendo tantas veces reclamado y bien merecido al que estaban convocados más de cuatro millones de sudaneses del Sur, quienes, aprovechando la oportunidad irrenunciable que les brindaba la coyuntura histórica que habían esperado desde hacía algo más de medio siglo, acudieron masivamente a las urnas, actividad que se desarrolló entre el 9 y el 15 del mes de enero de 2011 y contó con prestigiosos observadores internacionales, tales como: Jimmy Carter, antiguo inquilino de la Casa blanca, John Kerry, senador norteamericano y Scott Gration, otro emisario de la misma nacionalidad, acompañados de uno de sus compatriotas reconocidos en Hollywood, el actor George Clooney. El escrutinio fue el canto que anunció que el 98,83% de los participantes al referendo se pronunció a favor de la independencia del Sur, creando con ello el Estado número 54 de los que integran actualmente el mapa geopolítico africano.

Cabe señalar que, aunque Salva Kiir Mayardit, que ocupaba entonces el puesto de presidente de aquella comunidad autónoma, albergara la esperanza de la eventualidad de una coexistencia pacífica entre el Norte y el Sur, la realidad es que el gobierno central de Jartum, que ha prestado y sigue prestando su apoyo incondicional a los Yanyauid, alarmado por la nueva situación, además de esos paramilitares, puso en escena a otro grupo, el de los rebeldes, protagonizado por George Athor, traidor de la causa independentista, que no sólo podía operar en Darfur sino también en todo el Sur.

Así, desde el comienzo del periodo electoral hasta unos dos meses después, se enfrentaron al Movimiento Popular de Libración de Sudán en Abyei, zona fronteriza entre el Norte y el Sur, donde murieron unas ocho personas, en el Alto del Nilo y en Jonglei, con 92 muertos. Por esa nueva implicación, el gobierno sureño, por medio de su portavoz y ministro de Paz, Pagan Amum, explicó a la opinión internacional que los mecanismos de la operación para derrocarlo habían sido puestos en marcha por el mismo presidente Omar Al Bashir, con objeto de perturbar la culminación del proyecto político que todo el mundo esperaba.

Tras unas largas e intensas negociaciones, dicha región proclama oficial y formalmente su independencia el 9 de julio de 2001, con el nombre de República de Sudán del Sur, con capital en la ciudad de Juba y adopta una nueva ordenación territorial compuesta de 10 estados federales: Alto Nilo; Bahr el—Ghazal del Norte; Bahr el—Ghazal Occidental; Warab; Unidad; Jungali; Lagos; Ecuatoria Central; Oriental y Occidental. La nueva nación, habiendo sido fruto de la ardua tarea de la búsqueda de una solución equilibrada al incesante enfrentamiento armado, afronta desde su creación los mismos problemas que paralizan la vía de desarrollo de los países africanos.

En primer lugar, se sabe que, por su ubicación, al poseer grandes yacimientos petrolíferos y minerales diversos, ha entrado automáticamente en la órbita de la explotación de las multinacionales extranjeras, siendo una de ellas la francesa TOTAL. En segundo lugar, es obvio que las firmas que operan ahí, que en su mayoría son occidentales, defienden los intereses de sus respectivas metrópolis. Nos encontramos ante dos formas de neocolonialismo: exterior e interior, que son los pilares que sostienen la dominación de los maestros y sus acólitos en las sociedades del mal llamado tercer mundo...

En concreto, el clima político de Sudán pone de manifiesto que la incapacidad de Hassan Al Bashir para enfrentarse a las verdaderas causas del subdesarrollo del país y de velar por su progreso le habían llevado a atizar la guerra entre los musulmanes del Notre y los cristianos del Sur y las tensiones entre los ascendientes árabes y los negros en Darfur... La escalada de la hostilidad surgida a raíz de la «ocupación» y «recuperación» del fronterizo enclave petrolífero de Heglig presagia una nueva guerra de larga duración en la zona. Aunque las dos partes hayan declarado su intención de llegar a un acuerdo razonable, sin embargo, el enviado especial de Estados Unidos, Princeton Lyman, al advertir a Salva Kiir Mayardit, el presidente de la nueva República, que debe «darse cuenta de que, desde el punto de vista de la comunidad internacional, han dado un paso peligroso que debe ser revertido», nos demuestra que la única actuación aceptable sería seguir el criterio impuesto por los poderosos cuyo resultado final redundará en la pobreza o en la miseria de las masas populares en cuestión. En efecto, el hecho de que «la comunidad internacional» sea presa del orden establecido por Estados Unidos, Francia, Reino Unido y sus aliados, defendido por sus organizaciones militares (la OTAN, la CIA) y demás servicios secretos, nos revela que lo que prima en cualesquiera de las resoluciones a tomar, en este caso, es el cumplimiento de los acuerdos firmados anteriormente entre el régimen de Jartum y las potencias extranjeras codiciosas de pingües materias primas...

En consecuencia, esas premisas constituyen la mejor prueba del dilema en el que se ve inmerso el reciente Estado sudanés: o se deja caer bajo la tutela del neocolonialismo imperante en todo el continente africano, asumiendo la complicidad de compartir sus métodos, o debe emprender en solitario la lucha por la auténtica liberación de su pueblo. Si su decisión se inclina firmemente hacia esa última opción, tendrá la obligación de tomar conciencia del peso que representan sus recursos naturales, con el fin de exigir a las multinacionales dominantes y a las autoridades locales que destinen sus beneficios al bienestar y al desarrollo sostenible de sus ciudadanos.

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