martes 17.09.2019
AL TRASLUZ

La sepultura y la hogaza

No es la primera vez que me pasa, pero es que se me olvida. Iba caminando inmerso en cavilaciones domingueras —quiénes somos, adónde vamos, quién ganará Supervivientes— cuando un estruendo de trompetas imperiales me hizo dar un respingo. Lo primero que vino a la cabeza fue que anunciaban el juicio final y que me había pillado fuera de casa, «ya verás que lío para encontrar en los juzgados celestiales a Marta». El chundachunda trompetero sonaba cada vez más cerca. De repente, venga a romanos por todas partes. Pensé: «El chocolate con churros me ha hecho viajar el tiempo…» ¡Me encontraba en la Hispania romana! Como no me veía luciendo pantorrilla y saludando con aquello de Groucho: «Salve y que usted lo pasé bien», enseguida deduje que mi presente ya no podía ser otro que el León Arena, servido de tapa. Eso o remando con Ben-Hur. Terrible zozobra. Hasta que un lector me devolvió al presente: «¿Buscando ideas para la columna?». Acabáramos, estaba ante una recreación de la Legio VII. Hombre, eso se avisa casa por casa. ¿Y si me da por salir corriendo y alistarme con los astures? La citada recreación hubiese dado el pego al mismísimo César. En fin, un susto. Ahora bien, sin rencores. Estoy deseando ver ese espectacular mosaico figurativo, el más grande conocido del Imperio Romano, hallado en Villar de Domingo García, un pueblín de Cuenca, con 200 habitantes. Nada se sabe aún del multimillonario al que pertenecía el inmenso casoplonus, con salón de 291 metros cuadrados, lo que hace suponer que el dueño iba en cuadriga al mingitorio. Pero este Ciudadano Kane del siglo IV hace mucho que hizo mutis por el foro. Acta est fabula, dijo Augusto. O sea, hasta aquí el cuento.

Ah, Roma. No entiendo como hay pueblos que presumen haberse mantenido al margen de quienes inventaron el pepperoni, el Derecho, a Claudia Cardinale, incluso a Almería…

Todo pasa. Aquel multimillonario en sestercios murió, como sus esclavos. Con el tiempo fue olvidado y su inmensa villa engullida por la tierra, junto con el gran mosaico que ahora nos maravilla. Como diría Sancho: «El muerto a la sepultura y el vivo a la hogaza». Pero, no nos engañemos, no es él ni su riqueza la que ahora regresan, sino sus espejismos.

La sepultura y la hogaza
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