sábado 24.08.2019
fuego amigo

Montaña arriera

Tres valles articulan la montaña leonesa de los Argüellos: la Tercia, la Mediana y Valdelugueros. Cada uno surcado por su río: el Bernesga, el Torío y el Curueño. Este último es el más recóndito y literario. Lugueros ocupa el centro de la montaña que se esconde tras el escobio de Nocedo. No es lugar de paso hacia ninguna parte, porque el asfalto se acaba en el límite leonés del puerto, como ocurre en el vecino de Piedrafita. Si el Torío cuenta con el aliciente turístico de Valporquero, tampoco cabe descuidar el atractivo de la cueva de Llamazares, cuyo tirón ha remozado la hostelería de Lugueros.

Pasó la época en que estos pueblos de la montaña central eran el destino principal de los veraneos urbanos: de Boñar, Nocedo, Lugueros o Cármenes a la Pola de Gordón. De aquel tiempo conserva cada lugar el rastro de una curiosa arquitectura residencial, aunque en este orden seguramente ningún caso tan peculiar como La Vecilla, hasta donde se llegaba en tren. Todavía hoy mantiene La Vecilla su entorno residencial, que evocó Cela en sus memorias. Aguas arriba del Curueño y pasada la angostura de sus hoces, Lugueros ofrece al paso por la carretera un buen muestrario de residencias estacionales decoradas con blasones traídos de los pequeños pueblos de esta montaña.

La carretera asciende por Valdepiélago, ‘húmedo rincón de sombras que a sus aguas debe el nombre’ y deja a la derecha Montuerto, antigua atalaya de esta ruta de conquistadores y arrieros. A la entrada de Nocedo, el desvío de Valdorria desafía al vértigo. Y sin embargo, pocas experiencias tan gratificantes como alcanzar la ermita de San Froilán por los peldaños tallados en la roca. El paisaje que allí se ofrece no tiene tasa. Nocedo perdió el encanto del balneario, malogrado por la desidia, pero esconde en la intimidad de una cueva el señuelo de su cascada de Valdecésar. Las termas abandonadas abrochan el anillo de los paseos desde el pueblo, que permiten pisar tramos de calzada.

El Curueño es río literario desde sus orígenes legendarios. A fines del dieciséis, Pedro Vecilla recreó, en León de España, el trágico destino del joven Curienno y la hermosa Polma, acosados por los romanos. El libro se salvó del fuego en el escrutinio de don Quijote. Siglos más tarde, los dos ríos vecinos ya no tienen que esperar a Ambasaguas para encontrarse. Antes de llegar a Lugueros, un azud marca el punto de trasvase del Curueño al embalse del Porma. La sisa la diseñó el escritor Juan Benet. En su remonta fluvial de los ochenta, Llamazares lo bautizó como Río del olvido. Jesús Fernández Santos situó en estos pagos tres novelas suyas de culto: Los bravos, en Cerulleda, La que no tiene nombre en Arintero, y Los jinetes del alba, en el balneario de Nocedo.

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