domingo 15.09.2019
TRIBUNA

El trabajo «de mamá»

El trabajo «de mamá»

Todas las familias felices se parecen; mientras que cada familia infeliz lo es a su manera». Así comienza una de las mejores novelas de todos los tiempos: «Ana Karenina». Fue escrita hace más de cien años por León Tolstoi, un gran novelista ruso que supo llegar a las entrañas más profundas de los sentimientos humanos. Tolstoi pensaba que hay muchas maneras de ser desgraciados, pero una sola de ser felices. Yo, por el contrario, creo que todas las personas infelices se parecen y que cada cual es feliz a su manera. Todas las personas infelices se parecen, tienen algo en común: no han sabido superar el egoísmo. La barrera que nos separa de la felicidad siempre es la misma: nosotros mismos. En cambio, cada uno es feliz a su manera. Es lo que cantaba Frank Sinatra en aquella mítica canción que precisamente se titulaba «My way», «A mi manera». Hay tantas maneras de ser feliz como personas, porque la felicidad es el sentimiento más íntimo e intransferible.

La infelicidad de muchas personas se resume en que no han encontrado una razón a su vida. Para algunas personas la vida no tiene sentido. Mejor dicho, piensan que el único sentido de la vida es que ésta no tiene sentido, que hay que vivirla sin más. No vale la pena, por lo tanto, hacerse preguntas profundas, porque simplemente no tienen respuesta. Personas que viven medio dormidas, que no encuentran sentido a su vida o que lo buscan en cosas equivocadas. No es extraño que piensen que la vida no tiene sentido, porque encontrarlo no es fácil. Parece algo evidente, pero hay muchas personas adultas que no han madurado, que no han dado ese paso tan fundamental, que siguen echando balones fuera, que siguen culpando a los demás de lo que les pasa, que no son capaces de asumir responsabilidades. Uno no puede madurar hasta que no acepta que es el responsable de su vida, hasta que no deja de echar las culpas a otro de lo que le ocurre, hasta que no asume que sólo él o ella, y nadie más, responde de sus actos.

Aunque lo parezca, la realidad no es inamovible por la sencilla razón de que nosotros pertenecemos a ella. Por lo tanto, si nosotros cambiamos, la realidad tiene que cambiar también. La cuestión está en aprender a influir en la realidad para que ella no nos influya negativamente. Aquella frase clásica que dice serenidad para aceptar lo que no puedo cambiar, fortaleza para cambiar lo que sí puedo y sabiduría para distinguir la diferencia. La mayoría de las recomendaciones tienen una cosa en común: para ser felices tenemos que salir de nosotros mismos. Una manera en que se puede aportar un sentido a la vida es dedicarse a amar a los demás, dedicarse a la comunidad que nos rodea y dedicarse a crear algo que nos proporcione un objetivo y un sentido.

Ser feliz se parece a regresar al hogar. Todavía hay hombres que cuando se involucran en las tareas domésticas, y en la educación de los hijos, lo hacen con la conciencia de estar actuando como suplentes, ya que la responsabilidad titular del cuidado de los hijos corresponde a la madre, a la que ellos ocasional y graciosamente «ayudan»… Un padre debe responsabilizarse en cuanto padre y no como una madre «de segunda categoría». Qué triste que un padre no inculque en sus hijos el valor del trabajo «improductivo», en el sentido de mal pagado y no siempre agradecido, pero generoso y abnegado de la madre. Unas dedicadas en exclusiva al trabajo en el hogar y, otras, la mayoría, compatibilizándolo con sus trabajos profesionales. Conciliando o, al menos, intentándolo. Como le escuché hace años a un orientador familiar: las madres cocinan para que otros coman, limpian para que otros ensucien, ordenan para que otros desordenen, reparan para que otros estropeen, organizan para que otros desorganicen, entretienen para que otros no se aburran, cuidan para que otros no enfermen, dan compañía, seguridad, cariño; enseñan a trabajar, enseñan a vivir…Y todo eso para que, en algunos casos, el cretino de su hijo, preguntado sobre en qué trabaja su padre diga (por ejemplo): «trabaja en un supermercado»; y sobre su madre (dedicada al trabajo en casa) diga: «no trabaja en nada…».

Tenemos la responsabilidad de valorar, ante nuestros hijos, con gestos claros, explícitos, el trabajo doméstico, independientemente de cuál de los padres lo realice, porque es tarea de ambos. Como en tantas cosas de la vida el mejor gesto es el ejemplo, encargándonos de tareas concretas. Por ejemplo, limpiando un baño que, además, no es tarea exclusiva de papá o mamá: los hijos también tienen que responsabilizarse a través de sus propios encargos en la casa. Si no lo hacemos, los hijos entenderán que servir por cariño, hacer amable la vida a los demás, hacer compañía, preocuparse por algo que no sea uno mismo, es un desperdicio improductivo muy distinto —inferior— al del trabajo fuera del hogar.

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