sábado 24.08.2019
TRIBUNA

Por la estrecha vía de la globalización

EL CONCEPTO globalización es uno de los más difusos en la actualidad, de tal manera que reflexionar sobre él puede conducir fácilmente a un equívoco, en la medida en que su extensión no despeja su dimensión esotérica. Sólo haría falta acercarse a determinados círculos de debate o de diálogo intelectuales, o a índices bibliográficos de ciertas monografías para detectar el alcance del término «globalización». Es precisamente en este ámbito, el de la investigación, en el que cabe exigir una clarificación del tema, aunque es obvio intuir que ocurre aquí lo mismo que ocurrió al «ser-pre-sente» griego que, a pesar de su manifestación cotidiana y cercana, sin embargo, el pensador helénico no supo estar siempre a la escucha de la voz de su significado, como nos lo ha recordado Martín Heidegger, en Was heisst denken? , este filósofo alemán al que yo mismo he calificado como un clásico griego que atravesó la barrera de su época para situarse, con cierta dificultad, en el siglo XX. En el año en curso, he sido también invitado a hablar de la globalización. En la segunda parte de las jornadas programadas en homenaje a Thomas Sankara (1949-1987) que tendrá lugar en el mes de enero de 2008, en la Casa de los Pueblos de Alcorcón, en Madrid, que lleva el epígrafe de Los pueblos africanos en el mundo globa l, figuro como un ponente que debe asumir la responsabilidad de disertar sobre El panafricanismo, ¿una respuesta a la globalización?. Lejos de presentar brevemente el esquema del proyecto del panafricanismo, uno de los movimientos filosóficos e ideológicos fundamentales del siglo XX, cuya posición por su esencia es la antítesis de la globalización, tema que podría ser objeto de otro artículo en otra circunstancia, esta vez quisiera subrayar que el fenómeno en cuestión, habiendo recibido sucesivos impulsos, no es nada nuevo. Karl Marx, el filósofo por excelencia de la filosofía de la historia del Occidente, ya lo anticipó en pleno siglo XIX. Al definir el Capital como el resultado del movimiento que surgía de la mercancía-dinero-mercancía o, a la inversa, del dinero-mercancía-dinero que, en virtud de la plusvalía, se convertía en la fuente de acumulación de riquezas de la clase capitalista, puso de manifiesto el cimiento sobre el que se apoya la actual «globalización». Y para prevenir su efecto perjudicial en el proceso de la producción mundial, en 1848 lanzó, en su Manifiesto del partido comunista , su famosa consigna: ¡Proletarios de todos los países, uníos! Tras esta proclama, Vladimir Ilitch Oulianov (Lénine) constata, en 1917, en L¿impérialisme, stade suprême du capitalisme , que la verdadera amenza de la humanidad consistía en el hecho de que el capitalismo se había «transformado en un sistema universal de opresión colonial y de asfixia financiera de la inmensa mayoría de la población del globo». Y Kwame Nkrumah a su vez, en 1965, en el Neocolonialismo, última etapa del imperialismo , saca a la luz los secretos del entramado de los grandes monopolios explotadores de recursos naturales de la Tierra y llega a la conclusión que «el neocolonialismo es más peligroso que el mismo colonialismo» y que «el peligro para la paz mundial surge, no de la acción de quienes buscan el fin del neocolonialismo, sino de la inacción de los que permiten que continúe.» Más próximo a nosotros, hacia 1994 R. Barnet et J. Cavanagh insinuaron, en el Global Dreams: Imperial Corporations and the New World Order, que global y globalización son dos términos que podrían haber sido empleados a gusto por la reina del País de las maravillas , donde cada uno puede pintar la realidad según el color de su ideología o de la categoría de personas a la que pertenece. Con estas premisas, aparece en la escena del debate François Chesnais quien, desde la década de los ochenta, se ha metido de lleno en el asunto, al que ha dedicado sus mejores investigaciones. En La mondialisation du capital descubre las distintas falacias mediante las cuales los defensores de la globalización acostumbran a ligar fácilmente todos sus procedimientos a la democracia, a la libertad de elección y libre felicidad del individuo, a la reconciliación de los países del Norte con los del Sur, a las perspectivas del crecimiento rápido de los países pobres, etcétera. Intentando abandonar esa visión fantástica del fenómeno en cuestión, advierte que no se trata de «una revolución tecnológica» sino de un sistema de acumulación que no puede crear ni repartir «la riqueza de manera que permita la satisfacción de las necesidades elementales de millones de personas», un sistema en que los Estados Unidos de América se considera el máximo protector. Este es el punto de partida de la observación de Hans-Peter Martin y de Harald Schumann. Como si nos invitaran a seguir sus pasos, nos encontramos a finales del mes de septiembre de 1995 en el hotel Fairmont, de San Francisco, situado entre el Golden Gate y los Berkeley Hills, un Water Gate washingtoniano elevado a la décima potencia, sede de planificación de las grandes multinacionales. Aquí se planta Mijail Grobachov quien, como si llevara una máscara, convoca por megafonía a 500 altos dirigentes políticos, hombres de negocios y científicos, con el fin de perfilar las líneas maestras de actuación del nuevo «brain-trust global» y de unir sus esfuerzos con los del grupo informático de «la tecnología y el trabajo en la economía global». Este es el origen de la obra Le piège de la mondialisation (Die Globalisierungsfalle) , una denuncia a la trampa del imperio de las multinacionales en su afán por encerrar al mundo entero en el marco rígido del determinismo de sus intereses económicos. Esto es La mondia lisation mafieuse , de Bernard Carette, un toque de alarma a la humanidad para que tome conciencia de sí y se rebele contra esa «ley de la selva financiera que enriquece a grupos minoritarios y reduce a la miseria al resto de la población» del planeta. Hace más de un decenio que, con el propósito de escribir un libro sobre el tema, yo mismo he definido a la globalización como la nueva expansión planetaria de los métodos de explotación del capital, métodos que no ofrecen sino esa vía estrecha que oprime a los pueblos dependientes y obstaculiza su carrera hacia un desarrollo integral. Camuflar la acción y los efectos de la globalización bajo unas dimensiones positivas como predica la política neoliberal, sería tanto como dec lararnos cómplices de la alienación de ese mundo que nos ha tocado vivir.

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