jueves 19.09.2019
TRIBUNA

Tiempo de pensar

Tiempo de pensar

Hace unos días dialogaba con unos jóvenes sobre la diferencia que hay entre ver y mirar, entre oír y escuchar. Cada uno de nosotros está viendo constantemente un montón de cosas que están sucediendo a nuestro alrededor, y, sin embargo, nos pasan inadvertidas, como si no sucedieran. Sencillamente, no las miramos, no ponemos atención en ellas. La atención, pues, es lo que diferencia al oír del escuchar, el ver del mirar.

Hay otro modo de atención, el que nace no de la atracción exterior que sobre ella ejerza un estímulo adecuado, sino del libre querer. Es ese tipo de atención que se pone cuando algo nos interesa de verdad, independientemente de que nos atraiga instintivamente o no; es el caso, por ejemplo, del que se empeña en aprender letón o vietnamita, no porque le divierta saber idiomas o encuentre entretenido su aprendizaje, sino porque tiene un positivo interés en llegar a saberlos. Entonces es cuando, verdaderamente, se muestra la autenticidad de la actitud, en el sentido de que la atención es verdaderamente la manifestación positiva de un interés real, y no una mera apariencia que no responde a lo que significa. Un hombre puede hacer mucho por otro. Puede hacerlo casi todo, desde pensar por él hasta resolverle la vida. Pero hay una cosa, una sola, que nadie puede hacer por otro: querer. Aquí es donde cada uno se encuentra en absoluta soledad, donde nadie puede esperar nada de otros porque se trata del acto más puramente personal, de la más genuina manifestación del yo en lo que tiene de único. A veces, vivimos instalados en la superficialidad. Una superficialidad, me parece, que en algunos proviene de la convicción de que saben cuánto hay que saber, razón por la cual no se les ocurre pensar, leer o preguntar nada al respecto; otros porque, sencillamente, no tienen tiempo, ya que lo emplean todo en una atención desparramada en asuntos cotidianos, a los que dan importancia porque son sensibles e inmediatos, y, relegan al último lugar -a ese lugar para el que nunca queda tiempo- lo único que de verdad tiene importancia. Superficialidad por vanidosa autosuficiencia, superficialidad por pura comodidad, por ignorancia.

Somos unos simples transeúntes que se dirigen a una meta. Esa situación de provisionalidad que es la vida del hombre es un hecho evidente. Hubo un tiempo en que no existíamos, y la historia se iba desarrollando como siempre a pesar de nuestra no existencia. Nadie nos echó de menos, ni nadie podía hacerlo. Dentro de algún tiempo ya habremos muerto, y tengo la completa seguridad de que no pasará nada. La vida de la humanidad seguirá más o menos como siempre y, excepto muy pocas personas, y por muy poco tiempo, nadie nos echará de menos. Esta temporalidad del hombre es un hecho, no una teoría; un hecho que no depende de nosotros y que nosotros no podemos modificar. Y este hecho nos lleva a concluir que no somos unos seres independientes. No dependió de nuestra voluntad el nacer. Y no depende tampoco de nuestra voluntad la muerte; ésta se producirá inevitablemente, nos guste o no, queramos o no. Independientemente de nosotros, y antes de que fuéramos, existe una realidad en la que, al nacer, fuimos insertados. Una realidad que podemos reconocer, aceptar, negar, ignorar o combatir, pero de ningún modo eliminar, porque es anterior e independiente de nuestra voluntad, y está fuera de nuestras posibilidades.

No es la atención a verdades profundas lo que caracteriza a la gente de nuestro tiempo; más bien parece lo contrario. Como si su actitud psicológica fuera precisamente evitar, a fuerza de desparramar la atención en mil cosas distintas, que con frecuencia son valores insustanciales. En nuestro tiempo pensar no constituye un objetivo para la mayor parte de la gente?. Hay, en su escala de valores, cosas que consideran mucho más urgentes e inmediatas y, también, mucho más importantes: el éxito, la eficacia, el dinero, la fama (que hoy se traduce por notoriedad), el placer, el confort, la política, el poder. En fin, pensar no está de moda, quizá porque nos hemos creado tantas necesidades que ya no hay tiempo de pensar. Pero, atención, porque, cuando el pensamiento está ausente, entonces no hay libertad.

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