jueves 22.08.2019

Eróstrato y simpatizantes

No sabía cómo pasar a la historia. Incendió entonces el templo de Artemisa, en Éfeso, una de las siete maravillas del mundo. A pesar de que se prohibió bajo pena de muerte el registro de su nombre, nadie pudo borrarlo de la historia. Se trata de un pastor de la misma ciudad que el tempo destruido el 21 de junio de 356 a. C., de nombre Eróstrato, que dio origen al complejo que lleva su nombre, según el cual «el individuo busca sobresalir, distinguirse, ser el centro de atención». De tal forma lo consiguió, que incluso el hecho se reproduce, entre tantos otros lugares, en múltiples obras literarias: Gracián, Unamuno, Lope, Víctor Hugo, Chéjov, J. Verne… Cervantes resume el asunto en la segunda parte de El Quijote: «… lo que cuentan de aquel pastor, que puso fuego y abrasó el templo famoso de Diana, contado por una de las siete maravillas del mundo, solo porque quedase vivo su nombre en los siglos venideros; y aunque se mandó que nadie lo nombrase ni hiciese por palabra o por escrito mención de su nombre, porque no consiguiese el fin de su deseo, todavía se supo que se llamaba Eróstrato».

Salvando las distancias en el tiempo y los métodos, de ahí lo de simpatizantes, buenos ejemplos del Patrimonio de esta tierra se han derribado sin consideraciones o se han ido cayendo ante la desidia de brazos cruzados que tenían puesta la mirada en otro punto. Mientras a unos se les llenaba y se les llena la boca hablando de glorias patrimoniales, la mayoría de los ciudadanos ha añadido quejas al muro despiadado de las lamentaciones. Siempre la misma dualidad, mientras el Patrimonio desaparece como si fuese un asunto menor cuyo alcance no parece calibrarse. Con serias dudas sobre nuestro futuro, parece importar también poco el pasado, un pequeño apoyo en lo por venir. Tome nota de estos titulares de prensa tan recientes: «Declaraciones de ruina a medida, el truco del Ayuntamiento de León para derribar el Patrimonio. El Ayuntamiento de León permite el derribo parcial de una fachada en la Plaza de San Pelayo, protegida con nivel III en el catálogo de elementos protegidos de la ciudad. Las declaraciones de ruina ocultan la dejadez del consistorio». Mientras, en él y sus cabezas pensantes se llenan de apariencias maquilladas sin ir al grano del asunto. Sugiero que, como en las placas de botafumeiro, se habiliten otras que digan algo así: «Este ejemplar de nuestro Patrimonio fue liquidado siendo alcalde…». O parecido. Tres rábanos, es sabido.

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