jueves 19.09.2019

El recuerdo moral de los muertos

Me estoy refiriendo a los muertos que asesinó el terrorismos y que se han olvidado de su historia, y acaso de sus quehaceres. Es cierto que todos han tenido una vida y su valor es idéntico, sea el vendedor de periódicos, el taxista, el profesor, el policía, sea niño o esposa. Y hay dos víctimas: los asesinados y los familiares. A los segundos se les alienta y se les honra (a veces se les humilla, cuando se ensalza a los asesinos); a los segundos se les debe un agradecimiento moral. Y tenemos un deber moral de acordarnos de aquellos que tuvieron una misión y una labor en el País Vasco que ha quedado para la posteridad. Se piensa poco en ello y, como decía Unamuno sobre la muerte (Sobre la europeización): «A mí, en cambio, me parece que se piensa demasiado poco en ella, mejor dicho, que se piensa a medias».


Por eso, creo que es un deber social que se recuerde que a algunos de los asesinados se les debe el precio de dolor moral, no solo por la amargura de la pérdida familiar o social sino porque fueron personas que dejaron una impronta importante en la sociedad del país vasco y navarro. No se trata de establecer un quantum de tristeza, sino de demostrar que, además de inútiles, estas muertes dejaron un halo de labores que perduran, Y solo me voy a referir a personas que conocí y mantuve cierta relación profesional o de amistad.


Juan de Dios Doval Mateo que fue asesinado el 4 de octubre de 1976 cuando iba a dar clases como profesor de la Facultad de Derecho de San Sebastián. Unos días ante me había comentado que tenía la intención de ser nombrado Magistrado de Trabajo suplente en las vacías magistraturas de San Sebastián. Por su condición de profesor ni siquiera se le ha dado el nombre a una Cátedra de Derecho. Pero ni tampoco se reconoce la intención de prestar un servicio en la judicatura, en aquellos años de «plomo» en el país vasco. Por lo menos queda aquí nuestro recuerdo.


Juan María Araluce Villar, que fue asesinado el 6 de mayo de 1998 (junto con sus escoltas y su chófer). Fue el promotor de la reivindicación de los Fueros Vascos, juntamente con el catedrático Cillán Apalategui y un grupo de entusiastas —que conocí íntimamente— y que mantenían la idea de la regionalidad de España, sobre la peculiaridad de algunas provincias unidas —me cupo publicar Las Regiones en pie, Ed. Nacional, 1974— desde la cual se llevara a la «institucionalización o su definición política se ha confiado al buen oficio de relación entre las provincias» (citado por Echevarría Pérez-Aguas). Estas ideas se presentaron a la Comisión que preparaba la Constitución y dio como resultado la Disposición Adicional Primera: «La Constitución ampara y respeta los derechos históricos de los territorios forales».


Tomás Caballero Pastor, fue asesinado el 6 de mayo de 1998, antiguo sindicalista —defensor del mundo del trabajo ¡qué ironías!— y concejal de ayuntamiento de Pamplona. Le oí decir en más de una ocasión – pues propugnaba el cambio de mayoría de edad a los 18 años (estaba en 21) —que cómo era posible que una persona pudiera ser soldado y manejar armas a las 18 años y no ser «mayor» hasta los 21—. Seguramente esta presión liderada por Caballero —juntamente con propuestas de UCD— dieron lugar al artículo 12 CE: «Los españoles son mayores de edad a los dieciocho años».


Jesús Blanco Cereceda —«compañero del alma, compañero»— fu muerto a balazos el 27 de junio de 1983. Como alto funcionario civil del Ministerio del Aire —entonces gestionaba los aeropuertos civiles— fue destinado Noáin (Pamplona) en 1967. Por aquel entonces se estaba gestando el aeropuerto para abrirlo a las líneas aéreas; y Blanco era al alto funcionario que se ocupaba —además de Jefe de Comunicaciones Aeronáuticas del centro— de las misiones administrativas ante organismos de diversa índole. Es decir regia los entramados de la puesta en marcha del nuevo Aeropuerto.


José María Lidón Corbí, magistrado, asesinado en Bilbao el 7 de noviembre de 2001. No fue el único abatido a tiros de los cuerpos judiciales, desde Tomás y Valiente, hasta Martínez Emperador, pasado con la fiscal Tagle, estuvieron en el, ojo mortal de los terroristas. Cuando se aniquila a tiros a la justicia, un pueblo se encuentra irresponsablemente herido. Si desaparece el dicho de ubi societas ibi ius (donde hay sociedad hay derecho) la sociedad está descompuesta.


A Lidón le oí decir, al elegir destino, «yo iré al mismo despacho que tenía en la Audiencia de Bilbao». Desgraciado destino que le llevó al fatal entierro, al que llevé sobre mis hombros. Es cierto que se le ha dedicado una calle en Bilbao y un nombre en una institución de la Universidad de Deusto, amén de un libro-homenaje Mas, un hombre que sirvió a la justicia y a la enseñanza merece un recuerdo diario. Por el contrario ni siquiera los asesinos han sido condenados.


He querido decir, con estas tristes pinceladas, que hay hombres —aunque todos los muertos tengan su reconocimiento moral, por supuesto— que han dado su profesionalidad, su trabajo, su vocación y —¡ay!, su vida— por el quehacer y prestigio de Euskadi y que merecen el recuerdo diario, para que no se tenga que decir con el poeta Luis Cernuda: «estoy cansado de estar vivo/aunque más cansado sería el estar muerto».

El recuerdo moral de los muertos
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