martes 17.09.2019
LA LIEBRE

Pedir criado

La ventaja de que el voto sea anónimo radica en que nadie le puede pedir a uno responsabilidades, ni indemnizaciones subsidiarias, ni siquiera explicaciones de por qué la papeleta que metió en el sobre acaba en el montón de otras siglas y sirve justo para lo contrario. El problema surge cuando son los partidos los que, una vez que se hace el escrutinio y se reparten las actas de representación, Junta Electoral mediante, tienen que decidir dónde ponen la confianza de los vecinos sin que quepa la opción de emboscarse, ni escurrir el bulto, ni ponerse de canto a la espera de que caiga la nómina generosa a final de mes por levantar el brazo cuando manden y darse la vuelta cuando diga el líder, como si bailaran Paquito Chocolatero pero sin doblar los riñones. Este juego democrático concede espectáculos de cortejo animal como el que ofrece estos días Ciudadanos con la subasta pública de sus escaños para formar gobierno en Valladolid, aunque dependa de lo que digan en Madrid, lo que por una vez hace que se den cuenta de la situación que vivimos en León de manera habitual con ellos. Con más estruendo que en la última berrea, la importancia de los 12 procuradores naranjas, dentro de un arco parlamentario de 81, desborda la racionalidad de las matemáticas. La ecuación se descuadra a partir de la inclusión de variables como el 155 de Cataluña o el veto a alcaldes a quienes los votos les dan de la mayoría, pero a quienes los inquisidores de la legitimidad colocan la letra escarlata para escarnio público, como si ganar elecciones de forma repetida fuera una tara que no entra en su concepción adanista de la política, que empezó cuando ellos llegaron y que sólo será pura con su inmaculado concurso; una era que debió abrirse más o menos antes de que hicieran unas primarias en las que el candidato crítico descubrió el pucherazo que luego se ha limitado a encubrir para no hacerse daño.

Ahora la necesidad de barnizarse de regeneradores democráticos, con Francisco Igea subido cada día al púlpito para dar una homilia que ilustra sobre los buenos y los malos, aunque cada día cambien, les viste una mañana de promotores del cambio en la comunidad, después de 32 años seguidos de monocolor popular, y al día siguiente de responsables de facilitar la gobernabilidad de un territorio cuyo precio cabe en un decálogo que firmaría casi cualquiera y que resulta tan vago que, en lugar de 10 reivindicaciones, se queda tan sólo en nueve puntos. Aunque al final todo dependa de una sola cosa: si quieren ponerse a servir o si van a pedir criada.

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