martes 20.08.2019
EN BLANCO

Encuestas

Dijo Benjamín Disraeli, un británico muy listo de época victoriana, que existen tres tipos de mentiras: las grandes, las pequeñas y las estadísticas, referidas en el asunto que nos ocupa a esas encuestas que disparan el pulso de la ansiedad entre la clase política. Apartado en el que desgraciadamente se incluye una caterva de elementos de dudosa o prácticamente consumada inutilidad pública, responsables en buena medida del miasma de corrupción y escándalo en el que nos debatimos. Vivimos un tiempo de sobreinformación, que oscila habitualmente entre la crisis y las más predecibles banalidades, aunque la cercanía de los comicios municipales y autonómicos añade un montón de carne fresca a los medios de comunicación. Y así surgen los sondeos sobre intenciones de voto, como los publicados en este periódico, que aúnan las virtudes de la razón democrática con ciertas dosis de clarividencia futura. Según como les vaya en la feria, unos aseguran que las encuestas equivalen a la vara de medir la felicidad, mientras que los damnificados en el pronóstico las equiparan por pesadas al parto de la tía Rechonchona.

Sin entrar a valorar el acierto de una u otra consideración, la verdad es que no se entienden los intríngulis de algunos de los sondeos. Por un lado, se asegura que los electores leoneses son los más críticos con la labor de la Junta, a diferencia de nuestros satisfechos vecinos castellanos. Sin embargo, te sume en un abismo de perplejidad que esos mismos votantes insatisfechos piensan dar su apoyo mayoritario al PP, precisamente la formación política que capitanea desde hace años los destinos de la Comunidad, lo que suena bastante extraño. Si que parece más explicable el escaso vuelo autonómico del programa socialista, ya que con cerca de cinco millones de parados se cierne sobre muchos hogares el síndrome del frigorífico vacío. La situación es grave, aunque no sea seria.

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