lunes 18.11.2019
Tribuna

TRIBUNA | El candidato

Frente al espejo sentiste ese pinchazo en la sien y te sentiste en medio del tablero de juego, a media partida, en el que solo tenías que insistir una y otra vez, y donde todo estaba programado. Sabías que podías cambiar el color del tablero y porqué no del mundo. Y sin más te tranquilizaste, lo que te devolvió el espejo fue un prototipo perfecto, concienzudamente acabado y las solapas… eran de un cachemir insuperable.

 

Al pasar frente a la ventana, te detuviste inconscientemente, pero pronto sentiste que esta parada tuya, podía ser un corte en el universo y sus tiempos. Observaste con determinación el mundo reducido al espacio de la ventana, donde casi no era perceptible cristal alguno y en medio de la trasparencia auscultaste cada detalle de este tú mundo cotidiano que controlabas perfectamente, y que conformaba el primer estrato de seguridades de tus días, era lo más inmediato en las partes integradas que constituían tu mundo. Todo estaba calmado, silencioso en su perfección, pero… al retirar la mirada sentiste una inquietud momentánea a la que no diste importancia.

 

Tomaste los suplementos de siempre, el de evitar la vejez, los del cabello, aquellos que impedían desarrollos nocivos, el de la piel firme, las vitaminas… y volviste a sentir aquel punto difuso en la boca del estómago, que no habías sentido ni en los momentos difíciles, pero que no entendías el porqué ahora, que todo estaba bajo control y es que sabías que, en estos momentos todo era posible.

 

Entonces, de golpe, pasó por tu mente una recopilación de la trayectoria, como si fuera el punto final de una vida de la que hubiera que rendir cuentas, y te serenaste y volviste a ser arriesgado en el momento justo, cuando todos callaban, aunque servicial ya no eras, brujuleabas la dirección, no importaba que en ocasiones no fuese el norte, con suavidad llevabas a la convicción, sobre todo a las señoras, bueno la mayoría. Pero íntimamente sabías que todo tu universo podía descolocarse como una torre de naipes con el viento, sólo entonces volvías a confiar en tu destino, el desconocido favorable al que llevabas flores en los momentos de gloria, tu estrella.

 

Llegó el equipo de maquillaje y peluquería y te dejaste hacer, las incipientes canas que apuntaban ahora, hacían tu expresión menos severa y más creíble.

 

El tono de voz, que te permitía como en un canto, susurrar con firmeza. Todo estaba bajo control. Cerraste los ojos, para ti era sencillo, los focos iluminaron adecuadamente, y todo el programa supervisado, comenzó a fluir.

 

La inflexión perfecta, bordeaste el entorno y te perdías en el infinito, pero había algo, debió de ser el cansancio, que te hizo sentir un fastidio profundo, algo no iba ya, y conseguías disimularlo.

 

Frente a la prensa aparecías firme, olías a verdad y los adversarios conocían la dificultad de neutralizarte, así podías conseguir una victoria tras otra y con sólo proponértelo, tenías todo a tu favor, controlabas todo.

 

Era el ermitaño, en medio de la tirada lo que no te dejaba respirar, pero tú no creías eso, todo se desarrolló según lo previamente estipulado y volvió a sonar el chasquido, era como algo indefinido que comenzó a romperse desde dentro.

 

Los días siguientes levitaste, frenético, estabas brillante, como en tu mejor época, eso si te dejabas llevar, no podías precisar en qué momento empezó a aburrirte aquello. Dabas las instrucciones precisas y los objetivos aparentemente se iban cumpliendo, no dudaste ni un instante en las previsiones de aquel puñado de profetas, demasiado bien pagados, era ciencia, prospectiva y tu mismo eras la ciencia y tu mismo eras el saber.

 

Empezaron a llegar noticias contradictorias, o eran sospechas, un leve murmullo en los pasillos, una sonrisa un poco diferente, cuando todo estaba, al menos oficialmente bajo control.

 

La atmósfera comenzó a ser densa y pudiste escuchar el griterío que al principio te tranquilizó, pero no era en el sentido que esperabas, llevabas días con aquellos calmantes suaves, que fuiste aumentando, endureciendo y abriste la ventana para celebrarlo y quedaste confuso, o no era real, quizá te habías pasado de medicación, pero con dureza, entendiste que era algo fuera de tu destino, algo que estaba ahí.

 

Los días, las semanas siguientes, intentaste desatar los lazos y volver a conseguir las riendas, todo resultó inútil, el mundo domesticado desde tu ventana, lucía indiferente, pensaste con enorme cansancio, volver al mundo, volver a empezar.

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