viernes 18.10.2019
TRIBUNA

El valor de lo sencillo

Hace unos días me tomé un café con un amigo y, como siempre, hablamos de todo, de la familia, del trabajo… Me contó que, en su empresa, llevan varios meses, casi un año, inmersos en un proceso de reorganización que, en general, tiene muy cansados y molestos, a la mayoría de los empleados.

Para este programa de mejora organizacional, así se comunicó que sería, los dueños han contratado a una consultora de nombre rimbombante, en inglés, «of course», aunque sus peones son de la zona. Llevan meses recopilando información, elaborándoles informes, asistiendo a las entrevistas y reuniones que permanentemente convocan. Y pareciera como que no se va a acabar nunca. Son insaciables. Piden y piden… Además, mientras tanto, tienen que seguir cumpliendo con sus responsabilidades y, a pesar del esfuerzo que todos están realizando, el desenfoque que se ha producido en la organización es mayúsculo. Están más preocupados de aprender a manejar el nuevo sistema que de atender a los clientes… Este tipo de consultoras son especialistas en hacer complejo lo sencillo, difícil lo que puede ser fácil.

Después de escuchar a mi amigo, intenté animarle con mis palabras, «no te preocupes no hay mal que cien años dure…», «no te quejes que tienes trabajo», «que el que no se consuela es porque no quiere…»; de vuelta a casa, me acordé de una anécdota que sobre este asunto me contó una vez mi sabio profesor. Don Víctor lo llamaba el caso de la caja vacía.

Ocurrió en una mediana empresa de cosmética. La compañía recibió las quejas de varios consumidores que compraron una caja de jabón y estaba vacía. Inmediatamente los dueños identificaron que el problema estaba en la cadena que transportaba todas las cajas empaquetadas de jabón al departamento de reparto. Por alguna razón, muy de vez en cuando, alguna caja de jabón pasaba vacía por la cadena de montaje. Se contrató a una consultora externa y, rápidamente, sus ingenieros recomendaron comprar un costoso y complejo sistema que, en pocas palabras, consistía en una máquina de rayos X, con monitores de alta resolución, manejados por dos técnicos especialistas, y así vigilar, una a una, todas las cajas de jabón que pasaran por la línea para asegurarse de que no fueran vacías.

Una vez que los ingenieros se marcharon, el sistema comenzó a fallar más que escopeta de feria y entre que venían y no venían a repararlo, Juan, que llevaba treinta años trabajando en la cadena de montaje de esa empresa, había ideado su sistema alternativo: en lugar de complejos, costosos y delicados scanners y sistemas informáticos, se fue a la ferretería de su barrio, compró un potente ventilador y lo apuntó hacia la cadena de montaje. Lo encendió y cuando las cajas pasaban por delante del ventilador, las que estaban vacías salían volando…

En la vida de cada uno y, ‘of course’, también en las empresas, nos complicamos la vida en exceso…La mayoría de las situaciones tienen fácil solución y no sé por qué muchas veces elegimos la más complicada, la más compleja, la más cara… El ejemplo de Juan, este ingenioso colaborador de la cadena de montaje, nos debe servir de fuente de inspiración para esforzarnos por simplificar las soluciones a nuestros problemas, apostar por la sencillez.

Una de las acepciones que nuestro diccionario da sobre el término simple, la tercera, dice «sencillo, sin complicaciones ni dificultades». ‘Keep it simple’ suelen decir los norteamericanos, hacer o mantener las cosas simples. Trabajar sobre lo esencial, privilegiar el objetivo buscado y, sobre todo, desechar toda acción o paso que no conduzca directamente a este último de una manera eficiente.

Un imperativo que resulta primordial para el reconocido pragmatismo de los anglosajones, y que lamentablemente para muchas personas y organizaciones se encuentra absolutamente ausente de su consideración. Es más, en ocasiones, quizá por alguna misteriosa razón que todavía no he logrado desentrañar, todo aquello que pueda ser concebido o explicado en términos sencillos despierta entre muchas personas una inmediata desconfianza en una doble y perniciosa dimensión: en primer término en cuanto a su efectividad, es decir, que una solución simple, por este solo hecho, no puede ser tal y, en segundo lugar, en cuanto a su credibilidad, esto es, que una solución o explicación de esta naturaleza no puede ser verdadera o, al menos, es tan sólo de carácter parcial.

Qué es lo que nos lleva a no reconocer el tremendo valor que tiene privilegiar la búsqueda de soluciones sencillas es una pregunta de difícil respuesta. Una primera alternativa es que tendemos a confundir lo simple con todo aquello que no demanda esfuerzo, lo que es un error ya que, por lo general, sucede, al contrario, mientras más simple es la respuesta más difícil resulta encontrarla. La segunda es que, tal vez, la explicación debamos hallarla en un sistema educativo que premia la cantidad sobre la creatividad y que, como no podría ser de otra manera, después se reproduce casi automáticamente en nuestra vida laboral; no importa tanto el cómo vas a responder en clase sino el cuánto vas a responder, ni luego el qué vas a producir sino en cuánta cantidad lo vas a hacer.

Los resultados están a la vista, muchas personas y organizaciones sólo son buenas para producir bienes y servicios fáciles de copiar y de reemplazar, y malas para los productos y servicios de un mayor valor agregado. Reconocer el valor de la simplicidad es importante para quienes tengan el propósito de mejorar.

El valor de lo sencillo
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