miércoles 18.09.2019
TRIBUNA

Gil Carlos

Gil Carlos

Una enfermedad a la que por su crueldad ni los médicos le dieron nombre, una enfermedad que era la exageración de varios capítulos de un tratado de patología se apropió del cuerpo menudo de Gil Carlos hace unos años proporcionándole un torrente doloroso de desventuras. Si nadie merece este castigo, menos que nadie Gil Carlos que ha sido la bondad hecha sensatez y la modestia convertida en pauta perenne de conducta. Los latinos decían «ubi humilitas ibi sapientia»: donde está la humildad, allí está la sabiduría. Así Gil Carlos Rodríguez Iglesias.

Plumas más expertas que la mía van a glosar a buen seguro sus aportaciones al Derecho Internacional, yo quiero recordar nuestros encuentros veraniegos con él y con Tere, su mujer, también jurista, más el resto de su familia leonesa en Pola de Gordón y en sus alrededores cuyos montes hemos pateado de forma modesta pero decidida y cuyos figones hemos visitado para gozar de la buena gastronomía de la zona pero sobre todo para disfrutar de la buena conversación, de la apacible y fecunda conversación.

¿Hay algo más placentero que aprovechar una buena sombra y el murmullo de un río cercano para comentar anécdotas jugosas, hablar de libros o intercambiar recetas de cocina? Como uno de los comensales, nuestro querido Gil Carlos, estaba ocupando nada menos que la presidencia del Tribunal de Justicia de la Unión Europea y el matrimonio residía en Luxemburgo también era posible extender nuestras charlas a las novedades más destacadas de la vida europea. De manera que lo mismo se glosaba una monografía jurídica que la última sentencia significativa del Tribunal o la forma en que se cocinaba la «ratatouille» en Luxemburgo o las ocasiones en que habían disfrutado del «crémant» de la región.

Gil practicaba la elegancia exquisita porque hablaba bajito y se expresaba con sumo respeto hacia el interlocutor, es decir, dominaba un arte poco frecuentado, un arte impar, el arte de la buena crianza.

Cuando se le preguntaba por los problemas más peliagudos que se había visto obligado a despachar como juez, su cara se iluminaba porque vivía con extrema dedicación su oficio y los desgranaba de una forma accesible para que quienes le escuchábamos pudiéramos entenderlos y aprender. Porque procede destacar que los jueces del Tribunal, escogidos entre lo más selecto de los juristas europeos —normalmente catedráticos y magistrados curtidos con la pluma— son los que han logrado hacer caminar a las instituciones europeas de la forma que los europeístas más valoramos y aplaudimos: propiciando las soluciones de integración, las fórmulas tendentes a reforzar el «método comunitario» defendido por Jean Monnet. Gil Carlos era un defensor del mismo, poco entusiasta de las medidas «intergubernamentales» que tanto se han practicado en los últimos años, especialmente con ocasión de la crisis económica. Por eso era muy crítico con algunas de las posiciones adoptadas por jueces constitucionales europeos, notoriamente los alemanes, reticentes ante el avance en la construcción europea.

Gil tenía las condiciones óptimas para desempeñar su trabajo de juez: una formación jurídica sólida y el dominio de varios idiomas. He oído a algunos amigos intérpretes en el Tribunal la fluidez con que era capaz de despachar con jueces, abogados o litigantes en varios idiomas a la vez. Pero sobre todo disponía de lo más valioso para un juez: su talante apacible, medido, poco amigo de estridencias.

Cuando volvió a España, acabado sus mandatos en Luxemburgo, se reincorporó a su cátedra en Madrid. Sé por colegas que en la Facultad le encomendaron dar clases en cursos masificados en lugar de aprovechar el enorme caudal acumulado en Luxemburgo para impartir seminarios de alta especialización o dirigir tesis doctorales. Un dispendio muy propio de la Universidad mediocre que padecemos porque ha de saberse que la «excelencia», esa palabra que salmodian rectores, ministros y consejeros, es puro decorado para ganar elecciones o pronunciar discursos con ocasión de la apertura de curso. A Gil Carlos sin embargo jamás le oí una queja.

Profesor Rodríguez Iglesias: descanse en paz el amigo de la mesura engastada en sapiencia. El enemigo de la bagatela.

Gil Carlos
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