sábado 07.12.2019
Tribuna

TRIBUNA | Libres e iguales

El espectáculo que la sociedad ofrece no parece justificar el optimismo: lucha desesperada por el dinero para asegurarse dosis mayores de consumo; marginación y pobreza; violencia organizada y corrupción en dosis cada vez mayores. Conviene un esfuerzo para descubrir razones profundas que, a pesar de todo, permitan contemplar el futuro con esperanza. Todos estamos dotados de dos elementos, que son inseparables de nuestra naturaleza: libre albedrío, fundamento de toda libertad, que nos obliga a cada instante a tomar decisiones las cuales a su vez nos convierten en responsables de nuestros actos; y capacidad racional para un conocimiento meramente especulativo, el cual nos pone en relación con los grandes conceptos del valor universal, como son el bien, la belleza, la justicia, así como el orden de los seres en la naturaleza. El conocimiento humano va de lo particular a lo general y, en definitiva, sintetiza. Esto es lo que constituye su grandeza. En un primer momento adquiere por medio de sensaciones la experiencia de los individuales concretos, lo mismo que en cierto modo hacen los animales. Pero no se detiene ahí. Por medio de su capacidad racional descubre lo que hay de común y de jerárquico en eso mismos individuales concretos y, mediante una operación mental -conocimiento científico- descubre los universales.

 

Una de las aportaciones más valiosas del cristianismo a la cultura fue la libertad concebida como parte intrínseca de su naturaleza: todos los hombres nacen libres e iguales. En definitiva, el hombre depende para su libertad del respeto de los otros hacia ella. En caso contrario entramos en el juego vacío de palabras. No cabe confundir la libertad con independencia (hacer lo que a cada uno le-da-la-gana) ni con irresponsabilidad, porque una consecuencia de actuar en libertad es la responsabilidad en relación con los actos. El voluntarismo de la sociedad europea moderna recurre como criterio de decisión a la mayoría. Lo que una generación considera justo puede ser modificado por la generación siguiente. Todas las constituciones modernas, salvo, en ciertos aspectos, la de los Estados Unidos, admiten el principio de la provisionalidad, ya que se consideran revisables. Se rechaza la idea que haya ningún compromiso sustancial objetivo. Conviene ver el peligro que tras este principio se esconde, pues no existe motivo alguno para creer que la verdad coincida con la voluntad de la mayoría ni que la justicia pueda establecerse con ese mismo criterio. Los derechos del hombre son inherentes a la persona y no simplemente otorgados. Matar, mentir, robar, esclavizar, no extraen su maldad del hecho de que se haga figurar así en un documento, sino por razones intrínsecas: respeto a la persona.

 

El lenguaje es siempre, queriendo o sin querer, la manifestación del pensamiento. Estamos en una época en que se utiliza con frecuencia un lenguaje poco preciso, excesivamente ambiguo. La oscuridad del lenguaje no da profundidad al pensamiento; más bien pone de manifiesto la pobreza de un pensamiento que recurre a la oscuridad para disimular su superficialidad. Lo que está claro no necesita interpretación de ninguna especie. Un lenguaje confuso sólo suele expresar una mente confusa. Vivimos tiempos de grandes desafíos, en un contexto de crisis de gobernabilidad global. Algunos ingenuos creyeron que la caída del «telón de acero» garantizaba, por sí sola, el triunfo de los derechos humanos. El imperio de la justicia y del estado de derecho debe ser nuestra prioridad. La justicia no es un valor, pues valor quiere decir precio, y el precio depende de circunstancias contingentes del mercado y hasta de estimaciones subjetivas. Los responsables de las injusticias tienen el extraño privilegio de no advertir el odio que van dejando atrás. Una forma efectiva de combatir la tiranía y el abuso de poder es promover el respeto a los derechos humanos. Compromiso y responsabilidad no solo de los juristas, sino de todos.

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