martes 17.09.2019
fuego amigo

Un maestro laico

La tarde del lunes 10 se cumple medio siglo de la muerte en Méjico, después de presidir un examen de doctorado, del filósofo español José Gaos (1900-1969), catedrático del instituto Padre Isla de León durante el bienio 1928-1930, en que dio el relevo a otro pensador ilustre, Hipólito Romero Flores, maestro civil a su vez y proveedor de lecturas filosóficas para un ávido González de Lama, que lo visitaba desde su cercanía parroquial en Antimio. Resulta llamativo, pero ningún otro destino docente ha traído personalidades tan relevantes a León como la cátedra de Filosofía del instituto Padre Isla, donde a Gaos y a Romero Flores los sucedió, entre 1961 y 1976, el inolvidable Lucio García Ortega.

Gaos llegó a León con su doctorado distinguido con premio extraordinario y con la mochila de ser el mayor de catorce hermanos: buena parte exiliados más tarde como él y algunos presentes en la posguerra española, como el poeta Vicente, a quien dibujó Aleixandre cual aguilucho huidizo, o la actriz de voz áspera Lola. Al dejar León, Gaos logró la cátedra de Lógica en la universidad de Zaragoza. Allí cumplió tres cursos, porque el reclamo de la facultad de Madrid lo iba a incorporar a su claustro para iniciar el curso 1933-34, recién publicada su tesis, como catedrático de Filosofía y didáctica de las ciencias humanas. En Madrid José Gaos se va a convertir en una de las figuras más relevantes del panorama intelectual de España. Encargado de los cursos de verano de Santander, dirige también el preparatorio de la facultad de Letras de Madrid.

Nombrado rector de la universidad de Madrid en 1936, un año después se convierte en comisario general de la exposición internacional de París, cuyo pabellón español acogió la presencia del Guernica. Transterrado en Méjico, donde obtuvo la nacionalidad en 1941, redobló su actividad como profesor, traductor y ensayista, convirtiéndose en el discípulo más sobresaliente de Ortega. Traduce al español a los grandes pensadores alemanes y reflexiona sobre su disciplina, para concluir que la filosofía es el único saber para el que su propia historia es un problema. El cuestionamiento sobre su naturaleza esencial constituye la pregunta recurrente de los filósofos desde Parménides o Heráclito.

Por eso, rechaza radicalmente la impostura de perennidad que se atribuyen algunos tomistas del interior, como el majadero Muñoz Alonso. En su recorrido, revisa sucesivas expresiones de la filosofía, desde el neokantismo o la fenomenología al existencialismo, para recalar en el historicismo: la filosofía, concluye, radica en la personalidad de quien reflexiona preguntándose por su ser esencial. Inquietud que nos debe interrogar sobre el olvido de quienes nos ayudaron a ser mejores.

Un maestro laico
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