domingo 15.09.2019

España, a veces, resta

No, agosto no está siendo bueno para la construcción del país. Solamente una iniciativa política, la del PP registrando la marca ‘España suma’, para una hipotética coalición nacional con Ciudadanos —que Cs ya ha rechazado ‘a priori’—, ha destacado en el secarral de la agenda pública. En cambio, los datos negativos, derivados del Gran Parón, se acumulan. Ahora que estamos todos comenzando el regreso de las vacaciones e inaugurando un curso político que puede ser el más complicado de la década, uno mira hacia atrás sin ira, pero con aprensión, a lo que han sido, hasta el momento, estas semanas de vacaciones y forzosamente tiene que concluir que, a veces, España resta, más que sumar.

 

Ignoro si Gobierno y oposición traen ideas refrescantes de su ‘ferragosto’: no lo han demostrado hasta el momento. En agosto se han multiplicado homenajes a etarras que salen de la cárcel, planes explícitos de repetir los sucesos independentistas en Cataluña, desunión entre los constitucionalistas, apatía gubernamental plasmada en ejemplos —menos mal que ha habido una cierta rectificación de última hora desde La Moncloa— como el del ‘Open Arms’, protagonista de una increíble polémica involucionada con ribetes algo miserables. La economía presenta altibajos —de hecho, las malas oscilaciones bolsísticas nos han empobrecido algo a todos—, sin que desde el Ejecutivo nos llegasen voces tranquilizadoras (ni de las otras).

 

O, aunque sea en otro plano, podríamos hablar de los incendios, de la violencia de género que no cesa, de la falta de diálogo entre nuestros máximos representantes políticos, que no emiten soluciones a las grandes incertidumbres ni remedios para esos grandes retos. Hemos tenido mucha crónica veraniega de papel couché, pero muy pocas oportunidades de comentar algún avance político, económico, social.

 

Y no, para mí, por ejemplo, lo de Navarra no ha sido una solución, sino la posibilidad de agravar un problema. Y el desbloqueo en la Comunidad de Madrid, perfectamente legítimo, en la persona de la ‘popular’ Isabel Díaz Ayuso, la estrella en un firmamento político casi desierto este verano, también ha supuesto una nueva violación al deseable principio de que el más votado debería ser quien desempeñe el gobierno, una máxima que casi nunca se cumple en los ayuntamientos y autonomías de España. Y ya vamos a ver cómo queda el tema en el caso del Gobierno nacional, ahora que vamos a volver a habar, y no poco, de esa investidura de Pedro Sánchez.

 

Patentemente débiles ahora en política exterior —pero ¿dónde estaba Borrell en esta crisis con el impresentable Salvini, con quien ha tenido que ser Sánchez quien se enfrente de manera casi personal?— y no digamos ya en cuanto a política interior, España, lejos de sus ambiciones pretéritas de marca de país, más bien está, por tanto, restando. Y no será con eslóganes ni con operaciones de imagen como comencemos a sumar de nuevo en una nación que, contra viento y marea, parece seguir yendo bien, veraneando como si tal cosa, aunque muchos no acaben de entender por qué. Ni cómo.

España, a veces, resta
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