martes 21.01.2020
Tribuna

TRIBUNA | La memoria del euskera y el ejemplo del Magisterio

España no nos pide resignación, ni concesiones y lágrimas en esta hora. Por el contrario, nos reclama responsabilidad histórica y social; ley y sentido común

Enrique Cimas, periodista

En España estamos estos días sobrecargados de propuestas, alianzas, avenencias y pactos. Supongo que el panorama hispano se asemeja, en este terreno, al de países más o menos democráticos; solo que en nuestra patria los intercambios y ofertas —con los de enfrente— resultan ya llamativos y un tanto excesivos. El profesor Amando de Miguel en un reciente acto por su jubilación, afirmaba que, «ante la plantilla de cuestiones políticas relacionadas con la gobernanza de nuestras autonomías, en especial Cataluña y Vascongadas, ante tanto tráfago de primazgos y separatismos, vamos a quedar, un noventa por ciento de la población, ayunos de procedencia. ¡Cuidado con las abruptas decisiones de los responsables de la Enseñanza en Cataluña! Desde hace tiempo esa autonomía opera con criterios personalistas y rayanos en los usos confederales. Pregúntenle a Alfonso Guerra, sobre esta materia, y con mayor evidencia en demarcaciones como la catalana, la vasca, balear… Él afirma que España se encuadra en lo federal, y evidentemente los señalados catalanistas y vasquistas, con migajas canarias… Parece que el idioma en estos casos ha sido argumento y seña de los ámbitos más o menos separadores. ¡Cuidado, pues, con las «conversaciones» de estos días, evítese un resbalón idiomático dentro de «casa»! Hay que insistir en el principio inalterable de que la Lengua Española, y constitucional, no es negociable. No se puede caer en el tardío falsete de arrepentimiento… Sería algo así como la anécdota histórica de la Alhambra de Granada, cuando la madre de Boabdil pronunció la célebre frase: «llora como mujer, lo que no supiste defender como hombre»…

España no nos pide resignación, ni concesiones y lágrimas en esta hora. Por el contrario, nos reclama responsabilidad histórica y social; ley y sentido común. Cierto es que los separatistas no dan tregua a sus propuestas, ni diálogo a sus pretensiones. ¡Cuidado con los sucesores de los gudaris, ellos frecuentan lo belicoso frente «a Madrid», incluido Pedro Sánchez. Imponen el idioma y tasan el tiempo y el espacio de convenios y negocios…, al fondo, el argumento de una extraterritorialidad. Es decir, Euskalerría.

Y sin embargo llevo en mi corazón, y en la memoria, el paisaje y el paisanaje euskaldún. En el País Vasco comenzó la familia de mis padres… y la mía; me explico: mis padres eran maestros nacionales que —tras las oposiciones a plaza fija, y ya casados— fueron destinados a Guipúzcoa; la autora de mis días, a Cizurquil y mi padre a Ataun. Allí se encontraron con una treintena de chicos/as que hablaban vasco. No sabían otra Lengua. Mis progenitores se miraron, sonrieron y dictaminaron: «aprenderemos el habla local y los niños el español». Así fue y así te lo cuento, lector amigo, un poco como homenaje a todos los maestros de esta España nuestra, que tantos servicios de culturización han prestado, y prestan.

Anteriormente he hecho alusión a mi hogar en Donosti. En efecto (en la solapa del libro —2009— aparece un detalle sobre mi persona bastante explícito). En San Sebastián (1950) me incorporé por primera vez al Periodismo activo, en ese estupendo periódico que es El Diario Vasco. En esa bella ciudad nacieron mi hogar, y mis diez hijos. ¿Hay, o no hay, motivos suficientes para querer a aquella Donosti?

Existen, mezclados con las gentes de todas partes, políticos y politicastros; advenedizos y revoltosos, contrarios a lo que antiguamente llamábamos «el Orden constitucional establecido» y enemigos de la armonía social y el civismo; emponzoñadores, entristecedores… Y no obstante, ¡qué caramba! son más los que quieren a España, que «los otros». Como Bilbao, con su espíritu de trabajo y su sentido del humor. O Barcelona, la gran Ciudad Condal por excelencia; además, votó por España más de la mitad de su censo como demostraron las urnas limpias y sin tacha, frente a las que fueron hechas con cartones y mala leche.

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