martes 17.09.2019
NUBES Y CLAROS

Naturaleza muerta

Una niña autista que se autolesiona cuando la llevan al colegio, porque sus profesoras la maltratan amparadas en su indefenso silencio. Un pequeño con Asperger que sólo quería jugar al fútbol y al que la estulticia de un entrenador infantil ha convertido en objeto de burlas de sus compañeros, con esa crueldad especialmente afilada de la niñez. El indefinible infierno de la pequeña Sara y las atronadoras llamadas de auxilio que siguen resonando desde el absurdo de su terrible muerte. El dolor de los casos espeluznantes que conocemos, y el temor por el sufrimiento inmenso que infligen los que ignoramos, y que estamos seguros de que siguen martirizando a inocentes. No hay daño más terrible que el que generan la indefensión y la impotencia. Ni cargo de conciencia social que más lastre que el de la incapacidad para detectar y remediar el sufrimiento del que no puede defenderse.

No transcurre día sin víctima inocente e indefensa que llevarse a la conciencia de esta sociedad por otro lado hiperconectada, que comparte hasta la extenuación todo tipo de imbecilidades que superan los exasperantes límites de naderías sonrojantes o intimidades demasiado cercanas a lo moral e intelectualmente escatológico. En todo caso, exhibicionismo de alarmante ramplonería bueno para nada.

¿Realmente no somos capaces de ver más allá del selfie del día? ¿Las pantallas nos absorben hasta anestesiar profundamente la capacidad de querer ver lo que realmente pasa a nuestro alrededor? ¿Es que hay algo en lo que implicarnos que transcurra fuera de ‘la nube’?

Eso en lo que a implicación personal se refiere. ¿Qué hay de las instituciones, las administraciones, las inspecciones, y demás ‘ones’ en las que nos organizamos para que estos horrores sean cercenados al primer síntoma? La exigencia de responsabilidad debería ser aquí extrema. ¿De verdad ninguno de los que rodean a los incalificables ejecutores de estas atrocidades ha sentido el zarpazo de poner freno al sufrimiento de los indefensos? De los niños, de los abuelos, de los diferentes, de quienes añaden a las discapacidades que les niegan la voz y el crédito la cobardía de todos cuantos les rodeamos. El día a día de nuestros miedos distraídos es un sangrante minuto a minuto de su dolor y sufrimiento. La evidencia de que, demasiado a menudo, conformamos una informe sociedad de naturaleza muerta. Realmente muerta.

Naturaleza muerta
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