domingo 15.09.2019
TRIBUNA

El lento pero implacable caminar de los pobres

La historia humana está surcada de caravanas: carros, galeras, hombres cabalgando, reatas de hombres a pie, en busca de la seda, las especias, el oro, tierra para sobrevivir. Interminables fueron las recuas de millones de desdichados esclavos rumbo a los algodonales, la zafra y el trapiche, los pozos, las crestas y las minas de Potosí, Sudáfrica o Las Médulas. Caravanas de carretas salidas del barco Flor de Mayo, en fatigadas y agotadoras marchas sin derrotero fijo, iniciaron y más tarde llenaron de inmigrantes colonos ingleses el oeste y el centro de este inmenso país.

Aquellos que han hecho el Camino de Santiago, con orgullo cuentan a sus amigos la gran experiencia que comporta el esfuerzo. «Solo fueron cinco etapas, tal vez más, quizás desde Roncesvalles», y nuestra expresión es de asombro, ¡750 kilómetros! ¡Quita pa’llá, yo eso, ni en broma! Y el héroe se despide dejándonos boquiabiertos con tamaña hazaña, ¡porque en verdad lo es! Los caminantes centroamericanos van decididos a recorrer 3.000 kilómetros. ¡Así de sencillo!, y a la llegada, ni beso al apóstol, ni botafumeiro, ni pulpo ni gaitas. La bienvenida se la van a dar quince mil soldados con cara de susto —¿serán fantasmas estos ‘agresores’?—, y protegiendo una valla erizada de púas con la que Trump, al parecer insensible, se da el lujo amargo de bromear.

La caravana está en marcha, porque los pueblos pobres siempre han sido y van a ser, pueblos migratorios. Comenzó como un riachuelo sereno, claro. Lentamente ha ido creciendo hasta convertirse en un inmenso río —algo turbio, que lleve escondida alguna que otra piraña—, pero un río caudaloso y de fuerza incalculable. Son miles, sin nombre, sin papeles, sudorosos los rostros, los pies hinchados, hambrientos, mendicantes, pero con una meta simple y clara: sobrevivir. Son los pobres de la tierra ‘con los que yo mi suerte quiero echar’, sigue porfiando a guajira Guantanamera, el alma neoyorkina de Joan Baez, ídolo juvenil de los años 60, y que hoy con sentido de compromiso quiere volver a alojarse en las mentes más conscientes y solidarias de las universidades, las oenegés, los políticos —mujeres y hombres— más jóvenes y honestos.

Ahora, en noviembre, la caravana va lenta, cansada, pensativa. Salieron de las garras de las sanguinarias maras centroamericanas, han caminado kilómetros sin cuento, y tras ser recibidos en México como ‘seres humanos, auténticos hermanos», ellos saben que les esperan las etapas más complejas y peligrosas del éxodo, porque los ‘coyotes humanos’ les acechan en el desierto, y también les preocupa el incierto recibimiento de Trump, no obstante, ellos siguen, porque son:

Incansables, porque cada milla de camino es un canto de victoria, y adivinan que pueden mover la historia, aunque solo sea unos centímetros para separarla de la trocha inexorable y aterradora de los poderosos. Descalzos, pobremente vestidos, arrastrando los pies, los pobres del mundo seguirán manteniendo la mirada en alto mientras haya una meta humana que conquistar, «y aunque nos engañen, nosotros tiramos pa’lante, porque sabemos que el viaje vale la pena», aunque muchos nos ignoren, nos señalen con el dedo y se rían de nosotros, ¿dónde van esos ilusos?

Imparables son, porque para ellos parar es solo un respiro para tomar aliento, para beber agua, para desviar de la ruta a un alacrán, para atender a un niño enfermo, esperar al anciano, al cansado, al remiso, al agotado. Así son los pueblos en su heroico y desesperado afán por sobrevivir.

Imprescindibles, porque si ellos no caminan —su camino es voz, desesperado grito angustioso—, ¿quién con voz profética, hablará hoy por ellos? ¿Quién, en tiempos tan cómodos y holgados, levantara por ellos el resuello? Necesitamos gentes que nos saquen del letargo en que vivimos.

Indomables, como Lempira, su río, su caudillo, que dio nombre a la moneda hondureña. Ni el calor, ni la sed, ni el desierto, ni la «bestia de hierro» los van a doblegar. Sigue Goliat burlándose de la vulnerabilidad, de la inmensa pobreza, la debilidad física, y alardea de sus soldados, de su alambre de espinos...

Impredecibles. Un Goliat presuntuoso, arrogante, armado hasta los dientes, está esperando al incauto, al pobre, al desarmado y exhausto David, «porque nosotros no somos como los mexicanos, que los dejaron pasar», se pavonea Goliat. Esta batalla por la sobrevivencia tiene más espectadores que combatientes: millones de personas en el mundo tenemos los ojos puestos en este reto, en esta proeza singular —para otros locura—, esperando a ver qué pasa. ¿Será capaz el ejército de los Estados Unidos de abatir, humillar a un grupo de ancianos, padres, madres, jóvenes, dejando huérfanos a cientos de niños, o es que también piensan eliminar a los niños? Además de a un Goliat fanfarrón, ¿tendrá este país que aguantar a un Herodes, degollador de inocentes? La chispa está encendida.

Un mundo en vilo y en vela va a vivir un adviento expectante, pero esperanzado, en que, por fin, se «abajen las montañas y emerjan los valles», y prevalezca el sentido común en favor de los más desfavorecidos. ¡Ya solo faltan 1.500 kilómetros —justo de Roncesvalles a Compostela; de Compostela a Roncesvalles! ¡Ahí es nada!—, para ‘enfrentarse’ a la batalla moral y social del siglo, en la que el ejército de los Estados Unidos se cubrirá de gloria si sabe perderla, porque de lo contrario, si la gana, el mundo lo cubrirá de vergüenza…!

Presumiblemente David vuelva a enfrentarse Goliat. Casos del pasado nos recuerdan que ‘los pulgarcitos de América’ han derribado a Goliat. El gigante ya ha quedado alicortado por el reto de los caminantes, y más por los resultados de estas elecciones de su medio mandato. Bien seguro que pesan sobre él avisos, consejos, reprimendas para que no vuelva a las andadas, modere su lenguaje, se deshaga de esa caterva que a sus espaldas bocea y arma bulla, tan propia de dictadores o feriantes. El mundo espera hoy hombres y mujeres con estilo democrático, dialogante, moderado, negociador.

Vienen dos años nada fáciles. Republicanos y demócratas van a tener que apostar por el acuerdo y la concordia, propiciando medidas que favorezcan al pueblo (salud, precios asequibles para las medicinas, etc.) y que si no sanean, al menos estañen las profundas divisiones del país que nació al calor de la solidaridad, la gran fiesta que en este mes de noviembre vamos a celebrar, el Día de Acción de Gracias, cuando fueron los nativos (los indios) los que salvaron a los colonos ingleses de un invierno de hambre canina, mortal, casi a las puertas de la Navidad. ¿Cómo un pueblo de inmigrantes puede rechazar a otros inmigrantes por muy ‘ilegales’ que sean, olvidando que también la mayoría de ellos llegaron sin papeles y se adueñaron de todo?

Hermanos centroamericanos, somos millones los que os acompañamos, os admiramos y os entendemos. ¿Acaso vale la pena malvivir en tierras donde la inseguridad y la pobreza, el hambre y el miedo, la enfermedad y las muertes, violentas, prematuras, os rondan a diario?

El lento pero implacable caminar de los pobres
Comentarios